Generic selectors
Coincidencias exactas únicamente
Buscar un título
Buscar contenido
Post Type Selectors

El divo que nunca murió

Hay muertes que no terminan de creerse. La de Juan Gabriel es una de esas. Ocho años después de que se anunciara su fallecimiento en Santa Mónica, California, el tipo sigue más vivo que muchos que caminan por ahí respirando. Y no es metáfora barata ni cursilerÍa de las que abundan cuando se habla de ídolos muertos: es que literalmente sigue llenando el Zócalo, sigue vendiendo discos, sigue siendo tema de pleitos millonarios y, sobre todo, sigue siendo la banda sonora de un país que no sabe llorar ni festejar sin él.

El asunto es raro desde el principio. Un niño nace en Parácuaro, Michoacán, el 7 de enero de 1950. Se llama Alberto Aguilera Valadez y su historia arranca como arrancan las telenovelas: con tragedia. El papá, Gabriel Aguilera, provoca un incendio accidental quemando terrenos ajenos y termina internado en La Castañeda, ese manicomio infame que era más depósito de gente que hospital. Nunca regresa. La mamá, Victoria Valadez, se va pa’l norte buscando sobrevivir y deja al niño en un internado de Ciudad Juárez. Ocho años encerrado en El Tribunal, como le decían a la Escuela de Mejoramiento Social para Menores. Ocho años para que un chamaco entienda que nadie va a venir por él.

Ahí, en ese abandono que dolería toda la vida, aparece Juan Contreras, un maestro que le enseña guitarra y le da algo parecido al cariño. Por eso el nombre artístico después: Juan por el maestro, Gabriel por el papá fantasma. Un homenaje dividido entre el que lo salvó y el que lo dejó.

A los trece se escapa y se mete de lleno a la noche juarense. Canta en el Noa Noa y otros antros con el nombre de Adán Luna, aprendiendo a leer al público borracho, a los que lloran por despecho o celebran cualquier cosa. Aprende el timing perfecto entre la fiesta y el llanto, ese don que después lo haría rey de los palenques y los palacios por igual.

Pero antes de todo eso viene la Ciudad de México y el fracaso. Las disqueras no saben qué hacer con este muchacho raro que no es charro ni baladista. Duerme en las calles. Y luego, por un malentendido que nunca quedó claro —algo de una fiesta, un robo, quién sabe—, termina en Lecumberri. El Palacio Negro.

Los documentos de la Dirección Federal de Seguridad que se desclasificaron después cuentan una historia incómoda: el gobierno lo vigilaba, documentaba sus relaciones íntimas, especulaba sobre su sexualidad con un tono que hoy daría vergüenza ajena. Así funcionaba el control en el México priista: todos tenían un expediente, todos eran potencialmente chantajeables.

Pero Alberto no se quiebra. Al contrario: en la cárcel compone Me he quedado solo, Tres claveles y un rosal. Escribe como si le fuera la vida en ello. Y tal vez así era.

Sale gracias a Enriqueta Jiménez, La Prieta Linda, que mueve sus contactos y paga la fianza. Ella graba sus canciones primero que nadie y le abre la puerta. En 1971 llega El Alma Joven y con él, No tengo dinero. El éxito es inmediato y desconcertante para una industria acostumbrada a los moldes machos y seguros.

Las cifras de Juan Gabriel son obscenas. Más de 150 millones de discos vendidos. Mil ochocientas composiciones registradas. Querida se quedó un año entero en el número uno. Sus canciones se tradujeron a veinticinco idiomas, incluyendo japonés y turco. Rocío Dúrcal y él formaron una dupla que vendió decenas de millones antes de pelearse por razones que nunca aclararon del todo —dinero, probablemente, porque siempre es dinero.

Pero el momento cumbre, el que lo define todo, es mayo de 1990: Juan Gabriel en Bellas Artes. El recinto de la alta cultura, el templo sagrado de la ópera y el ballet, abre sus puertas al Divo de Juárez. La elite cultural enloquece. ¿Cómo se atreven a profanar el escenario de María Callas con un cantante popular, naco, amanerado?

Carlos Monsiváis lo entiende mejor que nadie. Para el cronista, ese concierto es una venganza de clase. Es la cultura popular diciendo «nos van a tener que aplaudir, aunque les duela». Y funcionó. Ahí, con la Orquesta Sinfónica Nacional de fondo, Juan Gabriel canta Amor Eterno —esa canción que escribió para su mamá muerta, no para ningún hijo de Rocío Dúrcal como dice la leyenda urbana— y el público llora sin importar cuántos ceros tenga en su cuenta de banco.

Monsiváis predijo que México terminaría beatificando al huérfano de Parácuaro. No se equivocó.

Nunca dijo que era gay. Nunca lo negó tampoco. Cuando el periodista Fernando del Rincón le preguntó directamente, soltó esa frase que quedó para la historia: «Dicen que lo que se ve no se juzga». Punto. No te debo explicaciones.

Y ahí está el truco: en un país brutalmente machista, Juan Gabriel logró que señores de bigote lloraran cantando sus canciones. Les dio permiso de sentir. De ser vulnerables. De llorar por despecho sin perder la hombría, siempre y cuando fuera con sus canciones. Fue un acto de subversión disfrazado de espectáculo.

The Economist llegó a argumentar que Juan Gabriel hizo más por la tolerancia en México que muchas campañas oficiales. Porque normalizó lo diferente desde el afecto, no desde el discurso.

Muere el 28 de agosto de 2016 en Santa Mónica. Infarto. Lo creman de volada y eso dispara mil teorías conspirativas. Sus cenizas van a Bellas Artes y cientos de miles desfilan para despedirlo.

Pero la muerte es apenas el principio del desmadre. El testamento nombra heredero universal a Iván Aguilera, uno de sus hijos, y se desata la guerra. Otros hijos salen de la nada. Silvia Urquidi, su amiga y administradora, retiene propiedades argumentando que las puso a su nombre para protegerlas de Hacienda. Los abogados se pelean entre ellos. Para 2025, Iván tiene problemas de liquidez y la herencia —estimada inicialmente en treinta millones de dólares sin contar los derechos de autor— está en riesgo.

Pero mientras la familia se destroza en los tribunales, el artista sigue imparable. Sale el álbum Eterno con grabaciones inéditas. Netflix estrena el documental Debo, puedo y quiero. Y en 2025, una simple proyección de su concierto de Bellas Artes en el Zócalo reúne a 170 mil personas. Ciento setenta mil. Más que Paul McCartney. Más que Roger Waters. Para ver un video.

El espejo roto que sigue reflejando

Juan Gabriel nunca fue solo un cantante. Fue el espejo donde México se vio completo: con su clasismo, su machismo, su hipocresía y también con su capacidad infinita de amar y llorar. Un país que odia lo diferente pero adora a un hombre amanerado. Que desprecia lo popular pero llena estadios para corear rancheras. Que se avergüenza de su dolor pero lo grita en cada boda y funeral.

Alberto Aguilera, el niño abandonado de Parácuaro, entendió algo que pocos artistas logran: que la canción no es entretenimiento, es supervivencia. Que la música no distrae del dolor, lo organiza. Le da forma. Lo vuelve soportable.

Por eso sigue aquí. Porque cada mexicano que ha sido abandonado, que ha perdido a su madre, que ha llorado un amor que no regresa, encuentra en esas mil ochocientas canciones el lenguaje exacto para su tragedia personal.

Monsiváis tenía razón: lo beatificaron. Pero no como santo de yeso en una iglesia, sino como esa presencia que aparece en las peores y mejores noches, cuando el tequila ya hizo efecto y alguien pone Hasta que te conocí y todos, absolutamente todos, cantan como si les fuera la vida en ello.

Porque tal vez sí se les va.

LEAVE REPLY

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *