Hay divorcios que suenan a portazo. Otros, en cambio, llegan como un suspiro largo y cansado después de décadas de rutina compartida. En Colombia, cada 15 minutos una pareja decide que ya fue suficiente. Pero lo que pocos saben es que buena parte de esas rupturas no las protagonizan veinteañeros impulsivos ni treintañeros en crisis existencial. No. Las que están rompiendo el molde son las parejas mayores de 50, esas que ya criaron hijos, pagaron hipotecas y sobrevivieron a todo lo que se supone que fortalece un matrimonio.
Le dicen el «divorcio gris». Y aunque suene a eufemismo publicitario, es una realidad contundente: entre 1990 y 2021, la tasa de separación en mayores de 65 años se triplicó. Sí, triplicó. Mientras todo el mundo hablaba de millennials comprometofóbicos, los baby boomers estaban preparando en silencio su propia revolución: la de las canas que ya no aguantan más.
La cosa suele empezar cuando el último hijo empaca maletas rumbo a la universidad o a su primer apartamento. De repente, la casa que antes era un hervidero de ruido, reclamos y refrigerador vacío, se queda muda. Y ahí, en ese silencio incómodo, la pareja se descubre como dos extraños sentados en el mismo sofá.
Durante años, los hijos funcionaron como ese pegamento invisible que mantenía todo más o menos en su lugar. Había a quién llevar al colegio, partidos de fútbol los domingos, tareas que revisar a medianoche. La relación era, en el fondo, una sociedad de crianza eficiente. Pero cuando se acaba el proyecto común, cuando ya no hay excusa para postergar las conversaciones pendientes, muchos se dan cuenta de que no tienen nada más que decirse.
Y si eso no fuera poco, viene la jubilación. Ese momento que se supone que es el premio gordo después de 30 años de trabajo termina siendo, para muchas parejas, el golpe de gracia. El esposo que pasaba 10 horas fuera de casa ahora está ahí todo el día, invadiendo rutinas, queriendo reorganizar la cocina, opinando sobre qué canal ver. Para muchas mujeres, la sensación es clara: «Ya crié a los hijos, ¿ahora tengo que criar al marido jubilado también?».
Aquí hay un dato que cambia todo: una persona de 60 años en Colombia tiene, en promedio, más de 25 años de vida por delante. Veinticinco. Un cuarto de siglo. Tiempo suficiente para aprender un idioma nuevo, viajar por el mundo, enamorarse de nuevo o simplemente vivir en paz. La pregunta que se hacen muchos es devastadoramente simple: ¿vale la pena pasar ese tiempo en una relación que ya no da más?
Esa perspectiva temporal lo cambia todo. Cuando el «hasta que la muerte nos separe» significaba aguantar 10 o 15 años más, la cosa era llevadera. Pero cuando se trata de tres décadas adicionales, la ecuación deja de cuadrar. La idea del «ahora o nunca» se vuelve urgente. Si no es ahora, ¿cuándo?
Aquí viene otro giro que rompe todos los estereotipos: son las mujeres las que más inician estos divorcios. No los hombres. Ellas. Las que durante décadas se tragaron silencios, criaron hijos y mantuvieron el hogar funcionando mientras el esposo construía su carrera.
¿Qué cambió? Varias cosas. Primero, que muchas de estas mujeres tienen pensión propia, ahorros, incluso negocios. Ya no dependen económicamente de nadie. Segundo, que la idea de pasar la vejez cuidando a un esposo enfermo o simplemente aburrido ya no les resulta aceptable. Y tercero, que la cultura cambió: lo que antes era impensable (una mujer de 60 separándose) ahora es casi un acto de valentía.
Las cifras lo confirman: en 2023, Colombia registró 99 divorcios diarios. Cuatro por hora. Y de cada 10 matrimonios que se celebran, cuatro terminan en divorcio formal. Eso sin contar las separaciones de hecho, que son muchísimas más y que simplemente no aparecen en las estadísticas porque nadie quiere meterse en el lío legal.
Si uno cree que divorciarse joven es complicado, espere a ver lo que pasa cuando hay 30 años de bienes compartidos, herencias mezcladas y, sobre todo, pensiones de por medio. Ahí es donde la cosa se pone realmente fea.
Porque no se trata solo de dividir la casa y los muebles. Se trata de desenredar décadas de finanzas entrelazadas: el dinero de la herencia que se invirtió en el negocio familiar, el apartamento que se compró con ahorros de los dos pero está a nombre de uno, las deudas que nadie recuerda quién contrajo. Y lo peor: la pensión.
La pensión de sobrevivientes es, sin exagerar, el campo de batalla más sangriento del divorcio gris. La ley dice que quien convivió al menos cinco años con el fallecido tiene derecho a la pensión. Pero, ¿qué pasa si estaban separados de hecho pero no divorciados? ¿O si el señor ya tenía una nueva compañera? Ahí empieza el caos. Casos donde dos mujeres (la exesposa y la nueva pareja) se disputan la misma pensión no son raros. Y la justicia colombiana, para variar, ha dado fallos contradictorios que solo agregan confusión.
Lo que sí está claro es esto: el que se divorcia legalmente y liquida todo, pierde el derecho a esa pensión. A menos que haya quedado consignado en la sentencia que el otro le debe cuota alimentaria, en cuyo caso algo puede rescatar. Pero es un terreno resbaladizo donde muchos, especialmente mujeres que dedicaron su vida al hogar, terminan sin nada.
Después del duelo, del papeleo y de las noches en vela preguntándose si hicieron bien, viene la pregunta inevitable: ¿y ahora qué?
Para muchos, la respuesta incluye volver al juego del amor. Pero claro, las reglas cambiaron. Ya no se trata de ir a bailar a la discoteca del barrio. Ahora todo pasa por el celular. Y sí, los mayores de 50 también usan apps de citas. OurTime, Match, hasta Facebook se ha vuelto el nuevo Tinder para esta generación.
¿Qué buscan? No necesariamente casarse de nuevo. Muchos, sobre todo las mujeres, descubrieron que prefieren tener pareja pero cada uno en su casa. Es el modelo «juntos pero no revueltos»: salen juntos, viajan, comparten cama cuando quieren, pero cada quien mantiene su espacio, su rutina y, muy importante, su plata. Nada de volver a cocinar para otro o de lavar calzoncillos ajenos.
Eso sí, esta nueva vida digital tiene sus riesgos. Los estafadores lo saben: una persona mayor, sola, con pensión y algo de ahorros es el blanco perfecto. El guion es siempre el mismo: alguien encantador aparece en la app, enamora, genera confianza y luego pide plata para una «emergencia». Cuando la víctima reacciona, el galán virtual ya desapareció con los ahorros.
Aquí viene la parte donde se cae el discurso romántico de la «segunda vida» y aparece la realidad cruda: vivir solo es carísimo. Y el divorcio después de los 50, económicamente hablando, golpea muchísimo más a las mujeres.
¿Por qué? Porque ellas, en su mayoría, tienen pensiones más bajas o directamente no tienen pensión propia. Dedicaron años al trabajo doméstico, que no cotiza. Entonces, cuando se divorcian, pierden el acceso al ingreso del esposo y quedan, literalmente, en la cuerda floja. Muchas terminan en situaciones de pobreza oculta: esas señoras que aparentan estar bien pero que están usando los ahorros de toda la vida para pagar el arriendo.
La liquidación de la sociedad conyugal, que en teoría debería protegerlas, muchas veces las deja peor. Tienen que vender la casa familiar para dividir el dinero, pero con esa plata no les alcanza para comprar otra vivienda decente. Terminan arrendando en barrios que no conocen, lejos de sus redes de apoyo, con un costo mensual que se come la mitad de la pensión.
El divorcio gris no va a parar. Al contrario. Con cada año que pasa, más parejas mayores van a decidir que prefieren estar solos que mal acompañados. Y eso, más que un problema, es una señal de que la gente está eligiendo su felicidad sobre las apariencias sociales. Lo cual, en el fondo, no debería ser malo.
Pero Colombia no está preparada para esto. El sistema legal es un laberinto, las políticas públicas ignoran esta realidad y el mercado inmobiliario cobra precios de lujo por las soluciones de vivienda para mayores solos. Mientras tanto, miles de personas están navegando esta transición sin red de seguridad.
Tal vez sea hora de dejar de romantizar el matrimonio eterno y empezar a construir una sociedad que entienda que las biografías ya no son lineales. Que la vida se puede reinventar a los 50, a los 60 o a los 70. Que el «vivieron felices para siempre» no siempre es juntos. Y que eso, lejos de ser una tragedia, puede ser el comienzo de algo mejor.
Mientras tanto, cada 15 minutos, en algún lugar de Colombia, alguien está firmando los papeles de su libertad. Y brindando, con lágrimas o con champagne, por el derecho a empezar de nuevo.
