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Hay organizaciones que uno creería que nacieron con el deporte, como si siempre hubieran estado ahí, dirigiendo partidos y cobrando millonadas. La FIFA es una de esas. Pero resulta que no es tan antigua como parece: apenas cumplió 120 años, y nació en París, no en algún estadio lleno de banderas y cornetas. Lo que sí parece eterno es su capacidad para meter la pata, levantar polvo y, cuando las cosas se ponen color de hormiga, prometer que ahora sí va en serio con la transparencia.

Porque seamos claros: la FIFA es el órgano que manda en el fútbol mundial. Regula todo, desde cuándo se juega hasta cómo se juega. Tiene 211 países afiliados —más que la ONU, para que vean— y organiza torneos que ven cinco mil millones de personas. Sí, leyó bien: cinco mil millones. La final del Mundial de Catar 2022 entre Francia y Argentina la vieron 1.420 millones de almas al mismo tiempo. Es el evento más grande del planeta, punto. Y donde hay tanta plata y tanta gente mirando, pues también hay mucha tentación.

La FIFA vive de ciclos de cuatro años, que coinciden con los mundiales. Pero el ciclo actual, que va de 2023 a 2026, es distinto. Se proyecta que van a meter $13.000 millones de dólares. Trece mil millones. Para ponerlo en perspectiva: eso es un 72% más de lo que sacaron en el ciclo anterior. ¿De dónde sale tanta plata? Principalmente de vender los derechos de televisión ($4.264 millones), los derechos de marketing y patrocinios, y —aquí viene lo interesante— $2.000 millones del nuevo Mundial de Clubes que inventaron para 2025.

Ese torneo es la gran apuesta. Es un invento reciente, pero ya genera el 15% de los ingresos totales. La idea es clara: no depender solo del Mundial de selecciones cada cuatro años. Hacer caja todo el tiempo. ¿El problema? Que los jugadores ya están reventados, los calendarios no dan más, y los sindicatos empiezan a quejarse en serio. Pero bueno, plata es plata.

Y ojo, que la FIFA no se queda con todo. Dice que reinvierte el 90% de lo que gana. Tiene un programa que se llama Forward, que reparte $2.250 millones entre las 211 federaciones. Cada una puede recibir hasta $3 millones. Suena bonito, ¿no? Desarrollo del fútbol, infraestructura, programas sociales. Todo muy lindo. Pero también es una jugada política de manual: si usted le da plata a 211 países, esos 211 países lo van a apoyar cuando toque votar en el Congreso. Así de simple.

Ahora, hablemos del elefante en la habitación: el FIFAGate. En 2015, el Departamento de Justicia de Estados Unidos destapó una olla que olía a podrido desde hacía décadas. Aplicaron la Ley RICO, que es la que usan contra la mafia, y empezaron a caer fichas. 42 personas fueron imputadas: dirigentes de la CONMEBOL, de la CONCACAF, ejecutivos de televisión, empresarios de marketing deportivo. El negocio era sencillo: sobornos millonarios para adjudicar derechos de transmisión y marketing. También hubo manipulación de votos para elegir las sedes de los mundiales. Rusia 2018 y Catar 2022 quedaron bajo sospecha.

El testigo estrella fue un argentino, Alejandro Burzaco, que se acogió a la delación premiada y cantó todo. Gracias a él, cayeron varios peces gordos. Entre ellos, figuras como Hernán López, de Century Fox, que pagó decenas de millones en sobornos.

Y luego estaba Sepp Blatter, el presidente que duró casi dos décadas en el cargo. Tuvo que renunciar en 2015, justo cuando empezó el escándalo. Su caso en Suiza giró en torno a un pago de $2,26 millones a Michel Platini, expresidente de la UEFA, por supuestos servicios de consultoría de hacía años. Ambos fueron inhabilitados. Pero acá viene lo curioso: en marzo de 2025, un tribunal suizo los absolvió de los cargos de fraude. Dijeron que no se pudo descartar que hubiera existido un acuerdo oral para ese pago.

¿Qué significa eso? Que en el mundo del fútbol, el daño reputacional es más letal que una condena. Blatter y Platini perdieron sus carreras mucho antes de que un juez dijera si eran culpables o no. Y la FIFA, bueno, la FIFA siguió su camino.

Después del escándalo, la FIFA prometió que iba a cambiar. En 2016, hicieron un Congreso Extraordinario y aprobaron reformas con 179 votos a favor. Dijeron que iban a tener tolerancia cero con la corrupción. Pusieron límites de mandato: máximo 12 años para el presidente y los cargos directivos. Aumentaron el Consejo de 24 a 36 miembros. Exigieron controles de integridad para los candidatos. Hasta garantizaron que al menos seis mujeres estuvieran en el Consejo.

Todo eso suena bien sobre el papel. Pero en 2019, cuando revisaron el Código de Ética, metieron dos cosas que levantaron sospechas. Primero: establecieron un período de prescripción de diez años para delitos graves como el soborno y la manipulación de partidos. Antes, esos delitos no prescribían nunca. ¿El mensaje? Si logra esconder su cochinada por una década, se salva. Irónico, considerando que el FIFAGate destapó crímenes de más de diez años atrás.

Segundo: prohibieron hacer declaraciones «de naturaleza difamatoria» contra la FIFA. Si lo hace, lo pueden inhabilitar hasta cinco años. El problema es que nadie sabe bien qué es «difamatorio» en ese contexto. ¿Criticar la gestión? ¿Denunciar irregularidades? Es una cláusula tan vaga que puede usarse para callar a cualquiera.

La FIFA de hoy es una máquina de hacer dinero. Va a meter $13.000 millones en este ciclo, va a repartir una buena tajada entre sus miembros, y va a seguir organizando torneos cada vez más grandes. El Mundial de 2026, que se juega en Estados Unidos, México y Canadá, va a tener 48 equipos en lugar de 32. Más partidos, más plata, más audiencia.

Pero la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿realmente cambió algo? ¿O solo se pintó la fachada mientras adentro todo sigue igual? Las reformas están ahí, sí. Pero también están esas cláusulas en el Código de Ética que parecen hechas para proteger a la institución, no para limpiarla. Y está esa tensión entre querer lucir transparente y, al mismo tiempo, necesitar control absoluto.

Lo que es seguro es que la FIFA ya no puede darse el lujo de otro escándalo como el de 2015. No porque haya aprendido la lección, sino porque ahora todo el mundo está mirando. Y cuando mueves $13.000 millones, la presión no viene solo de los aficionados o de la prensa. Viene de gobiernos, de fiscales, de organismos internacionales.

El fútbol es el deporte más popular del mundo. Y la FIFA es su dueña. Pero como dicen por ahí: el poder sin control es un peligro. Y esta organización ha demostrado, una y otra vez, que controlar su propio poder no es su fuerte. Veremos si esta vez, al menos, lo disimulan mejor.

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