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El narcotráfico, la economía paralela

En las montañas del suroeste colombiano, donde la niebla se confunde con el humo de los laboratorios clandestinos, florece el negocio más próspero y destructivo del país. No aparece en las estadísticas oficiales del DANE, no paga impuestos, no genera empleo formal, pero mueve más dinero que muchas multinacionales y determina el destino de millones de colombianos. Es la economía del narcotráfico: un imperio invisible que se ha vuelto tan grande que ya no se esconde.

Las cifras de 2023 son un bofetón a la realidad: Colombia produjo 2.600 toneladas de cocaína, un 53% más que el año anterior. Somos dueños del 67% de los cultivos mundiales de coca, con 253.000 hectáreas sembradas. No es casualidad, es sistema. No es criminalidad marginal, es estructura económica.El narcotráfico podría representar hasta el 4% del PIB colombiano según las estimaciones más conservadoras. Cuatro por ciento. Para ponerlo en perspectiva: es más que todo lo que genera el sector de telecomunicaciones, más que la minería de oro que tanto nos enorgullece, más que el turismo que promocionamos en el exterior.En 2019, cuando aún éramos ingenuos y creíamos que las cosas podían estar peor, ya movía 31 billones de pesos. Hoy, se blanquean millones de dólares en casas, apartamentos, locales comerciales, empresas fantasma y hasta en las tiendas de barrio. El dinero sucio fluye como un río subterráneo que contamina todo a su paso.

La paradoja económica más perversa de Colombia es que parte de la estabilidad de nuestra moneda depende del narcotráfico. Esos dólares que no aparecen en las cuentas del Banco de la República, que nunca pasaron por una casa de cambio oficial, que llegaron en maletas o por transferencias fantasma, terminan en el mercado negro sosteniendo el peso colombiano.

Es la dolarización más absurda del mundo: nuestro tipo de cambio depende, en parte, del narcotráfico. Cuando el dólar se fortalece, como pasó en 2022 cuando llegó a 5.000 pesos, el narcotráfico se vuelve más rentable. Más cultivos, más producción, más violencia. Es el círculo vicioso perfecto: a mayor inestabilidad económica, mayor atractivo del negocio ilegal.El lavado de activos no es un crimen de cuello blanco cometido por contadores en oficinas elegantes. Es una industria que permea cada sector de la economía colombiana. Los bancos, sin quererlo (o queriéndolo), se convierten en lavanderas. El sector inmobiliario construye castillos de naipes con cimientos de cocaína. Los casinos, las casas de cambio, las zonas francas, hasta las tiendas de antigüedades: todo sirve para blanquear el dinero maldito.La Unidad de Información y Análisis Financiero recibe unas 600 alertas anuales de operaciones sospechosas. Seiscientas. En un país que produce coca industrial, son gotas en el océano. Es como pretender detener un huracán con un paraguas.

Pero detrás de las cifras están las personas. En las zonas cocaleras, un jornalero puede ganar 150.000 pesos diarios cosechando hoja de coca. Compare eso con un salario mínimo de 1’500.000 pesos mensuales. Haga las cuentas. Entienda por qué un campesino elige la ilegalidad: no es por gusto, es por supervivencia.Una hectárea de coca genera dos millones de pesos por cosecha. Una hectárea de café, si hay suerte y los precios están buenos, genera una tercera parte de eso. El Estado llegó tarde con carreteras, con escuelas, con hospitales, con oportunidades. Los narcotraficantes llegaron temprano con billetes.En el Catatumbo, en el Pacífico nariñense, en las selvas del Guaviare, el narcotráfico no es una actividad criminal: es la economía. La única. La que le da de comer a familias enteras, la que paga el estudio de los hijos, la que permite soñar con un futuro mejor, así sea construido sobre la desgracia ajena.

Y mientras tanto, ¿dónde está el Estado? Gastando. En 20 años hemos invertido 76 billones de pesos en la lucha contra las drogas. Setenta y seis billones. Con esa plata se hubiera podido construir infraestructura, generar empleo real, crear alternativas, pero preferimos la guerra. Cada peso gastado en erradicación forzada es un peso que no se invirtió en desarrollo rural. Cada militarización es una oportunidad perdida de construcción de Estado.El narcotráfico ha transformado a Colombia en algo que ni sus padres fundadores ni sus detractores más feroces imaginaron: un país donde la ilegalidad define la legalidad, donde el crimen organizado dicta las reglas del juego económico, donde la corrupción no es la excepción sino el sistema operativo.Tenemos una «narcosociedad», una «narcocultura» y una «narcopolítica». Los límites se difuminaron hace décadas. Ya no sabemos dónde termina la economía legal y dónde empieza la ilegal. Los mismos bancos que financian proyectos productivos reciben depósitos millonarios sin explicación. Los mismos políticos que prometen seguridad reciben votos comprados con dinero caliente.

La desigualdad en Colombia se explica, en parte, por el narcotráfico. Los ricos de la coca son más ricos que los ricos del petróleo o del café. Y son más peligrosos. Su dinero no paga impuestos, pero sí genera violencia. No crea empleo formal, pero sí ejércitos privados. No construye país, pero sí destruye comunidades.El costo de oportunidad es monstruoso: mientras el narcotráfico prospera, la agricultura legal se muere, la industria se marchita, el turismo se ahuyenta. Somos un país que exporta cocaína e importa esperanza. Un país que produce drogas y consume violencia.

Colombia se mira al espejo y ve una paradoja: somos un país rico en recursos naturales pero empobrecido por la violencia, un país con uno de los mejores climas del mundo pero con uno de los peores ambientes para vivir, un país que exporta cocaína al mundo pero que no puede exportar confianza ni esperanza a sus propios ciudadanos.El narcotráfico no es solo un problema de seguridad: es el síntoma de un Estado que nunca llegó a todos sus territorios, de una sociedad que nunca ofreció oportunidades a todos sus ciudadanos, de un país que prefirió la guerra fácil a la paz difícil.La economía del narcotráfico seguirá creciendo mientras la economía legal siga siendo un privilegio de pocos. Seguirá matando mientras el Estado siga llegando tarde. Seguirá corrompiendo mientras la política siga siendo un negocio más rentable que la cocaína.

El narcotráfico no es otra cosa que el espejo roto de un país que nunca aprendió a quererse a sí mismo. Y en ese espejo fragmentado, cada colombiano puede ver reflejado su propio destino: víctima o victimario, cómplice o rebelde, parte del problema o parte de la solución que nunca llega.

 

 

 

 

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