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El optimismo y la esperanza

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Mauricio Liévano

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DISLATTES

Optimismo es  que yo mutilado capilar, use shampoo o creer que  el chicharrón es fibra, o que el pan integral del D1, es integral o que al ratón Pérez le asusta el Diente de León o que ella me recuerda porque tiene un nomeolvides en la mesa de la sala, o que el gimnasio de enero dure hasta febrero, o que el “ya casi llego” signifique ya casi llego, o que el café negro adelgaza si el vaso es grande, o que poner alarma los domingos tiene algún sentido, o que el aguacate que compré hoy madure exactamente mañana, o que “hablamos” quiera decir que vamos a hablar o que el médico diga “va a sentir un pequeño pinchazo” y sea un pequeño pinchazo, o que silenciar la notificación silencie el pensamiento, o que uno pueda comer “solo una” papa, o que el corazón aprenda de los errores del corazón. Eso es optimismo.

Y por eso, me pregunto yo, ¿cuándo se nos volvió una obligación el optimismo? ¿O creer que todo está bien, aunque no esté bien o sonreír así nos duela o decir que no nos pasa nada así nos pase todo? Es como dice Byung-Chul Han, el imperativo del “tú puedes” Y es que lo contrario al optimismo no es el pesimismo. Es la bobada. Por eso, tal vez he preferido la esperanza que suena semejante, pero son tan parecidos como un japonés y un chino.

El optimismo me dice que “todo pasa por algo” y la esperanza que “todo es algo porque pasa”. El optimismo es Instagram y la esperanza, los espejos. El optimismo me promete y la esperanza, me recuerda. El optimismo es el brindis y la esperanza, el agua que bebo al otro día. El optimismo me dice que voy a estar bien y la esperanza sabe que ya estuve peor y me pare. El optimismo me cierra los ojos para creer y la esperanza me los abre, aunque duela. El optimismo me dice que el amor vuelve y la esperanza me enseña a querer a la persona que se fue. El optimismo es el arco iris y la esperanza, saber salir cuando llueve. El optimismo es la convicción de que algo saldrá bien, mientras que la esperanza es la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cuál sea el resultado final.

El optimista depende de las probabilidades y del éxito: si las circunstancias se tornan adversas, el optimismo se desvanece. En cambio, quien vive desde la esperanza actúa porque su compromiso tiene un valor intrínseco, incluso en medio del fracaso aparente. La esperanza, por tanto, no es esperar a que cambie el viento, sino aprender a ajustar las velas para navegar con sentido. Esta postura requiere una fortaleza de voluntad y un compromiso que el positivismo ingenuo no posee. Mientras que el positivismo busca la gratificación inmediata y la evitación del dolor, la esperanza acepta el sufrimiento como parte del camino si este conduce a una realización con significado. Es un poco como la utopía que dice Galeano: “está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. Y para eso sirve la esperanza.

Y es que la esperanza tiene su dosis de incertidumbre tan lejana a los quietismos, lo que nos empuja a levantarnos, que no promete nada tangible, que es tan solo una ventana de posibles que nos revela un sol lejano más cercano a la fe que a la certeza que nos ata y atornilla. Es una voz interior, un amigo imaginario que creció y que nos hace ver el mañana como una posibilidad, que puede ser o no y que nos prepara para entender que una esperanza que se muere es una especie de oruga que luego se convierte en mariposa. “Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”, dice Cortázar. Nada más bello que la vida agarrada con las uñas a la vida misma. Esa es la esperanza que solo muere cuando la vida acaba.

Por eso, si el optimismo se pierde, que la esperanza nunca se refunda.

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