El tipo que convirtió a cuatro pelados de Liverpool en el fenómeno más grande del planetaHay algo casi obsceno en el contraste: Brian Epstein, con sus trajes impecables y sus modales de niño bien judío de Liverpool, parado en la entrada de un sótano que apesta a cerveza rancia y sudor adolescente. Es noviembre de 1961 y este señor de 27 años —que dirige la tienda de discos más sofisticada del norte de Inglaterra— acaba de cruzar la calle porque un cliente le pidió un disco raro de unos tipos que tocan ahí abajo, en el Cavern Club.
Lo que ve cuando baja esas escaleras debería haberlo hecho dar media vuelta: cuatro desadaptados vestidos de cuero negro, fumando en el escenario, insultándose entre ellos, comiendo mientras tocan. Uno de los guitarristas tiene la camisa manchada. El baterista parece perdido. Pero Epstein, que había pasado por la academia de teatro más pretenciosa de Londres y que conocía cada disco que se vendía en Gran Bretaña, detecta algo que nadie más está viendo. Una presencia. Eso que no se puede fabricar ni comprar.
“Simplemente necesitan un mánager”, les dice después de ir a verlos tres veces más. Y así, casi por accidente, nace la sociedad más exitosa de la historia del entretenimiento.
La ironía es deliciosa: Brian Samuel Epstein era todo lo que se supone que no debías ser en la Inglaterra de los cincuenta. Judío. Homosexual. Artista frustrado obligado a vender muebles. Lo habían expulsado de todos los colegios privados de Gran Bretaña por “perezoso”. El ejército lo declaró “emocionalmente inadaptado” y lo echó después de evaluaciones psiquiátricas. La academia de teatro lo aburrió hasta que renunció a los tres trimestres, sintiéndose “como un anciano de 21 años”.
Pero ese inadaptado tenía un ojo comercial que daba miedo. Cuando su papá lo puso a cargo del departamento de discos de la tienda familiar —NEMS, North End Music Stores— Brian lo convirtió en el centro cultural de Liverpool. Su obsesión era tener todo: si un disco existía en el Reino Unido, NEMS tenía al menos una copia. Los jóvenes hacían fila para que les recomendara música. Era el intermediario perfecto entre la industria y la calle.
Y desde esa posición privilegiada detectó lo que todos los cazatalentos de Londres, con sus trajes grises y sus narices empinadas, no pudieron ver: que esos cuatro tipos groseros del Cavern tenían algo que podía reventar el mundo.
El primer acto de genialidad de Epstein fue entender que el talento no basta. Que el rock and roll, para ser verdaderamente masivo, tenía que entrar a las salas de estar de la clase media. Y para eso había que limpiar la fachada.
Les quitó el cuero. Les puso trajes italianos bien cortados. Prohibió que fumaran, comieran o se insultaran en el escenario. Inventó esa reverencia sincronizada al final de cada canción que volvía locas a las mamás en las primeras filas. John Lennon odiaba todo eso —le parecía “venderse”— pero lo aceptó porque quería ser más grande que Elvis. Y Epstein sabía vender ese sueño.
El resultado fue alquimia pura: mantuvieron la rebeldía del rock pero la empacaron con la elegancia del show business. Podían tocar para adolescentes histéricos en el Cavern y dos años después presentarse ante la Reina sin que nadie arrugara la nariz.
Conseguir un contrato discográfico fue un martirio. Epstein tocó cada puerta en Londres y todas se le cerraron en la cara. La más famosa: Decca Records, enero de 1962. El ejecutivo Dick Rowe los rechazó con una frase que pasaría a la historia de las metidas de pata: “Los grupos de guitarras están en decadencia”.
Epstein no se inmutó. Seguía jurando que los Beatles serían más grandes que Elvis, aunque nadie le creyera. Finalmente, casi de milagro, llegó a George Martin en Parlophone, el sello chiquito de EMI. Martin tampoco quedó impresionado con las grabaciones, pero le gustó el humor del grupo. Les ofreció un contrato leonino: un penique por disco, para dividir entre cuatro. Una miseria. Pero era la puerta de entrada.
Y en agosto de 1962, Epstein tuvo que hacer el trabajo sucio que nadie quería: despedir al baterista Pete Best. George Martin no lo quería para las grabaciones. Los otros tres Beatles preferían a Ringo Starr. Epstein dio la cara, recibió los gritos de las fans enfurecidas en el Cavern (“¡Pete para siempre, Ringo nunca!”) y completó la química definitiva del grupo que conquistaría el planeta.
Para 1963, con la Beatlemanía reventando Inglaterra, Epstein ya no era solo el mánager de una banda. Había convertido NEMS Enterprises en una máquina de fabricar hits. Gerry and the Pacemakers. Cilla Black. Billy J. Kramer. Todos artistas de Liverpool, todos gestionados por Brian, todos beneficiándose del prestigio de los Beatles y de las canciones que Lennon y McCartney les regalaban.
Organizaba giras donde varios de sus artistas compartían escenario, maximizando cada libra invertida. Para 1964, la oficina de NEMS estaba en Londres con una plantilla de 25 personas. Era el arquitecto de la “Invasión Británica”, el tipo que le demostró a América que Inglaterra todavía podía exportar cultura, no solo recibir a Elvis.
La conquista de Estados Unidos fue pura estrategia de alto riesgo. Noviembre de 1963: Epstein vuela a Nueva York para reunirse con Ed Sullivan. Acepta un salario menor a cambio de garantizar que los Beatles sean los cabezas de cartel en tres apariciones consecutivas del show de variedades más importante de América.
Funcionó. Febrero de 1964: 73 millones de personas —casi la mitad de la población de Estados Unidos— ven a los Beatles en pantalla. El resto es historia certificada.
Pero Epstein no era perfecto. Cometió errores que lo perseguirían hasta su muerte. El peor: el merchandising. Abrumado por las solicitudes de licencias para productos de los Beatles, delegó todo en su abogado. El tipo aceptó un trato donde NEMS y los Beatles solo recibían el 10% de las ganancias. El 90% se lo llevaba un intermediario.
Se estima que esa decisión les costó más de cien millones de dólares. Cuando Epstein se dio cuenta, ya era tarde. Pasó tres años en batallas legales intentando arreglar el desastre. Los Beatles nunca se lo reclamaron en la cara, pero la tensión estaba ahí, creciendo en silencio.
Todo esto pasaba mientras cargaba un secreto que podía destruirlo. Brian Epstein era homosexual en una Gran Bretaña que criminalizaba la homosexualidad. Vivía con miedo al chantaje, a la violencia, a la exposición pública. Su relación con John Lennon fue probablemente lo más cerca que estuvo de tener algo parecido a una conexión genuina.
Lennon, con su crueldad característica, hacía chistes sobre la sexualidad de Brian. Pero también lo quería. Lo respetaba. Años después admitiría que fue “casi una historia de amor, pero no del todo”. Que se dejó “seducir” intelectualmente por Epstein, quien veía en John a un igual en ambición y sensibilidad.
La presión de mantener todo eso oculto, más el agotamiento de manejar el grupo más famoso del mundo, lo llevó a las drogas. Anfetaminas para aguantar el día. Barbitúricos para poder dormir. Un ciclo que lo estaba matando lentamente.
27 de agosto de 1967. Los Beatles están en Gales, meditando con el Maharishi. Brian Epstein está solo en su casa de Chapel Street, Londres. Una sobredosis accidental de sedantes mezclados con alcohol. Tenía 32 años.
John Lennon supo de inmediato lo que significaba: “Estamos jodidos”. Sin la figura mediadora de Epstein, las tensiones entre Lennon y McCartney explotaron. Tres años después, los Beatles se separaron en medio de una guerra legal que Brian nunca habría permitido.
En 2014, décadas después de su muerte, Brian Epstein fue incluido en el Rock and Roll Hall of Fame. Paul McCartney lo dijo mejor que nadie: “Si alguien fue el quinto Beatle, ese fue Brian”.
Porque Epstein no solo los hizo famosos. Los protegió. Creyó en ellos cuando nadie más lo hacía. Transformó el rock and roll en un negocio respetable sin quitarle el alma. Inventó el concepto moderno de la banda global. Y lo hizo siendo exactamente lo que la sociedad le decía que no podía ser: un judío homosexual inadaptado que vio el futuro antes que todos los demás.
Su error fue no poder salvarse a sí mismo.
