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El poeta que cantó a la libertad

Hay algo raro en Joan Manuel Serrat. Algo que no encaja del todo en ninguna parte y que, precisamente por eso, termina encajando en todas. Nacido en 1943 en el Poble-Sec de Barcelona, con un padre anarquista de la CNT y una madre aragonesa de Belchite, Serrat es la prueba viviente de que las contradicciones, cuando se llevan con dignidad, pueden convertirse en una forma de lucidez.

Porque, ¿qué hace un tipo así? ¿Cantarle a Cataluña en castellano? ¿Reivindicar a Machado en pleno franquismo? ¿Negarse a cantar en Eurovisión y después convertirse en el cantautor más importante del mundo hispanohablante? Pues exactamente eso. Y ahí está la clave: Serrat nunca eligió un bando porque su bando era el de la gente que todavía cree que una canción puede cambiar algo.

Televisión Española lo elige para representar a España en Eurovisión con «La, la, la», esa cosa del Dúo Dinámico. Cualquier otro habría dicho que sí, habría sonreído y habría cantado lo que le pidieran. Pero Serrat no. Serrat dijo que solo lo haría si le dejaban cantar en catalán.

La respuesta del régimen fue tan previsible como patética: veto total. Lo sacaron de TVE,lo sustituyó Massiel, que terminó ganando el festival. Y mientras ella levantaba el trofeo, Serrat estaba preparando su primer disco en castellano. Ahí está el detalle: el tipo arriesgó una plataforma internacional justo cuando más le convenía callar. Pero callar nunca fue lo suyo.

Lo que vino después fue pura genialidad. En 1969, con el veto aún encima, saca Dedicado a Antonio Machado, poeta. Toma poemas del poeta republicano más emblemático de la Guerra Civil y los convierte en canciones. «Cantares», «La saeta», «Españolito». Millones de españoles cantando versos que eran, en el fondo, una patada en los dientes al régimen. Y lo hacían sin darse cuenta. O quizá sí. Da igual. Lo importante es que Serrat logró algo que pocos artistas consiguen: meter la política por la puerta de atrás, envuelta en melodía.

Después llegó Mediterráneo en 1971, ese disco que todos los atardescentes llevamos tatuado en algún lado. «Aquellas Pequeñas Cosas», «Lucía», «Pueblo Blanco». Canciones que hablan de memoria, de tiempo, de esas cosas que se pierden sin que uno sepa bien cuándo. Es el disco perfecto, el que no tiene una sola grieta. El que grabas en una isla desierta si solo puedes llevarte uno.

Y en 1972, para rematar, saca Miguel Hernández. Si Machado fue subversión elegante, esto ya fue declaración de guerra. Musicalizar al poeta muerto en una prisión franquista era como escupirle en la cara al dictador. «Para la libertad» se convirtió en himno. No solo en España. En Argentina, durante la dictadura militar, los presos políticos la cantaban en los centros de detención clandestinos. Eso es lo que hace una buena canción: viaja, muta, se adapta. Y salva vidas.

Serrat condena las últimas ejecuciones del franquismo desde México. El régimen responde con una orden de búsqueda y captura. No puede volver. Se queda casi un año dando conciertos por todo el país en un autobús que llamaron ‘La Gordita’. Casi cien shows. Un exilio que él mismo describió como espiritualmente estéril pero humanamente fantástico. América Latina lo adoptó para siempre. Y él nunca la dejó.

Con la transición, Serrat dejó de ser el disidente heroico y se convirtió en el crítico incómodo. En Tránsito (1981) es el disco de ese cambio. «Hoy puede ser un gran día» es optimismo puro, pero «Esos locos bajitos» es una advertencia: «Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca». Es Serrat diciéndole a la nueva España que no replique en casa el autoritarismo que acababan de enterrar en la calle.

Su postura sobre la independencia catalana es tan Serrat que duele. Defiende el derecho a decidir, pero se declara en contra de la independencia. No conviene, dice. Y añade que el conflicto es algo que a los políticos de ambos lados les conviene mantener vivo «porque tienen mucho que mantener calladito». Es el mismo escepticismo de siempre. El poder, venga de donde venga, siempre miente. Y él, que nunca ha tenido poder, puede permitirse decir la verdad.

Sus últimos años de gloria comercial llegaron con Joaquín Sabina. Dos pájaros de un tiro (2007) y La orquesta del Titanic (2012) fueron los discos más vendidos de su carrera. Más de 570,000 copias. El poeta sabio y el pícaro bohemio, juntos en el escenario. Un matrimonio improbable que funcionó porque ambos sabían que el tiempo se acaba y que lo importante es cantarle a la vida antes de que se te escape.

En 2022, Serrat se despidió con «El vicio de cantar 1965-2022». Empezó en Nueva York y terminó en el Palau Sant Jordi de Barcelona. Donde empezó todo. Donde todo acaba. El círculo cerrado.

En 2025, Serrat depositó su legado, incluida la partitura original de «Mediterráneo», en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. El cantautor que desafió a un dictador usando poesía ajena ahora es reconocido como poeta por la máxima institución de la lengua española. La ironía es brutal. Y hermosa.

Serrat tiene más de 500 canciones, 40 discos y más de 3.5 millones de álbumes vendidos. Pero su legado no está en los números. Está en esa señora de 70 años que todavía se emociona con «Penélope». En ese estudiante que descubre «Cantares» y entiende que la vida se hace al andar. En esos presos argentinos que cantaban «Para la libertad» en la oscuridad.

Serrat nunca fue un revolucionario. Fue algo mejor: un tipo coherente. Y en este país, eso ya es revolucionario.

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