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El reloj del juicio final

Hay relojes que marcan las horas del día y hay relojes que marcan las horas de la especie. El Doomsday Clock —ese artefacto extraño que vive a medio camino entre la física y la profecía— lleva casi ocho décadas midiendo algo que ningún átomo  podría cuantificar: la distancia entre nosotros y nuestra propia extinción. Y en este enero de 2026, mientras usted lee esto con su café de media mañana, las manecillas de ese reloj simbólico están clavadas en 89 segundos para la medianoche. Ochenta y nueve segundos. Un minuto y medio corto de nada.

Para entender lo que eso significa hay que retroceder a 1947, cuando un grupo de físicos con las manos todavía sucias de Hiroshima y Nagasaki decidieron que no podían seguir viviendo como si nada. Albert Einstein, Robert Oppenheimer y otros titanes de la era atómica fundaron el Bulletin of the Atomic Scientists como una especie de expiación científica. Habían construido la bomba. Ahora tocaba advertir al mundo de lo que habían soltado.

El reloj apareció por primera vez en junio de ese año, dibujado por Martyl Langsdorf —esposa de uno de los físicos— para la portada de la revista. Martyl puso las manecillas a siete minutos para la medianoche porque, según confesó después, «se veía bien a la vista». Nada de algoritmos complejos ni modelos matemáticos. Pura intuición gráfica. Pero cuando la Unión Soviética detonó su primera bomba atómica en 1949, el editor Eugene Rabinowitch movió las manecillas a tres minutos. Y ahí, en ese gesto editorial, el reloj dejó de ser una imagen bonita para convertirse en otra cosa: un organismo vivo que respira al ritmo de nuestras peores decisiones.

Lo más cerca que hemos estado de la medianoche fue en 1953. Dos minutos. Estados Unidos acababa de probar su primera bomba de hidrógeno y los soviéticos le siguieron el paso meses después. Eran armas con una capacidad destructiva teóricamente ilimitada. El Boletín escribió entonces que «solo unos pocos vaivenes más del péndulo» nos separaban de la aniquilación total. Ese récord aguantó 65 años, hasta que en 2018 volvimos a las 23:58 por culpa de la retórica nuclear entre Trump y Kim Jong-un.

Pero en 2020 pasó algo inédito: la Junta de Ciencia y Seguridad del Boletín —ese grupo de físicos, climatólogos y analistas que decide los movimientos del reloj— abandonó los minutos y empezó a medir en segundos. Cien segundos para la medianoche. El mensaje era claro: la amenaza ya no es distante. Ya no es abstracta. Está aquí, respirándonos en la nuca.

La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 cambió todo el tablero. De pronto, un líder con arsenal nuclear suficiente para borrar continentes enteros estaba haciendo amenazas apenas veladas mientras sus tropas peleaban alrededor de la planta nuclear de Zaporiyia. En enero de 2023, el reloj avanzó a 90 segundos. Y ahí se quedó, latiendo, hasta que el 28 de enero de 2025 la Junta decidió moverlo un segundo más. Solo uno. 89 segundos.

Puede parecer una fracción ridícula —¿qué es un segundo en la escala cósmica de las cosas?—, pero el movimiento fue deliberado. La cosa había empeorado. No solo por la guerra, que sigue ahí, enquistada, sino por la convergencia de todo lo demás: la inteligencia artificial metiéndose en sistemas de comando nuclear, China expandiendo sus silos de misiles como quien colecciona estampitas, el colapso de los tratados de control de armas y, ah sí, el pequeño detalle de que 2024 fue el año más caliente jamás registrado.

El el reloj ya no mide solo la amenaza nuclear. En algún momento de su evolución —concretamente en 2007— el Boletín decidió incluir el cambio climático como variable existencial. Y después, las tecnologías disruptivas: la inteligencia artificial capaz de generar ,mentiras indistinguibles de la realidad, la biotecnología sintética que podría cocinar patógenos peores que el COVID-19 en cualquier garaje bien equipado. Todo eso se mete ahora en la misma olla simbólica.

No todo el mundo está de acuerdo con este enfoque. Hay académicos que señalan que mezclar CO2 con ojivas nucleares en una sola métrica temporal es metodológicamente turbio. Que la cosa carece de transparencia, que los criterios no son replicables. Desde ciertos sectores conservadores se acusa al Boletín de tener un sesgo liberal alarmista, de castigar injustamente la modernización nuclear occidental mientras minimiza las barbaridades de Rusia y China. Y luego está el problema psicológico: si siempre estamos a segundos del fin, ¿no terminamos todos inmunes al miedo? ¿Qué pasa cuando la fatiga del apocalipsis se instala y dejamos de escuchar?

Daniel Holz, presidente de la Junta, lo defiende con una lógica implacable: el reloj no busca dar esperanzas vacías. Busca provocar acción informada. Y si la realidad es aterradora, pues toca reflejarla. «Estamos en territorio inexplorado», dijo cuando anunciaron los 89 segundos.

El próximo 27 de enero, dentro de nueve días, el Bulletin of the Atomic Scientists hará su anuncio anual. Nadie espera que el reloj retroceda. El tratado New START —el último control de armas entre Estados Unidos y Rusia— expira en febrero. Sin él, no habrá límites legales en el número de ojivas desplegadas por primera vez desde 1972. La Junta podría mantener los 89 segundos para no devaluar el impacto del movimiento anterior. O podría avanzar. 88, 87, 86. Cada segundo un recordatorio de que el margen de error se encoge.

Ahora, a 89 segundos del silencio, la pregunta ya no es si podemos retroceder. Es si queremos. Si tenemos la voluntad política colectiva para alejarnos del borde antes de que las manecillas se toquen y descubramos, demasiado tarde, que la medianoche no era solo una metáfora.

Mientras tanto, el reloj sigue ahí. Marcando un tiempo que no es el de los relojes normales. Un tiempo hecho de decisiones aplazadas, de tratados rotos, de emisiones que no bajan y arsenales que no paran de crecer. Un tiempo que, contra toda lógica, todavía podríamos detener.

 

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