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El sentido de la dificultad

En el crepúsculo de nuestras preguntas, cuando el mundo parece un rompecabezas sin solución, dos faros filosóficos se alzan para iluminar el camino: la logoterapia de Viktor Frankl y el Elogio de la dificultad de Estanislao Zuleta. Uno, un psiquiatra austriaco que encontró sentido en los abismos de Auschwitz; el otro, un pensador colombiano que convirtió la dificultad en una musa para el crecimiento. Juntos, sus ideas tejen una trama poderosa: la vida no es un sendero llano, sino un desafío que, al enfrentarlo, nos hace más humanos.

La logoterapia: el sentido como brújula

Viktor Frankl, forjado en el horror de los campos de concentración, nos legó una verdad radical: la vida siempre tiene sentido, incluso en el sufrimiento. Su logoterapia, nacida en 1946 con El hombre en busca de sentido, no es una terapia convencional. No se detiene en desenterrar traumas ni en prometer felicidad fácil. En cambio, nos confronta con una pregunta: ¿para qué vives? Frankl sostenía que el motor del ser humano es la voluntad de sentido, y que este se descubre en tres senderos: la creación (lo que aportamos al mundo), las experiencias (el amor, la belleza, la conexión) y la actitud (cómo enfrentamos lo inevitable).

En un mundo donde la depresión y el vacío existencial crecen como sombras largas —la OMS proyecta que para 2030 la depresión será la principal causa de discapacidad global—, la logoterapia nos invita a mirar hacia adelante, a asumir la libertad y la responsabilidad de construir nuestro propósito, incluso cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies.

Zuleta y el elogio de la dificultad

En la otra orilla, Estanislao Zuleta, el filósofo colombiano de voz ronca y mirada incisiva, nos desafía desde su Elogio de la dificultad (1980) a no huir del conflicto, del esfuerzo, ni de la incertidumbre. Para Zuleta, la dificultad no es un enemigo, sino un maestro. Rechaza la utopía de una vida sin problemas, esa fantasía infantil de un paraíso donde todo fluye sin resistencia. “Una vida fácil”, advierte, “nos condena a la mediocridad”.

Zuleta nos empuja a abrazar la dificultad como un espacio de creación. La vida, dice, es un proceso de lucha constante: con nuestras contradicciones, con los demás, con el mundo. Pero en esa lucha se forja el pensamiento crítico, la autenticidad y la capacidad de transformar la realidad. No se trata de resolver los problemas para eliminarlos, sino de habitarlos, de hacerlos parte de un proceso vivo que nos obliga a crecer.

La danza: sentido y dificultad entrelazados

La logoterapia y el pensamiento de Zuleta no son opuestos, sino complementarios; son como dos notas de una misma melodía. Frankl nos enseña que el sentido puede encontrarse incluso en el dolor más profundo, mientras que Zuleta nos recuerda que ese dolor, esa dificultad, no es un obstáculo, sino el terreno donde el sentido cobra forma.

Imagina un atardecer en el que te enfrentas a una crisis: un duelo, un fracaso, una duda existencial. La logoterapia te susurra: “Busca el para qué. Hay un propósito esperando, aunque no lo veas ahora”. Zuleta, con su gesto provocador, añade: “No temas el peso de esa crisis. Sumérgete en ella, cuestiona, lucha, porque en esa fricción nacerá algo nuevo”. Juntos, te invitan a no evadir el abismo, sino a cruzarlo con los ojos abiertos.

Ambos coinciden en que la vida no es un regalo envuelto en papel brillante, sino un desafío que exige valentía. Frankl, desde los campos de concentración, vio que quienes hallaban un sentido —un hijo por quien vivir, una obra por completar— resistían lo indecible. Zuleta, desde las calles de Medellín, nos dice que la comodidad nos adormece, que solo en el roce con la dificultad aprendemos a pensar, a amar, a ser.

Alcances: un faro para el mundo de hoy

 La fusión de estas ideas tiene un alcance inmenso. En un tiempo donde la inmediatez y el consumismo nos venden soluciones rápidas —pastillas para el alma, gurús de redes sociales, promesas de felicidad instantánea—, la logoterapia y el Elogio de la dificultad nos devuelven a lo esencial: la vida es tensa, compleja, pero profundamente rica.

En la práctica, la logoterapia ha tocado desde clínicas psicológicas hasta aulas y comunidades en crisis. En América Latina, centros en México, Argentina y Colombia forman terapeutas que ayudan a personas a descubrir su propósito en medio del caos. Zuleta, por su parte, inspira a educadores, artistas y activistas a no temer el conflicto, a usarlo como chispa para el cambio social y personal. Juntas, estas perspectivas ofrecen herramientas para enfrentar el vacío existencial, la polarización y las desigualdades que marcan nuestro tiempo.

En un aula, un maestro puede combinar la pregunta logoterapéutica (“¿qué sentido le das a tu esfuerzo?”) con el desafío de Zuleta (“no busques la nota fácil, abraza la dificultad de aprender”). En una terapia, un paciente puede encontrar sentido en su dolor mientras aprende a no huir de él, sino a transformarlo. En la calle, un activista puede hallar propósito en la lucha, sabiendo que el conflicto es el motor de la justicia.

Un legado que respira

Viktor Frankl murió en 1997, pero su logoterapia sigue viva en institutos como el Viktor Frankl Institut de Viena y en miles de terapeutas que llevan su mensaje al mundo. Estanislao Zuleta, fallecido en 1990, sigue siendo un eco en las aulas y cafés de Colombia, donde sus textos se leen como manifiestos de resistencia intelectual.

Ambos nos dejan una lección: el sentido no se encuentra en la ausencia de problemas, sino en el coraje de enfrentarlos. Como dice Frankl, “todo se le puede arrebatar a una persona, excepto la libertad de elegir su actitud”. Y Zuleta, con su voz áspera, añadiría: “Y en esa elección, en esa dificultad, está la posibilidad de ser más libre, más humano”.

Así, cuando el atardecer tiña el cielo y las preguntas pesen, recuerda: no busques escapar del vacío ni de la lucha. En el cruce entre el sentido y la dificultad, la vida te espera, no para darte respuestas, sino para que las construyas.

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