Tirito. O tiemblo. O ambas. Un chocolate caliente no alcanza. No sé si moriré de hipotermia o de diabetes. Hoy, que no sé si es frío o es ausencia, pienso en mi fatalidad y en su dilema, en mi albur y en su destino. O en ambas. Pienso también en esa extraña costumbre que tenemos de nombrarlo todo, como si ponerle nombre al vacío lo hiciera menos vacío, como si el frío dejara de calar porque lo llamamos «frío» y no «la puta soledad que se mete por los huesos».
Algo ha cambiado en mí. Tal vez todos estamos rotos, desportillados, desvencijados y vencidos. Con el tiempo – y a los golpes – he aprendido que ningún dolor duele más que otro, porque cuando el sufrimiento no es mío me obliga a ver lo que quizá nunca quise mirar. Mi propio dolor lo he entendido, lo he procesado a mi ritmo y algunas veces, le he encontrado algún sentido, como quien encuentra monedas en el sofá. No es gran cosa, pero sirve para algo. El dolor de otro, en cambio, hoy me sacude, me confronta con mis límites y con mi humanidad. Me descubre la necesidad de acompañar, de estar presente, de escuchar sin imponer mis soluciones. Tarde, me vine a dar cuenta.
No sé si fue mi ego, mi dolor o mi impotencia, pero muchas veces no pude ver el dolor de las personas que yo amaba. Era el dolor del secreto y del «no querer saber», apenas un voyerista que se asomaba por la hendija a criticar. O a no mirar. Ninguna, estoy seguro, quería ser salvada, pero tal vez sí, una pizca de compasión, una voz que la escuchara, un abrazo de mi parte, de amor real más allá de los poemas y canciones. El amor verdadero no se escribe, se ejerce. Se ensucia las manos. No rima. Y lo intenté. Juro que lo intenté, pero tal vez yo estaba más roto, más desportillado, más desvencijado, más vencido. Más jodido. Y yo tampoco quería ser salvado, pero tal vez sí, una pizca de compasión, una voz que me escuchara, un abrazo de su parte, de amor real más allá de los poemas y canciones. Dos ciegos en una cornisa. Dos sordos intentando cruzar una autopista. Y por ese camino nos fuimos de la vida, sin remedio. O no. No sé, porque la vida no se va, simplemente nos pasa por encima como un bus de Rápido Tolima que no frena y uno queda ahí, tirado en el andén, preguntándose si hubiera sido distinto subirse o mirarlo ver pasar.
Tal vez, todo tuvo que pasar para ser un tris mejor, para pagar alguna deuda que debía en otra vida, para aprender a apaciguar los miedos y los egos, para darle rostro a la ternura. Tal vez soy apenas esto: un cuerpo que tirita buscando calor en otros cuerpos que también tiritan, tropezando en la oscuridad, intentando deletrear el nombre de lo que nos falta sin saber bien qué es. Tal vez, la ausencia no es más que el frío del otro lado de la cama, el espacio donde debería estar un cuerpo y solo queda el eco.
Sigo tiritando. O temblando. O ambas, esperando que mañana salga el sol y nadie más se tenga ya que ir.