Hablemos de menopausia y de Andropausia
A los 47 años, Carlos empezó a sentir que algo no andaba bien. No era solo el cansancio que arrastraba desde hacía meses, ni los kilos que se acumulaban en su barriga sin que hubiera cambiado sus hábitos alimenticios. Era esa extraña sensación de estar desconectado de su propio cuerpo, como si hubiera perdido el manual de instrucciones para ser él mismo.
Mientras tanto, a unas cuadras de distancia, Patricia despertaba empapada en sudor por tercera noche consecutiva. A los 52 años, sus períodos habían empezado a volverse impredecibles y los sofocos aparecían en los momentos más inoportunos: durante reuniones de trabajo, en el supermercado, mientras ayudaba a su hija con las tareas.
Ambos estaban atravesando el mismo fenómeno desde orillas opuestas: sus cuerpos les estaban cobrando la factura del tiempo, pero cada uno lo vivía en silencio, creyendo que su experiencia era única e intransferible.
Dos caras de la misma moneda
La menopausia y la andropausia son como hermanos que crecieron en casas diferentes. Comparten el mismo ADN —la revolución hormonal de la mediana edad— pero han sido criados con reglas distintas. Mientras que Patricia puede hablar de sus sofocos con sus amigas, Carlos prefiere guardar silencio sobre su falta de energía y su libido por los suelos.
La diferencia fundamental radica en la naturaleza del proceso. La menopausia femenina es como un interruptor que se apaga: doce meses sin menstruación y punto, se acabó la función reproductiva. La andropausia, en cambio, es más bien como un dimmer que se va atenuando gradualmente. Los niveles de testosterona empiezan a declinar desde los 30 años, pero los síntomas aparecen de manera tan sutil que es fácil confundirlos con el paso del tiempo.
Lo que pocos saben es que ambos procesos comparten una lista de síntomas que parece copiada y pegada: fatiga persistente, cambios de humor, problemas para dormir, dificultades de concentración, disminución del deseo sexual y esa molesta sensación de que la vida se está volviendo gris.
Patricia lo describe así: «Era como si alguien hubiera bajado el volumen a todo. La comida no sabía igual, las cosas que antes me emocionaban me daban pereza, y mi esposo se quejaba de que parecía robot en la cama«.Carlos, por su parte, cuenta una historia sorprendentemente similar: «Mi mujer decía que era como vivir con un zombi. Todo me costaba el doble de esfuerzo y nada me generaba satisfacción. Era como estar viendo la vida a través de un vidrio empañado«.
El estrógeno y la testosterona son más que hormonas sexuales; son los directores de orquesta de múltiples sistemas corporales. Cuando empiezan a fallar, todo el concierto se desafina.
En las mujeres, la caída dramática del estrógeno después de la menopausia desata un efecto dominó: los huesos empiezan a perder calcio aceleradamente, aumenta el riesgo cardiovascular, y la vagina se vuelve más seca y frágil. En los hombres, la disminución gradual de testosterona tiene efectos igualmente devastadores, aunque menos visibles. La masa muscular se reduce, los huesos se debilitan y aparece esa barriga cervecera que no se va ni con dieta ni con ejercicio.
«Lo que más me impactó», cuenta Miguel, ingeniero de 52 años que finalmente buscó ayuda médica, «fue saber que los hombres también podemos tener osteoporosis. Siempre creí que eso era cosa de mujeres mayores».Paradójicamente, tanto hombres como mujeres han construido sus propios muros de silencio alrededor de estos procesos, aunque por razones opuestas. Patricia confiesa que durante meses evitó hablar del tema porque «me daba la sensación de que estaba admitiendo que ya era vieja, que se me había acabado la vida útil». En una sociedad que idolatra la juventud femenina, reconocer la menopausia se siente como una declaración de obsolescencia.
Carlos, por su parte, explica su silencio de otra manera: «Admitir que no podía con todo, que necesitaba ayuda, se sentía como entregar mi tarjeta de hombre. Como si fuera a perder el respeto de mi familia y mis compañeros de trabajo«. Es la misma moneda con caras diferentes: las mujeres huyen de la «vejez» y los hombres huyen de la «debilidad», pero ambos terminan sufriendo innecesariamente.Patricia y Carlos nunca se han conocido, pero sus historias se cruzan en un punto fundamental: ambos descubrieron que no estaban solos, que sus síntomas tenían nombre y tratamiento, y que esta etapa de la vida puede ser vivida con dignidad y plenitud.»Ojalá hubiera sabido antes que esto era normal», dice Patricia. «Me habría ahorrado dos años de sufrimiento innecesario y, sobre todo, no me habría sentido tan rara, como si fuera la única mujer del planeta pasando por esto».
Carlos lo resume mejor: «Al final, tanto hombres como mujeres enfrentamos el mismo desafío: cómo seguir siendo nosotros mismos cuando el cuerpo empieza a cambiar las reglas. La diferencia está en que ellas han empezado a hablar del tema. Nosotros seguimos esperando que alguien nos dé permiso».
Porque tal vez eso es exactamente lo que necesitamos: permiso para envejecer sin vergüenza, para pedir ayuda sin sentir que perdemos algo esencial, para entender que cuidarse no es vanidad sino responsabilidad consigo mismo y con quienes nos aman.
