

Se despertó muy temprano aquella mañana. Elevó una plegaria, como solía hacerlo cada madrugada, y se entregó al sosiego de sus rutinas habituales. Ya dispuesto para partir, recordó la promesa que había hecho a sus aprendices: aquel día les revelaría la leyenda del flautista de Hamelín. Sin vacilar, alistó sus mejores argumentos y emprendió la marcha. Fue así como a media mañana, en el corazón de la verde llanura, resonó una voz melodiosa y profunda, templada por el paso de los años: era el canto del viejo juglar, empeñado en encantar a sus novatos. Cuentan los que presenciaron aquel día que, de todos los jóvenes reunidos, sólo tres alcanzaron la gracia de convertirse en los más grandes maestros de la comarca.
Con el tiempo, aquellos tres muchachos fundaron un pequeño grupo de narradores que recorrió los mercados y las ferias de la región, ganándose el sustento con el oficio de la palabra. No poseían magia alguna, pero la rigurosa disciplina del viejo juglar les enseñó a proyectar la voz con claridad y a sostener la atención de las multitudes más difíciles. Mientras tanto, los años cobraron su factura en el cuerpo del anciano, quien pasó sus últimos días al abrigo de una cabaña, viviendo de los recuerdos e historias mientras tocaba su flauta.
… a mi amigo Carlos.
Durante algo así como cuarenta años, mis ojos recorrieron muy diversos escenarios a través del lente de mi cámara. Mi teoría de la «Mirada Educada» —aquella que nos permite a los fotógrafos captar lo impensable, lo inaudito y lo invisible— cobra vigencia hoy cuando, al revisar los archivos de toda una vida, me encuentro con personajes solitarios, anónimos y olvidados. Es entonces cuando el acto fotográfico rescata a ese «algo» invisible de la corriente del anonimato, devolviéndole su condición de «alguien» único: poseedor de una dignidad, un rostro y una presencia que merecen ser contemplados y respetados por el mundo.
Koco




