

A lo largo de gran parte de su vida, caminó por la ciudad en busca de un lienzo donde plasmar toda su creatividad y toda su sensibilidad. Si las paredes hubieran hablado, habrían expresado con gratitud lo que Mario dejaba en ellas. Sin importar el azote del clima y expuesto al frío, al calor, a la lluvia o, inclusive, a ser detectado por algún vigilante nocturno, nunca dejó de pintar los muros.
Sin embargo, la urbe comenzó a transformarse de forma acelerada. Los viejos callejones de ladrillo y las fachadas olvidadas, que antes acogían sus vibrantes trazos, fueron devorados por la modernidad y por uno que otro político de turno enemigo del arte. El gris del cemento y las propuestas de una arquitectura fría e impersonal fueron sepultando su arte, arrebatándole poco a poco aquellos espacios que representaban su verdadera expresión.
A medida que el hormigón reemplazaba sus espacios sagrados, y frente al desproporcionado crecimiento de la ciudad, los lienzos desaparecieron del paisaje urbano. Privado de sus canales de expresión, Mario se dedicó entonces a deambular, a rebuscar el día a día y a enfrentar la dura realidad que disponía la vida moderna. Fue entonces cuando, en un día lluvioso, cansado y con frío, encontró en el asfalto una mochila de lona, al parecer propiedad de algún aventurero olvidadizo.
¡Cuál fue su sorpresa cuando, al abrirla, descubrió una extraña prenda de nylon grueso! Era similar a un abrigo, pero contaba con membranas entre los brazos y las piernas. Se trataba de un traje de alas de color beige, bastante desgastado, parecido a los que usaban los deportistas extremos para surcar los aires.
Frente a su propia realidad, decidió usarlo como abrigo para protegerse de la intemperie y de las bajas temperaturas de la noche.
Luego de conciliar el sueño, de repente, comenzaron a desaparecer todos los estímulos callejeros: el frío de la acera, el ruido de los autos, el murmullo del viento y el tintinear de las gotas de lluvia. Mario ya no estaba en el suelo; se vio cayendo desde la torre más alta del centro de la ciudad. Al extender los brazos y sus piernas, las membranas del traje se desplegaron en armonía total con la noche. El panorama que divisó eran sus propios grafitis, que iban cobrando vida.Vio cómo los colores brillaban como si fueran tormentosos ríos de neón. Cada pared era un universo, una paleta de colores que otorgaba a la noche un cierto encanto algo surrealista. Mario se sintió libre y experimentó una felicidad indescriptible.
Amaneció. El sol golpeó su cara y el ruido callejero lo regresó al presente. Abrió los ojos y se encontró con la realidad: el sueño, por ahora, había terminado. Sin embargo, el traje seguía ahí. La ciudad ya no volvería a ser la misma para él; en ese momento supo que cada grafiti se convertiría, por las noches, en un nuevo viaje.
Al caer la tarde, cuando la luz se pierde entre las calles, Mario se ajustó el traje de alas bajo su chaqueta habitual. El asfalto, antes hostil y opaco, se desplegó ante sus ojos como una pista de despegue silenciosa. Ya no importaba el avance implacable del cemento gris ni las paredes confiscadas por el progreso; toda esa opresión quedaba reducida a cenizas bajo sus pies.
Ahora el lienzo era el aire indomable, la inmensidad de la noche le pertenecía por derecho y cada trazo de neón estallaba en la oscuridad, transformándose en un manifiesto suspendido y eterno hacia su propia libertad. Allí arriba, donde el poder de los burócratas y los políticos de turno no podía alcanzarlo, Mario recuperaba su voz y se proclamaba dueño absoluto de su destino; la urbe intentó borrar su rastro, pero él terminó conquistando el cielo.
A Kesha.
Autor: Koco Liévano



