

Amado Montalvo nació un 22 de diciembre de 1948 en Enramadas, uno de esos barrios con alma y de los más antiguos de Santiago de Cuba. Su destino estaba marcado por las manos de su abuelo paterno, de quien heredó el arte de la peluquería. No fue un camino fácil: entre las décadas de los 50 y los 60, dedicarse al cuidado del cabello, la belleza y la apariencia se miraba de reojo; la sociedad de entonces lo catalogaba como un oficio puramente «afeminado».
Pero el talento de Amado pudo más. Apenas a los 18 años, ya dominaba con maestría todos los secretos de los “figaros”, como se les llamaba con cariño y picardía a los peluqueros, especialmente en La Habana, la ciudad que lo recibió siendo un joven lleno de sueños. Se estableció en la calle Aguiar, y fue justo allí, donde construyo su hogar y donde comenzó también su verdadera pesadilla. Muy pronto se había ganado el respeto y el afecto de su clientela, un grupo variado que reunía a artistas jóvenes, músicos, empleados públicos e incluso a uno que otro «camarada» de barba larga y melena rebelde.
Su local era un refugio de vida. Allí, “dar muela” —conversar sin prisa, charlar, compartir el chisme sano y debatir apasionadamente sobre política, música o béisbol— era el alma de cada jornada. Sin embargo, la intolerancia apagó esa alegría. En medio de una de esas tertulias, un vecino lo increpó con amargura, juzgando su oficio como “delicado y de maricones”. A los pocos días, una redada policial interrumpió su vida y lo arrestó bajo ese mismo prejuicio.
Lo enviaron a un campo de trabajo forzado. Allí, bajo el sol implacable, lo sometieron al desgaste físico del corte de caña de azúcar, con la cruel idea de que el castigo y el sudor lo convertirían en «hombre». Detrás de esas consignas solo había explotación laboral y un intento de borrar su identidad. Fueron cinco largos años de cautiverio, pero la violencia no pudo tocar su memoria: Amado jamás olvidó la nobleza de su arte.
Cuando al fin pudo regresar, sanó las heridas haciendo lo que mejor sabía hacer. Se instaló en un solar de la Avenida de las Misiones y, en poco tiempo, sus viejos amigos y clientes volvieron a llenar su espacio. Amado nunca dejó de ser él mismo; se mantuvo firme, digno, defendiendo su esencia y su derecho a existir a punta de tijeretazos y barberas afiladas.
Las paredes de su negocio están gastadas, pero las manos de Amado siguen firmes. En esa esquina de la calle Aguiar, en el callejón de los peluqueros, el tintineo de sus tijeras es el sonido de una victoria silenciosa contra el pasado. Hoy, cada historia que comparte en su sillón curtido es la prueba de que su arte fue más fuerte que el castigo. Quienes lo visitan no solo buscan un corte de cabello, sino contagiarse de la dignidad de un hombre que, tras ser obligado a doblar la espalda bajo el inclemente sol de la isla, prefirió mantener la cabeza en alto. Aún sigue “dando muela” con la sonrisa y la paz de quien sabe que nunca más tendrá que volver a cortar caña.
Autor: Koco Liévano



