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Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer…; reloj, detén tu camino, porque mi vida se apaga…”. Eso decía el famoso bolero de Roberto Cantoral y, premonitoriamente, algo parecido parecían pensar Eutimio Polanco y Primitivo Polanía mientras veían pasar los días desde aquel vetusto balcón.
Tuvieron la suerte —o quizá fue un capricho del destino— de nacer en el Hospital del Rosario de Campoalegre, Huila, allá por 1955, el mismo día y el mismo mes. Por apenas un minuto, Eutimio resultó ser el mayor de los dos. Desde muy temprano, la música comenzó a formar parte de sus vidas. Sus padres eran, respectivamente, el trombonista y el trompetista de la banda municipal. Durante los largos desfiles de las fiestas del pueblo, los muchachos acompañaban a sus padres, ayudándolos y refrescándolos a lo largo del recorrido. Tal vez fue allí donde se encendió la chispa que, con los años, los llevaría a formar un dúo que terminaría convirtiéndose en uno de los más representativos de la región. Naturalmente, sus primeros maestros no podían ser otros que sus propios padres. El tiple y la guitarra fueron los instrumentos escogidos, mientras que el repertorio encontró sus raíces en el bambuco y, por supuesto, en algo de rajaleña.
Durante muchos años deleitaron a los opitas en los festivales tradicionales de la región y, especialmente, durante las festividades de San Pedro y San Pablo. Pero al llegar a la mayoría de edad decidieron que el pueblo ya les quedaba pequeño y emprendieron camino hacia la gran ciudad.
Con algunos ahorros, uno que otro chiro, muchas achiras y una mochila repleta de anhelos y proyectos, tomaron rumbo a Bogotá. Al llegar a la entonces llamada Atenas Suramericana, se instalaron rápidamente en una pensión del centro de la ciudad. Muy pronto comenzaron a buscarse un futuro y fue precisamente la música la que los llevó hasta la Plaza de Las Nieves, lugar donde se concentraban los músicos serenateros que, noche tras noche, le cantaban al amor, al desamor y a la madrugada.
Durante el día se dedicaban a perfeccionar su repertorio, que para entonces ya incluía los grandes boleros. Y fue una de esas noches bogotanas, de frío intenso y calles casi desiertas, la que habría de cambiarles la vida. Eran aproximadamente las dos de la madrugada. La noche estaba tranquila y ellos intentaban combatir el frío con agua de panela y uno que otro aguardiente, cuando, de repente, un automóvil se acercó raudo por la carrera Octava. De él descendieron cuatro ocupantes que, sin muchos preámbulos, se dirigieron a ellos en un tono ciertamente burlesco:
—¿Son ustedes los chiflamicas de Las Nieves?
Por aquello de no perder la tocada, y seguramente sin imaginar las consecuencias, los dos asintieron. Y así, casi por accidente, quedaron bautizados para siempre.
Contrariando por completo el significado del curioso mote, Los Chiflamicas de Las Nieves comenzaron a hacerse famosos y cada vez más solicitados. Terminaron convirtiéndose en uno de los dúos de boleros más queridos de aquellas gélidas noches bogotanas. El nombre, que había nacido casi como una burla, terminó siendo parte de su historia.
A los sesenta y cinco años, Eutimio y Primitivo terminaron tocando juntos en el balcón de un tradicional restaurante bogotano. Desde allí miraban la ciudad y dejaban escapar sus boleros, mientras el tiempo, ese mismo que alguna vez quisieron detener, seguía pasando sin pedir permiso. Ya no eran los muchachos de Campoalegre ni los Chiflamicas de aquellas noches heladas de Las Nieves; eran dos hombres cargados de recuerdos, cantándole al amor y a la nostalgia. Y aunque el reloj nunca detuvo su camino, ellos siguieron tocando… porque, a esas alturas, todavía había canciones por interpretar y, seguramente, alguna serenata por cantar.
Autor: Koco Liévano



