

Rosa Rojas Urdaneta, apodada desde su niñez “la Caperucita del Bosque”, se cansó un día de andar. A pesar de haber sido una luchadora —para algunos, una heroína, y para muchas, una verdadera feminista—, llegó el momento en que decidió detenerse en un sendero de su amado barrio, el Bosque Izquierdo. Los días de repartir aquellos maravillosos pasteles de arándano, las galletas de jengibre con cubierta de agraz que ella misma amasaba y luego vendía, acompañadas de la deliciosa avena de canela y clavo, parecían estar llegando a su fin.
Desde muy pequeña había aprendido el maravilloso oficio de la repostería bogotana, gracias a su madre, doña Rosalba Urdaneta de Rojas, una matrona cachaca de aquellas de pañolón, sombrero y alpargatas. Fue ella quien le inculcó el amor y el respeto por las recetas más antiguas y los sabores de antaño, quien le enseñó a descubrir la exquisitez escondida en cada preparación y el misterio de aquellos ingredientes cachacos, algunos tan exóticos, que convertían sus amasijos en verdaderos manjares. Allá, en la parte alta de las empinadas calles del sector de La Macarena, madre e hija fueron construyendo, entre aromas y recetas heredadas, una pequeña tradición que Rosa llevaría después por buena parte de la ciudad. Se la veía a diario recorrer las calles de La Perseverancia, La Concordia, La Candelaria, el empinado Egipto, Los Laches y Las Cruces, ofreciendo sus delicias y deleitando a los parroquianos que esperaban su llegada como quien espera una visita querida.
Cuentan los cuentos bogotanos que, en una ocasión, su madre le pidió a Rosa llevar unas colaciones santafereñas a la casa de su abuela, ubicada en la parte alta del Chorro de Quevedo. En la canasta iban polvorosas, panderos, mantecadas, lenguas y cucas, además de algunos dulces tradicionales: brevas con arequipe, dulce de icaco, papayuela, durazno, cuajada con melao y el delicioso matrimonio, esa feliz unión entre dulce de mora y arequipe. Antes de partir, le recomendó mucho que se cuidara de andar por calles estrechas, oscuras y, mucho menos, donde no hubiese transeúntes. Eran tiempos difíciles y las elecciones se aproximaban. El caudillo del pueblo era el más seguro ganador. Sin embargo, al pasar por la Avenida Jiménez, cerca del emblemático edificio de un prestigioso diario capitalino, la chusma ya estaba enfurecida y enceguecida. El caudillo no ganaría: las balas asesinas ya habían dado cuenta de él. Rosa corrió velozmente al lado de la multitud enardecida, con su canasta de colaciones a cuestas y apurada por llegar al Chorro. Justo a su lado, pasó el taxi de franja verde que llevaba al “Negro” Gaitán camino a la Clínica Central.
Afortunadamente, Rosa llegó a su destino a salvo y con la canasta intacta, donde su abuela la esperaba feliz y muerta de hambre. El lobo de la historia resultó ser solo un cachaco asustado, con un saco de lana gris muy viejo, quien terminó devorando emocionado el dulce de matrimonio junto a ellas. Así, entre risas, tazas de chocolate y chismes sobre el Bogotazo, la Caperucita bogotana y su abuela demostraron que las penas con dulce de mora y arequipe son más llevaderas.
Autor: Koco Liévano



