

Durante más de cuarenta años, Víctor Cameron anduvo por tierras lejanas cubriendo el conflicto ancestral de la humanidad: la guerra. Desde muy joven, captó con la vieja cámara Voigtländer de su abuelo la sensibilidad social que lo rodeaba. Considerado un autodidacta, perdió rápidamente la inocencia fotográfica —esa que a muchos les cuesta soltar—, pues enfrentar la realidad a través del lente nunca fue una tarea fácil. A lo largo de su vida, experimentó la crueldad y lo inhumano de las batallas; frente a sus ojos, y gracias a su visor, vio siempre el lado más oscuro de una sociedad inmersa en la violencia y el terror, afectando a hombres, mujeres y, en especial, a niños inocentes.
Con el pasar del tiempo, sus propios conflictos internos tampoco le dieron tregua, y las imágenes de horror comenzaron a afectarlo permanentemente. Un día, ya retirado de su trabajo, mientras escudriñaba en sus archivos, encontró el negativo de una antigua fotografía en el interior de una vieja caja. Inmediatamente, como si se tratara de un déjà vu, recordó aquella imagen, el año, la hora y el sitio exacto donde la había capturado. Era el retrato de un niño de mirada triste, desesperanzada y de futuro incierto en medio de un campo militar.
Esta imagen no le permitió descanso alguno. Le revivió los recuerdos de aquella época en la que el estatuto de seguridad perseguía a los contradictores del gobierno de turno, sin importar género, condición social o edad. Decidió, entonces, enfrentar ese fantasma del pasado y se dio a la tarea de regresar. Tras una búsqueda meticulosa, localizó el sitio, las coordenadas e inclusive la hora exacta para poder recrear la escena con la misma luz de aquel día. Al llegar, halló el campo militar ya abandonado y lúgubre. De inmediato, su propia infancia y el momento exacto de la toma fotográfica afloraron en su memoria.
Al intentar capturar la escena en el presente, vio al niño a través de su cámara. Lo curioso fue que, al retirarla para contemplarlo directamente con sus propios ojos, ya no estaba; solo era visible a través del lente, pero al mirar fuera de este, desaparecía y solo quedaba el escenario vacío. Fue entonces cuando comprendió la desgarradora verdad: aquel niño de mirada triste y sin esperanza era él mismo. Recordó el campo militar, el horror de lo que había ocurrido allí con sus padres y el sufrimiento padecido. Evocó también la promesa que le había hecho a su padre: no olvidar jamás lo vivido en ese infierno y contarlo al mundo. Fue por ese juramento que, décadas después, Víctor había tomado la decisión de convertirse en fotógrafo.
Luego de aquel viaje al pasado, regresó a su estudio, pero ya no era el mismo hombre atormentado que había partido. Colgó la copia revelada de aquella vieja fotografía en el centro de la pared, desprovista ya de la pesada carga del olvido. Al mirarla, la tristeza del niño en el alambre de púas ya no le pareció un castigo, sino un testimonio silencioso de supervivencia. Limpió por última vez el objetivo de la Voigtländer de su abuelo, la colocó dentro de su estuche de cuero gastado y la guardó junto a sus archivos, sabiendo que su misión principal estaba cumplida. Había rescatado al niño que fue, y con él, la memoria de sus padres. Al apagar las luces del taller, Víctor sintió, por primera vez en muchos años, que el silencio de la noche ya no traía el eco de las balas, sino el susurro de una paz largamente postergada.
*Concurso nacional de fotografía universitaria
Primer puesto
1979
Autor: Koco Liévano



