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La caseta de Don Pedro

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Gabriel Lievano

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Relatos de Koco

Parte 2

Continuando con esta serie de recuerdos del Polo Club, hoy llegamos a un ser muy especial, un ícono en el barrio: Don Pedro, un genio del calzado, un orfebre del cuero

Mucho antes de que Chapín ofreciera el servicio de remonta, el embellecimiento y reparación del calzado estaban en manos de don Pedro. Era un hombre de apariencia humilde y caminar pausado, que con los años se volvió todavía más lento, quizá como consecuencia de alguna dolencia en los huesos provocada por pasar la mayor parte de su vida sentado trabajando. De tez morena, nariz aguileña, abundante cabellera y un peinado impecable gracias al fijador Lechuga, una especie de gel muy popular en aquella época.

Su “oficina” estaba ubicada en el costado norte de la calle 86, justo antes de las canchas de fútbol de la capilla. Era una caseta de madera de poco más de un metro cuadrado y apenas un poco más de un metro setenta de altura, con una diminuta puerta-ventana por donde recibía los encargos del vecindario. Hasta allí llegaban vecinos desde la calle 82 hasta la 87, y desde la Autopista Norte hasta la carrera 36, confiándole sus zapatos Corona, Florsheim, Walk-Over, Oxford, mocasines y zapatos de charol.

Con frecuencia don Pedro salía a refrescar el gaznate y, durante esos breves descansos, nos disputamos el privilegio de ayudarle. Casi siempre Toño Moreno, del clan Moreno-Tribín, asumió el cargo de asistente y se ganaba $5 pesos semanales, dinero con el que luego nos invitaba a compartir una deliciosa leche condensada que, después de calentarla al baño María, se convertía en un maravilloso arequipe. Con los años, la caseta terminó desvencijándose debido a los incontables balonazos provenientes de la cancha de fútbol, que solían sacar de quicio al viejo zapatero.

El Club. No fueron pocos quienes recuerdan la existencia del club social fundado por Germán Rojas, vecino de la capilla. Funcionaba en el segundo piso del edificio donde hoy se encuentra Carulla y que posteriormente fue convertido en apartamentos. Aquel lugar fue un verdadero oasis para el barrio. Los mayores se reunían allí para conversar y tertuliar sobre la vida, mientras nosotros disfrutábamos del tenis de mesa, el futbolín, al billar y diversos juegos de mesa. Las madres, por su parte, se instalaban en los salones para comentar las novedades del barrio: el vecino recién llegado, el escándalo de turno o la muchacha que se había fugado con el novio. No cualquiera podía pertenecer al club. La membresía exigía ser un estudiante sobresaliente y, además, que los padres pagaran los derechos correspondientes.

Más de uno no logró ingresar porque no cumplía con el primer requisito. Sin embargo, jamás faltamos a las inolvidables fiestas que allí se organizaban y cuya única condición era comprar la boleta de entrada.

El Snack. Durante las décadas de los sesenta y setenta se pusieron de moda en Colombia los drive-in, las fuentes de soda y los coffee cream. Existían el Cream Helado de la calle 32, los de la carrera 68 y la calle 90, El Chiquito, en la calle 85, y el Coffee Shop del Lago. El Polo tampoco fue ajeno a esa tendencia.

En la esquina suroriental de la calle 86 con carrera 24, unos hermanos de apellido Briceño, de inconfundible apariencia beatle, con gran talento para el diseño gráfico y excelente gusto musical, decidieron habilitar parte de la planta baja de su casa y convertirla en una pequeña fuente de soda. La bautizaron El Snack, y hacia allá fuimos a parar todos.

Siendo apenas unos niños, los domingos por la tarde llegábamos para disfrutar de uno de los grandes manjares de la época: papas a la francesa con salsa de tomate y Coca-Cola, o, en los mejores días, acompañadas de una deliciosa malteada. Al caer la noche ya no se nos permitía entrar, pues el ambiente estaba reservado para los mayores. Allí se reunían, entre otros, Alejandro Escobar, Rodolfo Blanco y el paisa Pérez, quienes amenizaban musicalmente las tertulias. La decoración era completamente sesentera: paredes amarillas e ilustraciones sesenteras y un menú característico de aquellos años compuesto por hamburguesas, chili, perros calientes, helados y malteadas.

Muchas de las historias de amor más recordadas del barrio comenzaron entre aquellas mesas. De los hermanos Briceño, creo que uno de ellos todavía vivía en la casa donde funcionó El Snack; a los demás, simplemente, se los llevó la vida.

Benotto. No me refiero a la conocida marca de bicicletas, sino a una fábrica de tubos que durante los años cincuenta tuvo su sede en la carrera 24 con calle 87. Con el tiempo fue abandonada y quedó bajo el cuidado de un vigilante. En aquel terreno, medio baldío y detenido en el tiempo, vivimos innumerables aventuras infantiles. Había viejas estructuras de madera que parecían trincheras y tanques de guerra olvidados entre la maleza.

El lugar se convirtió en el escenario perfecto para jugar a ladrones y policías. Armados con bodoqueras y caucheras, dimos rienda suelta a nuestras fantasías de niños. Cazábamos ratas y afinábamos la puntería hasta que aparecía Fernando, hijo del vigilante, más conocido como Venotto, quien acompañado por una jauría de perros furiosos nos obligaba a salir corriendo del lote.Con el paso de los años, Fernando terminó convirtiéndose en amigo de todos. Era un magnífico jugador de fútbol, aunque también era tremendamente necio.

Con el tiempo comprendí que aquellos lugares no eran simplemente negocios o edificios; eran las estaciones donde transcurría nuestra infancia y donde el barrio aprendía a reconocerse. Hoy muchos desaparecieron, otros cambiaron de nombre y algunos sobreviven apenas en la memoria de quienes tuvimos la fortuna de vivirlos. Y, si la memoria llegó a  equivocarse en algún detalle, confío en que mis viejos amigos del Polo se encargarán de corregirme… aunque, conociéndolos, primero se pondrán a discutir quién pagó la última Coca-Cola con papas en El Snack.

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