

Todos los días, Roque cumple la cita pactada con el destino, siempre a la espera de verla, hablarle e intercambiar con ella sus sueños y anhelos. Cada mañana, al levantarse, piensa en cómo será su encuentro: ¿acaso ella le aceptará un café?, ¿hablarán de la vida? Sabe que, en medio de su rutina, no debe preocuparse por el atuendo. Su apariencia conserva esa estética urbana particular de los habitantes de la calle; es su forma original de estar preparado para la ocasión, donde no existe el glamour ni el acicalamiento. Cuando llega la hora, recoge su cambuche —sus cuatro viejas cobijas y dos cajas de cartón— y las resguarda debajo del puente.
Luego de asegurar sus pertenencias, inicia un largo recorrido a través de la ciudad. Su caminar es lento y algo torpe. Pasa desapercibido ante las miradas temerosas de los transeúntes, como si fuera un ser completamente invisible. Poco a poco se acerca al punto de encuentro, mientras el tráfico se vuelve más denso y el calor arrecia. Se pregunta, con el corazón acelerado, si será hoy el día tan añorado y esperado.
Por otro lado está Silvia, una mujer citadina nacida en el seno de una familia amorosa y cuidadosa. Desde muy joven tuvo el sueño de ser una gran modelo. Siendo aún una adolescente, se entregó al ajetreo duro, cotidiano y exigente de las pasarelas. Durante años vivió así, acostumbrándose con el tiempo a la soledad y al olvido de sus seres queridos. Ahora es el rostro de las grandes fotografías publicitarias, habituada a la mirada curiosa y maliciosa de quienes la contemplan. Sin embargo, a pesar del éxito, la fama y las comodidades materiales, se considera una mujer profundamente aislada, sola y sin compañía.
El destino, caprichoso y puntual, cruza al fin los caminos de Roque y Silvia en una esquina cualquiera de la ciudad. Él detiene su andar torpe frente a la vitrina publicitaria donde el rostro de ella, impecable y monumental, domina el paisaje. Al mismo tiempo, atrapada dentro de un taxi por el denso tráfico de la tarde, la Silvia de carne y hueso mira con desgano a través de la ventana empañada por el calor. Sus miradas se encuentran a través del cristal. Para él, ella es la mujer perfecta; para ella, él es un recordatorio de la fragilidad humana que el resto del mundo prefiere ignorar. Ella no ve peligro en sus ojos, sino una profunda e inesperada paz; él no ve en ella la fama, sino la misma mirada solitaria que lo acompaña bajo el puente.
Por un instante eterno, el glamour y el cambuche desaparecen. Ella le regala una sonrisa auténtica que vale más que cualquier fotografía, y antes de que el auto arranque y la ciudad se la lleve de nuevo, Roque se atreve a formular la pregunta que guardó en su mente toda la mañana: «¿Acaso me aceptaría un café?».
De pronto, el murmullo de la avenida se desvanece y el encanto se rompe con el rugido de un camión cercano. No hay taxi, no hay miradas ni palabras intercambiadas. Al final, todo resulta ser producto de su imaginación. Lo único que Roque ha logrado en este día es descansar su viejo cuerpo frente al escaparate de una tienda lujosa que exhibe la gran fotografía publicitaria de Silvia. Allí, sentado sobre el cemento frío y a la sombra del cristal inaccesible, se conforma con almorzar cualquier desecho que ha encontrado en la basura, mientras sigue contemplando fijamente a la mujer que solo le pertenece en sus sueños.
Autor: Koco Liévano



