Uno creería que después de los cincuenta ya lo ha visto todo. Que después de haber sobrevivido a la crisis de los ochenta, a la apertura económica de Gaviria, a las modas ridículas que nos hicieron poner y a los hijos adolescentes, nada puede sorprendernos. Pero resulta que estábamos equivocados.
Hay algo que jamás imaginamos que veríamos en nuestra vida: Nuestras propias hijas pidiéndonos permiso para «tomar prestado» ese jean Arturo Calle que compramos en Unicentro en 1995, y que guardabamos en el clóset de arriba porque «algún día puede servir».
Lo que no nos dice es que lo iba a vender en GoTrendier por 200 mil pesos. Doscientas lucas. Por un pantalón que nos costó 45 mil pesos hace casi treinta años y que, seamos honestos, ya tenía una mancha de aguardiente del matrimonio de nuestro primo. Cuando la confrontamos, nos mira con esa cara de «papá, no entiendes nada» y nos dice: «Es vintage auténtico, archivo de los noventa». Archivo. Como si nuestro clóset fuera el Museo Nacional.
No. Nuestra hija no está loca. Bueno, no del todo. Resulta que toda esa ropa que nosotros, los que andamos entre los cincuenta y sesenta y pico, guardamos «por si acaso» en los armarios, esa misma ropa que nuestras esposas nos rogaban que botáramos cada año, ahora vale una fortuna. O al menos, mucho más de lo que pagamos por ella.
Para nosotros, la ropa era ropa. Punto. Uno iba a una tienda —Fedco, Sears, las boutiques del centro—, compraba lo que necesitaba, lo usaba hasta que ya no daba más, y cuando pasaba de moda o se gastaba demasiado, lo guardaba o lo regalaba. No había drama, no había «estética», no había concepto. Era funcional. Necesitabas un pantalón para ir a la oficina, comprabas uno bueno que te durara años. Necesitabas una chaqueta para las reuniones importantes, invertías en una de Pat Primo o Arturo Calle que te acompañaría toda la vida laboral.Comprábamos camisas de cuadros para los fines de semana. Treinta, cuarenta mil pesos. Esas camisas todavía están en el armario, treinta años después, como nuevas. Porque en ese entonces la ropa se hacía para durar, no para tirarse en seis meses como ahora.Y ahora resulta que esas mismas camisas que considerábamos «ropa vieja» valen entre 100 y 130 mil pesos en las tiendas de Chapinero. Puede parecernos una locura pero si miramos bien la «calidad vintage» no se consigue en ningún lado, que las telas de ahora son basura china que se rompe al primer lavado. Y tiene razón, pero me da rabia que tenga razón.
Hablemos claro: los ochenta fueron raros. Muy raros. Teníamos veintipico y trabajabamos en una oficina en el centro de Bogotá, y el uniforme era absurdo. Hombreras que parecían diseñadas para jugar fútbol americano, corbatas anchas de colores que ahora me dan vergüenza, y el pelo… Dios mío, el pelo. Las mujeres se lo peinaban hasta el cielo, los hombres usábamos esos cortes con volumen que requerían medio tarro de gel. Era la época de Miami Vice, de las telenovelas venezolanas, de sentirse moderno porque tenías un blazer con hombreras y unos jeans nevados.
Las hombreras nos parecían elegantes, símbolo de poder. La esposa las usaba en todos sus blazers y vestidos. Decían que la hacían verse más segura en las reuniones de trabajo. Eran tiempos difíciles para las mujeres en el mundo laboral, necesitaban toda la ayuda posible, aunque esa ayuda fuera una esponja sintética cosida en los hombros. Ahora nuestras hijas usan esos mismos blazers y dice que es «power dressing vintage».Los noventa fueron diferentes. Más relajados, menos pretenciosos. De repente nadie quería verse «arreglado». El grunge llegó y todos queríamos parecer que acabábamos de levantarnos de la cama. Camisas de franela, jeans rotos, camisetas tres tallas más grandes. Era como una rebelión contra los ochenta y sus excesos.
Los pantalones cargo con mil bolsillos que la esposa odiaba porque decían que nos hacían ver descuidados, pero que yo adoraba porque podía llevar la billetera, las llaves, el beeper y hasta una Colombiana en los bolsillos.Íbamos a conciertos de Aterciopelados, de Shakira cuando apenas empezaba, de Carlos Vives cuando sacó «La Gota Fría». Y todos vestíamos igual: desaliñados pero cómodos, funcionales pero sin pretensiones. Era un alivio después de los ochenta. Nadie te juzgaba si llegabas con una camiseta arrugada, era parte del estilo.Ahora esas mismas camisetas que usabamos para ir al supermercado los domingos se venden por 80, 100 mil pesos en el Mercado de San Alejo.
Uno de los grandes errores que cometimos como país fue dejar morir la industria textil. Vimos cómo Coltejer y Fabricato, esas empresas que eran el orgullo de Antioquia y del país entero, se fueron a la quiebra una tras otra.Cuando comprábamos ropa «hecha en Colombia», sabíamos que esa ropa duraría años, décadas incluso.Y luego llegó la apertura económica de Gaviria en los noventa. Nos dijeron que la competencia era buena, que íbamos a tener acceso a mejores productos, más baratos. Lo que no nos dijeron es que eso significaba la muerte de nuestra propia industria. De repente todo era importado de China, de India, de Bangladesh. Más barato, sí, pero de una calidad miserablemente inferior. Camisas que se deshilachaban al tercer lavado, jeans que perdían el color en dos meses, telas tan delgadas que se transparentaban.La ironía cruel es que la ropa que esas fábricas producían en sus mejores años es ahora la prueba de que Colombia supo hacer las cosas bien.
Lo que más impresiona es cómo venden esta ropa los jóvenes. No es como antes, que uno ponía un aviso en el periódico «vendo ropa usada» y ya. No. Ahora le toman fotos con luz natural, escriben descripciones larguísimas sobre la «historia de la prenda», mencionan el año de fabricación, el estado del tejido, hasta el contexto cultural de la época. Venden una historia completa, no solo ropa. Y la gente paga por esa historia.
Mario nos cuenta su experiencia en los llamados templos de la memoria: San Alejo y Chapinero
“Un domingo decidí ir al Mercado de las Pulgas de San Alejo. Quería ver con mis propios ojos ese fenómeno del que mi hija no paraba de hablar. Y fue extraño. Muy extraño.Caminando entre los puestos, veía objetos de mi juventud presentados como reliquias de museo. Una calculadora Casio como la que usaba en el colegio: 80 mil pesos. Un reloj Baby-G como el que le regalé a mi esposa en nuestro aniversario: 120 mil pesos. Cassettes de Shakira, de Aterciopelados, de Fonseca: 30, 40 mil pesos cada uno. Cosas que yo tenía guardadas en cajas en el sótano y que aparentemente valían una fortuna.Pero lo que más me impactó fue ver la ropa. Puestos enteros dedicados a vender jeans nevados, camisas de cuadros, chaquetas de los ochenta. Y los precios… Dios mío, los precios. Un jean similar al que yo vendí: 220 mil pesos. Una camisa Pat Primo en mejor estado que las mías: 150 mil pesos. Y lo más loco: la gente comprando. Jóvenes de veinti-pocos años peleándose por una chaqueta que yo consideraría «pasada de moda».Le pregunté a uno de los vendedores, un muchacho de unos treinta años, cómo había empezado en esto. Me contó que compraba ropa en mercados de barrio por 5, 10 mil pesos, la limpiaba, la fotografiaba bien y la vendía por diez veces más. «La gente no busca ropa usada», me dijo, «busca historia, autenticidad, algo que ya no se fabrica». Yo asentí, pero por dentro pensaba: están pagando 200 mil pesos por historia. En mi época, la historia era gratis y la ropa era cara.También fui a Chapinero. Mi hija insistió en que tenía que conocer El Chapulguero. Es como San Alejo, pero más… moderno, más curado. Vi prendas intervenidas, «upcycling» le llaman. Agarran una chaqueta vieja, la cortan, le agregan parches, la transforman en algo «nuevo». Y cobran como si fuera alta costura.Había una chaqueta que me llamó la atención. Era casi idéntica a una que yo tenía y regalé hace cinco años. El precio: 450 mil pesos. Cuatrocientas cincuenta mil pesos por una chaqueta que probablemente costó 60 mil hace treinta años. Le pregunté a mi esposa: «¿Yo regalé algo así?». Ella solo me miró y dijo: «Sí, porque no me hiciste caso cuando te dije que la guardaras». Touché.
Al final, hay algo profundamente satisfactorio en todo este asunto. Resulta que esa manía de no botar nada, esa terquedad de guardar ropa «por si acaso» que volvió loca a nuestra esposa durante treinta años, no era una locura. Era una inversión involuntaria.Así que sí,nuestra ropa vieja ahora es «vintage» y cuesta el triple.Es el mercado diciéndonos que lo que construimos, lo que compramos, lo que guardamos, tenía valor real. Siempre lo tuvo.Solo nos tomó treinta años darnos cuenta.
