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¿Por qué Carl Honoré se convirtió en el gurú de una generación que descubrió que correr no siempre lleva a ningún lado?

Hay momentos en la vida que te pegan como cachetada de borracho. A Carl Honoré le pasó leyendo Blancanieves. Pero no cualquier Blancanieves, sino una versión turbo, express, para padres ocupados que quieren cumplir con el ritual del cuento antes de dormir sin perder tiempo valioso. Ahí estaba él, saltándose párrafos como si fuera un DJ editando una canción, reduciendo a los siete enanitos a tres porque, seamos honestos, ¿quién tiene tiempo para siete personajes cuando hay correos pendientes?

El momento epifánico llegó cuando se encontró considerando comprar un libro que prometía «cuentos para dormir en un minuto». Fue como verse en un espejo deformante: ahí estaba, tratando de optimizar hasta la ternura paterna. «Estoy jodido», debió pensar. Y de esa crisis personal salió uno de los movimientos culturales más paradójicos de nuestro tiempo.

Todo comenzó en 1986 con una escena que hoy parecería sacada de una película de Wes Anderson. Carlo Petrini, un periodista italiano con aires de Quijote gastronómico, se plantó en la Piazza di Spagna con un grupo de manifestantes para protestar contra… una hamburguesa. Bueno, contra McDonald’s, que acababa de abrir en Roma.

La imagen es deliciosa: un puñado de italianos defendiendo la pasta contra la Big Mac, como si fuera una batalla épica entre civilizaciones. Pero había algo más profundo ahí. Petrini no solo estaba salvando la cocina italiana; estaba cuestionando toda una filosofía de vida que había convertido comer en un acto mecánico, despojado de ritual, tradición y, sobre todo, tiempo.

De esa protesta nació Slow Food, que hoy tiene presencia en más de 160 países. No está mal para un movimiento que empezó defendiendo el derecho a masticar despacio.

El Evangelio según Carl

Honoré tomó esa semilla italiana y la convirtió en una filosofía global. Su libro «Elogio de la Lentitud», publicado en 2004, se convirtió en el manifiesto accidental de una generación exhausta. No porque fuera particularmente revolucionario, sino porque puso palabras a algo que todos sentíamos, pero nadie se había atrevido a verbalizar: que tal vez, solo tal vez, estar siempre corriendo no nos lleva a ningún lado interesante.

El canadiense acuñó el término tempo giusto, que suena mucho mejor que «velocidad correcta» pero significa exactamente eso: encontrar el ritmo adecuado para cada momento. No se trata de convertirse en un perezoso profesional, sino de recuperar el control sobre el acelerador de nuestras propias vidas.

«Hacer todo lo mejor posible, en lugar de lo más rápido posible», dice Honoré, y uno se pregunta por qué algo tan obvio suena tan revolucionario. Tal vez porque vivimos en una época donde la productividad se mide en tareas completadas por minuto, como si fuéramos robots con muy buena actitud.

Lo fascinante del Movimiento Slow es que no predica la pereza. Es más sutil que eso. Propone que al desacelerar estratégicamente, uno puede ser más eficiente, cometer menos errores y, de paso, recuperar algo que se perdió en el camino: el sabor de las cosas.

Esto se ve reflejado en las múltiples aplicaciones del movimiento. Está el slow travel, que propone quedarse más tiempo en menos lugares para realmente conocer un sitio, en lugar de hacer turismo tipo Pokemon Go («los atrapé a todos»). El slow parenting, que defiende el derecho de los niños al aburrimiento y el juego libre, conceptos aparentemente extintos en la era de las agendas infantiles sobrecargadas. Y el slow business, que prioriza la sostenibilidad a largo plazo sobre el crecimiento acelerado, aunque esto último suene a herejía en Silicon Valley.

Hay incluso slow cinema, un género que utiliza tomas largas y narrativa minimalista. Es como el anti-Marvel: en lugar de explosiones cada tres minutos, te dan tiempo para contemplar la lluvia cayendo sobre un campo durante diez minutos completos. No es para todos, pero tiene su público (pequeño, pero fervoroso).

Los Enemigos de la Lentitud

Por supuesto, no todo es miel sobre hojuelas en el país de los lentos. El movimiento enfrenta críticas legítimas, empezando por la más obvia: que la vida lenta puede ser un lujo que solo algunos pueden permitirse. Es fácil predicar el slow living cuando tienes la flexibilidad económica para rechazar trabajos de alta presión o para tomarte vacaciones de tres semanas en Toscana.

Para alguien que trabaja dos empleos para llegar a fin de mes, la filosofía de «saborear cada momento» puede sonar a privilegio de clase media alta con problemas existenciales. Es el equivalente filosófico de decirle a alguien que se relaje cuando está ahogándose en deudas.

Esto revela una tensión interesante: cuando un movimiento cultural se convierte en una marca, ¿quién decide qué es auténticamente «slow»? ¿Existe una velocidad oficialmente aprobada para pelar papas?

El Mundo Post-Pandémico: ¿Más Lento o Más Rápido?

La pandemia parecía el momento perfecto para el Movimiento Slow. De repente, todos estábamos forzados a desacelerar, a quedarnos en casa, a redescubrir placeres simples como cocinar o leer. Por un momento, parecía que la humanidad había aprendido la lección.

Pero Honoré mismo reconoce que «la batalla contra la velocidad no está ganada». En las grandes ciudades, la vida no solo volvió a su ritmo frenético previo, sino que se aceleró más, combinando lo presencial y lo virtual en una especie de multitarea existencial.

Es como si hubiéramos probado la droga de la lentitud durante el confinamiento, pero al salir hubiéramos decidido que preferíamos la cocaína del productivismo. Viejo y confiable.

La Diferencia Entre Ser Lento y Estar Presente

Una confusión común es equiparar el slow living con el minimalismo o el mindfulness. Pero aunque se complementan, no son lo mismo. El minimalismo se trata de tener menos cosas; el mindfulness de prestar más atención al presente; el slow living de controlar el ritmo de la vida.

La diferencia es sutil pero importante. Puedes vivir en un apartamento minimalista y seguir corriendo como loco de un lado para otro. Puedes practicar meditación y aún así llevar una agenda de CEO. El Movimiento Slow propone algo diferente: recuperar la soberanía sobre tu propio tiempo.

¿Revolución o Privilegio?

Al final, el Movimiento Slow plantea preguntas incómodas sobre cómo hemos organizado nuestras sociedades. Si necesitamos una filosofía completa para recordarnos que está bien ir despacio, tal vez el problema no está en nosotros sino en el sistema que nos dice que siempre hay que correr.

Honoré y sus seguidores han logrado algo notable: convertir la lentitud en un acto de resistencia. En una cultura que idolatra la velocidad, tomarse tiempo se vuelve subversivo. Es el punk de la productividad, la rebeldía de los bien portados.

¿Es una solución universal? Probablemente no. ¿Es un privilegio de clase media? En parte, sí. ¿Es mejor que la alternativa de vivir siempre acelerado hasta el infarto? Definitivamente.

Al menos Carl Honoré ya puede leerle Blancanieves completa a su hijo. Con los siete enanitos incluidos, sin prisa, saboreando cada «Espejo, espejito mágico» como si fuera la primera vez. Y tal vez eso, en un mundo que ha olvidado cómo saborear, sea revolucionario después de todo.

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