Hay algo profundamente irónico en que John Lennon haya grabado «Imagine» en una mansión georgiana de 72 acres mientras le pedía al mundo imaginar un lugar sin posesiones. Pero quizás esa contradicción sea exactamente el punto. O tal vez no haya punto alguno, y eso también esté bien.
La canción cumplió más de medio siglo hace un par de años, y sigue siendo el sencillo más vendido de la carrera solista de Lennon. Triple platino en Estados Unidos, número uno póstumo en el Reino Unido tras su asesinato, interpretada en ceremonias olímpicas y cada año nuevo en Times Square. Un himno global que nació, en realidad, de las instrucciones poéticas de Yoko Ono en su libro de 1964, Grapefruit. «Imagina las nubes cayendo», escribía ella. Pequeños ejercicios mentales para sobrevivir la adversidad.
Lennon, que nunca fue sutil con sus contradicciones, admitió en 1980 —poco antes de que Mark David Chapman le disparara en la puerta de su edificio— que debió haberla acreditado como coautora desde el principio. Dijo que fue por «egoísmo» y «machismo». La industria musical lo corrigió en 2017, cuando la National Music Publishers Association finalmente agregó el nombre de Ono a los créditos. Casi medio siglo tarde, pero más vale eso que nunca.
El mundo en 1971 no era muy diferente al de ahora.Vietnam sangraba en las noticias nocturnas. La Guerra Fría mantenía al planeta dividido en dos bloques antagónicos, cada uno convencido de su superioridad moral. El movimiento contracultural de los sesenta se había oscurecido. El flower power ya no era ingenuo; era cansado. Las protestas directas no bastaban. Entonces Lennon escribió una canción que no gritaba «no a la guerra» sino que susurraba «imagina la paz». Un cambio de estrategia que resultó devastadoramente efectivo.
La letra sigue una progresión quirúrgica. Primero elimina la religión: sin cielo, sin infierno, sin instituciones que manipulen con promesas del más allá. Luego borra las fronteras: sin países por los cuales matar o morir. Finalmente arrasa con la propiedad privada: sin posesiones, sin codicia, sin hambre. Lo que queda, sugiere la canción, es la hermandad pura. Una utopía radical envuelta en una melodía de piano tan simple que un niño podría aprenderla.
Phil Spector produjo el álbum junto a Lennon y Ono. Spector, famoso por su «muro de sonido» maximalista, aquí aplicó su técnica con una sutileza inusual. Añadió cuerdas, pero sin ahogar la voz. Grabaron la mayor parte en Ascot Sound Studios, el estudio casero que Lennon construyó en Tittenhurst Park porque estaba harto de las restricciones de Abbey Road.
Elton John solía cantarle a Lennon en privado: «Imagina seis apartamentos / No es difícil de hacer / Uno está lleno de abrigos de piel / El otro está lleno de zapatos». Una broma cruel pero no del todo injusta. El video musical se filmó en esa misma mansión opulenta, Lennon al piano blanco que después se vendió por casi dos millones de dólares. La acusación de hipocresía persiguió la canción desde el día uno.
Pero el título es «Imagine», no «Así vivo yo». Es un ejercicio mental, no un manual de vida. Aun así, la crítica persiste. Algunos la llaman propaganda comunista. Grupos religiosos la han tildado de satánica por la línea sobre la religión. Lo más irónico: mientras en Occidente la acusaban de comunista, en la Unión Soviética The Beatles eran censurados por promover la «rebeldía y el capitalismo».
La canción ha sido versionada más de 200 veces. Joan Baez la grabó en 1972, capturando el espíritu pacifista original. David Bowie la cantó en vivo en 1983, lágrimas en los ojos, tres años después del asesinato de Lennon. A Perfect Circle la transformó en algo oscuro y amenazante en 2004, usando acordes menores para subvertir la esperanza. Lady Gaga la interpretó en los Juegos Europeos de 2015, cambiando una línea para honrar a Matthew Shepard. Chris Cornell, antes de su propia muerte trágica, la despojó hasta la voz y la guitarra acústica en 2011.
Cada versión dice más sobre quien la canta que sobre la canción misma. Ese es el truco: «Imagine» es un lienzo en blanco. Un espejo donde proyectamos lo que queremos ver.
Hoy la canción suena en las olimpiadas, en corporativos de año nuevo, en comerciales. Se ha convertido en lo que los críticos llaman una «tarjeta de celebración con música». La rebelión sin armas que Lennon proponía ahora es un sentimiento patrocinado, digerible, seguro. Días antes de morir, Lennon comparó el mensaje de la canción con la antorcha olímpica que se pasa de mano en mano. No estaba equivocado, aunque quizás no anticipó cuán literal sería esa comparación.
¿Importa que una canción sobre la abolición de la propiedad privada haya sido neutralizada por el capitalismo global? ¿Que un manifiesto contra el nacionalismo se toque en ceremonias que celebran exactamente eso? Probablemente sí. Pero también es cierto que millones de personas la siguen cantando, y algo en esa melodía simple todavía remueve algo.
La relevancia de «Imagine» no está en ofrecer soluciones. Está en el acto mismo de imaginar. En atreverse a pensar que el mundo podría ser diferente, aunque no sepamos exactamente cómo. Lennon no era un profeta ni un santo. Era un músico millonario con contradicciones del tamaño de su ego. Pero por tres minutos, logró condensar un anhelo humano que no caduca: el deseo de algo mejor.
Más de cincuenta años después, seguimos cantándola. Seguimos sin resolver las contradicciones. Y quizás eso sea lo más honesto de todo.
