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La revolución que prometió luz eterna ahora vive bajo el apagón perpetuo. Mientras Trump aprieta el cerco y China ofrece paneles solares a cambio de soberanía, los cubanos sobreviven contando las horas sin electricidad como quien cuenta los días que faltan para el fin. Se vienen los momentos más duros para la isla desde que Fidel Castro entró con sus barbudos a la Habana.

En La Habana, febrero de 2026 se vive a oscuras. No es metáfora ni licencia poética: es la realidad física de una isla donde la electricidad se ha convertido en un lujo que aparece, con suerte, cuatro horas al día. Las viejas termoeléctricas soviéticas —esas reliquias industriales que ya deberían estar en un museo— escupen su último aliento entre grietas y calderas reventadas, mientras el país entero se consume en una crisis que huele a epitafio.

La cosa se puso color de hormiga desde que capturaron a Maduro en enero, porque resulta que el petróleo venezolano no era solo un negocio: era el oxígeno que mantenía vivo al paciente. Sin esos 55,000 barriles diarios de crudo subsidiado, Cuba quedó flotando en el vacío. México intentó tapar el hueco con algo de ayuda, pero cuando Trump amenazó con aranceles del 25% a cualquiera que le vendiera una gota de combustible a la isla, hasta Claudia Sheinbaum tuvo que hacer cuentas. La solidaridad latinoamericana tiene sus límites, y esos límites se llaman comercio internacional.

Lo que estamos viendo no es una crisis energética común y corriente. Es el colapso de un modelo que llevaba décadas sosteniéndose con alambres y buena voluntad geopolítica. La central Antonio Guiteras —esa que lleva más años funcionando que la mayoría de los cubanos— se volvió a caer el 9 de febrero, apenas unos días después de un “mantenimiento urgente” que costó millones y no sirvió absolutamente para nada. Todo lo que se haga hoy es  como ponerle curitas a un barco que hace agua por todos lados: puedes retrasar lo inevitable, pero no evitarlo.

Los números son brutales. Cuba necesita unos 3,100 megavatios para funcionar con normalidad. En las horas pico apenas llega a generar 1,134. El déficit de casi 2,000 megavatios no es un problema técnico: es una sentencia. Sin electricidad no hay bombeo de agua, no hay refrigeración en hospitales, no hay producción industrial, no hay nada. La gente ha aprendido a vivir en la penumbra, literalmente.

Y aquí es donde entra el personaje que le faltaba a esta tragicomedia: China. Porque mientras Estados Unidos aprieta la soga con sanciones y Trump habla de la “Doctrina Monroe 2.0” como si estuviéramos en 1823, Pekín llegó con la chequera abierta y 92 parques solares bajo el brazo. El plan es ambicioso: 2,000 megavatios de energía fotovoltaica que deberían estar listos para 2028. Suena bonito, ¿no? El problema es que nada es gratis en geopolítica.

Cuba está hipotecando su níquel —ese mineral que tiene en Moa y que a China le interesa más que la ideología— para pagar una infraestructura que viene con letra chiquita. Porque esos paneles solares no son solo tecnología limpia: traen sistemas de vigilancia integrados, redes inteligentes de “doble uso” y una dependencia que hace ver al viejo pacto con Moscú como un romance de verano. La “Fortaleza Verde” que promete salvar a la revolución podría terminar siendo el caballo de Troya que la entrega.

Mientras tanto, en Washington, Marco Rubio  se pasea con la retórica del cambio de régimen como si fuera su tesis doctoral. La Orden Ejecutiva 14380 que firmó Trump no es solo un bloqueo energético: es un asedio medieval diseñado para asfixiar. Y cuando Rubio insinúa que él podría ser pieza clave en una “Cuba democrática” del futuro, en La Habana lo toman como lo que es: una declaración de guerra encubierta.

La economía cubana no camina: arrastra los pies. El PIB se contrajo más de 11% entre 2020 y 2024, y aunque el gobierno insiste en que habrá crecimiento del 1% este año, hasta la CEPAL proyecta apenas un 0.1%. La inflación oficial cerró 2025 en 14%, pero en la calle nadie se cree esos números. El peso cubano vale menos que el papel donde está impreso: más de 500 por dólar en el mercado negro.

Para intentar salvar los muebles, el gobierno lanzó el Decreto-Ley 113, que básicamente legaliza la dolarización parcial. Ahora las empresas pueden tener cuentas en dólares y quedarse con el 80% de sus exportaciones. Suena progresista hasta que te das cuenta de lo que significa: una economía de dos velocidades donde los que tienen acceso a divisas comen y el resto sobrevive con la libreta de abastecimiento, ese vestigio socialista que ya no abastece nada pero que sigue siendo lo único que evita el hambre absoluta.

Y hablando de cosas que ya no funcionan: la industria azucarera. Por primera vez en más de un siglo, Cuba no alcanzó las 150,000 toneladas en la última zafra. Para que se entienda la magnitud del descalabro: durante la Guerra de los Diez Años, en pleno conflicto armado del siglo XIX, se producía más azúcar que ahora. La isla que fue “la azucarera del mundo” tiene que importar azúcar para la canasta básica. Es como si Arabia Saudita tuviera que comprar petróleo.

La gente se está yendo. Y no en goteo: en estampida. La población podría haber caído a 8.6 millones de habitantes, una pérdida del 18% en dos años. El consulado español en La Habana recibió 107,000 solicitudes de nacionalidad solo en el primer semestre de 2025. No son números: son médicos, ingenieros, maestros, gente joven que ve el futuro con claridad y concluye que no está en Cuba.

Raúl Castro tiene 93 años y, según los rumores que circulan en voz baja, está en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas ,CIMEQ más tiempo del que pasa fuera. Los movimientos raros en el mausoleo del Segundo Frente sugieren que el país se prepara para el adiós definitivo de la generación histórica. Miguel Díaz-Canel habla de “resistencia creativa” y “economía de guerra”, pero hasta los más oficialistas saben que cuando se muera Raúl, se acabó la película.

Las MIPYMES —esas empresas privadas que el gobierno toleró a regañadientes— son ahora lo único que funciona medianamente bien. Hay más de 10,000 registradas y, paradoja de paradojas, el 76% está optimista sobre su futuro mientras que el 68% cree que el país se va al carajo. Es la Cuba esquizofrénica de 2026: negocios privados que crecen en medio de un estado socialista que se desmorona.

El gobierno creó el Instituto Nacional de Actores Económicos No Estatales para controlar ese crecimiento, porque Dios nos libre de que el sector privado se salga del libreto. Pero entre los apagones, la falta de divisas y las nuevas regulaciones que prohíben el comercio mayorista directo, hasta los empresarios más optimistas saben que están jugando en un campo minado.

Los escenarios para el futuro son tres, y ninguno es particularmente alentador. El primero: Cuba sobrevive como un protectorado chino de facto, con electricidad solar, pero sin soberanía real. El segundo: colapso total, crisis humanitaria, negociación con Washington y cambio de régimen al estilo shock. El tercero, el más improbable: una apertura al estilo vietnamita donde el PCC mantiene el poder político pero suelta la economía.

Lo que es seguro es que Cuba ya no es la misma. El país que Fidel fundó en 1959 está llegando al final del camino, y lo hace a oscuras, sin petróleo venezolano, sin azúcar propia, sin gente joven y sin margen de maniobra. La revolución que prometió luz eterna ahora vive contando las horas de apagón.

Y mientras los burócratas en La Habana hablan de “dignidad” y “resistencia”, la gente común hace cuentas más simples: cuántas horas hasta que vuelva la luz, cuándo llegará el próximo barco con comida, cuánto falta para poder irse.

Febrero de 2026 en Cuba: el año del centenario de Fidel se celebra en penumbras. Qué ironía tan jodida.

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