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Omara Portuondo y el final

Hay algo obsceno en ver caer a los titanes. Algo que nos devuelve la certeza brutal de que todos, absolutamente todos, vamos a perder esta batalla contra el tiempo. El 2 de octubre de 2024, en el Palau de la Música de Barcelona, Omara Portuondo subió al escenario por última vez. Tenía 94 años y la mirada perdida de quien ya no reconoce del todo dónde está parada. Intentó cantar «Lágrimas Negras», apenas pudo articular las primeras palabras. Se quedó ahí, sentada en su silla, mientras la Orquesta  tocaba con esa educación triste de los músicos que saben que están presenciando un naufragio. Al final, dos tipos tuvieron que cargarla para sacarla del escenario. Entre el público hubo quien protestó, y tenían razón: aquello no debió haber pasado.Al día siguiente, su hijo Ariel Jiménez anunció lo inevitable: Omara se retiraba. Para siempre. Se acabó. Fin de la función.

Y con ella se fue algo más grande que una voz. Se fue toda una época, todo un universo sonoro que ya no volverá. Porque Omara no era solo una cantante de esas que uno admira y ya. Omara era un archivo ambulante de un siglo entero de música cubana. Era la memoria viva de La Habana de los años 40, cuando todavía existían los cabarets con piso de estrellas bajo las palmas. Era el filin, ese movimiento que mezclaba el bolero con las armonías del jazz y que nació en las tertulias de madrugada entre tipos que querían hacer algo distinto. Era el Cuarteto d’Aida, esa máquina de precisión vocal que cambió para siempre lo que significaba cantar en grupo en Cuba. Y era, sobre todo, la prueba de que a veces el destino se escribe solo, sin que uno tenga mucho que decir al respecto.

La historia empieza como esas novelas que nadie se atrevería a escribir hoy porque sonarían a inverosímiles. Su madre, Esperanza Peláez, era de familia española, blanca, de esas que tenían dinero y apellido. Su padre, Bartolo Portuondo, era negro, jugaba béisbol en la selección nacional y era hijo de una mujer que había trabajado como empleada doméstica en la casa de los Peláez. En la Cuba de los años 20, eso era dinamita pura. Esperanza se enamoró, la familia la desheredó, se la llevó el demonio y ella se fue de todas formas. Fundó un hogar donde no había gramófono pero sobraba música. Los papás cantaban todo el tiempo. La trova tradicional, las canciones españolas, lo que fuera. Omara y su hermana Haydée crecieron en esa banda sonora perpetua.

El barrio era Cayo Hueso, en Centro Habana, que entonces —y ahora también— era un hervidero de afrocubanía. Rumbas en las esquinas, tambores en los solares, santería en cada cuadra. Omara salía a comprar pan y se quedaba horas viendo a los tipos tocar en cajones de madera. Se le olvidaba el recado, se le olvidaba todo. Ahí se formó, en la calle, que es donde se aprende el sabor y el tiempo, esas cosas que no enseña ningún conservatorio.

A los 15 años, Omara debutó como bailarina en el Tropicana. Fue de pura chiripa. Su hermana Haydée ya trabajaba ahí, y dos días antes de un estreno importante se les cayó una chica del cuerpo de baile. Haydée sugirió que probaran con su hermana menor. Omara era tan tímida que casi dice que no. Pero la mamá, que ya había roto todos los códigos posibles en su vida, le dijo que fuera. Y fue. Había memorizado los pasos viendo ensayar a Haydée, bailó, gustó, se quedó. Formó pareja con Rolando Espinosa y durante años fue eso: bailarina. Lo que casi nadie recuerda es que Omara sabía moverse en un escenario mucho antes de saber qué hacer con su voz.Pero la voz ya estaba ahí, esperando. A finales de los 40, mientras bailaba de noche, empezó a juntarse con un grupo de tipos que estaban inventando algo nuevo. Le decían el filin, del inglés «feeling», porque lo que buscaban era justamente eso: transmitir sentimiento, no solo técnica. Querían romper con el bolero dramático y operático de siempre. Metían armonías de Debussy, influencias del jazz, libertad en el fraseo. Eran César Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Frank Emilio Flynn, un pianista ciego que dirigía un grupo con el nombre perfecto: Loquibambia. Locura y ritmo. Omara se sumó con Haydée, y ahí encontró su identidad: una voz que no gritaba, que conversaba. Que no imponía, que seducía.Un locutor radial la bautizó en su primera transmisión como «la señorita Omara Brown, la novia del filin». El «Brown» era por lo negro, por el jazz, por la conexión con las grandes cantantes afroamericanas. El apodo se le quedó pegado como tatuaje.

En 1952, la pianista Aida Diestro armó un cuarteto vocal que iba a ser un parteaguas. Reclutó a Omara, a Haydée, a Elena Burke y a Moraima Secada. La idea era aplicar la sofisticación del jazz vocal —esos grupos gringos como The Pied Pipers— al repertorio cubano. Y funcionó. Cada una tenía su color: Moraima era la fuerza, Elena el sentimiento, Haydée la base, y Omara la que unía todo con ese timbre aterciopelado que tenía. Podía hacer las voces agudas o las graves, lo que hiciera falta.Omara se quedó en el cuarteto 15 años. Ahí se volvió profesional de verdad. Aida Diestro era estricta, casi militar. Te enseñaba que la música no era talento nomás, sino disciplina. Que la afinación era sagrada y que el ego individual no importaba si el conjunto sonaba mal. Esa escuela le sirvió a Omara para el resto de su vida.Las d’Aida viajaron, fueron a Estados Unidos, a América Latina. Trabajaron con Nat King Cole cuando el tipo iba a tocar al Tropicana. Ahí Omara entendió que no era una folclorista de barrio, sino una artista que podía pararse de igual a igual con cualquiera.

Ese año pasaron dos cosas enormes. Triunfó la Revolución Cubana y Omara sacó su primer disco solista: Magia Negra. No era un álbum de música tradicional. Era un experimento audaz: versiones en español de estándares de jazz como «That Old Black Magic» y «Caravan» de Duke Ellington. Omara cantando jazz de verdad, con fraseo elástico y una sensualidad desbordante. El título jugaba con el tema principal y con su propia identidad racial, reivindicando la negritud en un momento de redefinición nacional. Pero a pesar del disco, no dejó el cuarteto todavía. Tenía una lealtad a prueba de todo.

La década del 60 fue de polarización brutal. La Crisis de los Misiles, la radicalización del proceso revolucionario, el éxodo. Muchos artistas se fueron, incluyendo a Haydée, su hermana, su compañera de toda la vida. Omara se quedó frente a una decisión imposible: irse también o permanecer. Se quedó. En 1967, con el cuarteto ya desintegrado, emprendió su carrera solista en serio. Su motivación, según dijo después, fue llenar el vacío que habían dejado tantas voces que se habían marchado.

Lo que vino después fue una carrera prolífica pero invisible para el mundo occidental. Omara grabó decenas de discos, trabajó con la Orquesta Aragón, con Adalberto Álvarez, se metió en todos los géneros posibles: bolero, son, Nueva Trova. Su versión de «La era está pariendo un corazón» de Silvio Rodríguez es antológica. Le quitó el panfleto político y le puso humanidad, ternura maternal. La hizo accesible para gente que no aguantaba la trova militante.Se convirtió en la diva nacional, pero no de esas distantes. Era una mujer trabajadora, madre soltera, que criaba a su hijo Ariel mientras viajaba por toda Cuba en condiciones que no siempre eran las mejores. El público la adoraba porque veía en ella a alguien cercano. Una que cantaba sus alegrías y sus penas sin poses.Para el resto del mundo, Omara era un misterio o un recuerdo borroso.

En 1996 estaba en los estudios EGREM de La Habana grabando un disco propio, *Palabras*. Al mismo tiempo, en otro piso del edificio, Ry Cooder y Nick Gold estaban produciendo las sesiones del Buena Vista Social Club. Buscaban una voz femenina. Alguien les dijo que Omara andaba por ahí. Cooder la invitó. Sin ensayos, sin preparación, se sentó a grabar. Eligieron «Veinte Años», una habanera de María Teresa Vera que Omara conocía de memoria. La cantó a dúo con Compay Segundo. La química fue instantánea, mágica. Esa grabación, con la voz de Omara envuelta en la segunda voz de Compay, se convirtió en una de las joyas de la música latina.

Si el disco fue el detonante, el documental de Wim Wenders de 1999 fue el amplificador visual. Hay una escena que lo resume todo: Omara e Ibrahim Ferrer cantando «Silencio». Cuando llegan a la frase «si es que ellas no pueden, déjalas que lloren», Omara se quiebra y llora. Ibrahim le seca la lágrima con su pañuelo. Ese momento capturó lo que el Buena Vista era en realidad: no solo música excelente, sino historias de vida, amor y sufrimiento sublimados en arte.El álbum vendió más de 8 millones de copias. Ganó un Grammy. Desató una cubanomanía planetaria. Y Omara, a los 70 años, se convirtió en una estrella mundial.

A diferencia de otros miembros del Buena Vista, cuya salud o edad limitaban su proyección, Omara estaba en forma. Empezó a girar por el mundo: Carnegie Hall, Royal Albert Hall, Olympia de París. Sacó discos producidos con presupuestos de primer nivel. *Buena Vista Social Club Presents Omara Portuondo* en 2000, *Flor de Amor* en 2004, *Gracias* en 2008, este último con colaboraciones de Jorge Drexler, Pablo Milanés, Richard Bona y Chucho Valdés.En 2006, Cuba le dio el Premio Nacional de Música, el máximo honor cultural de la isla. En 2009, ganó el Grammy Latino al Mejor Álbum Tropical Contemporáneo por *Gracias*. Se convirtió en la artista más longeva en ganar en esa categoría. En 2019, los Reyes de España le entregaron la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes

Omara seguía grabando, seguía girando. En 2011 sacó un disco infantil, *Reír y Cantar*, y otro íntimo con Chucho Valdés. No paraba. Era la última superviviente activa del núcleo original del Buena Vista Social Club. La matriarca. La guardiana del legado.En 2023, a los 93 años, lanzó *Vida*. El título lo decía todo. Era un homenaje a su propia existencia, a la música que la había acompañado siempre. Incluyó duetos con Gaby Moreno, Natalia Lafourcade, Nathy Peluso. El álbum le dio otro Grammy Latino, esta vez en la categoría de Mejor Álbum Tropical Tradicional. A los 93 años, consolidó su récord como una de las ganadoras más longevas en la historia de los premios.

Anunció una gira mundial. «The Farewell Tour», la gira del adiós. Había dicho muchas veces que quería morir en el escenario. Pero el cuerpo tiene sus propias reglas. Hasta esa tarde en Barcelona…

Omara no era solo una cantante. Era el eslabón perdido que conectaba la era pre-revolucionaria con el presente. Era la prueba de que el filin no fue una moda, sino una condición del alma cubana. Era la mujer que se paró de igual a igual en un género dominado por hombres. Era la artista que redefinió lo que significa ser mayor en una industria que adora la juventud.Su voz, técnicamente una contralto, evolucionó con los años. En su juventud era ligera, ágil, brillante. En su madurez ganó cuerpo, se volvió más teatral. En su vejez se oscureció, se hizo áspera, profunda. Perdió agilidad pero ganó una expresividad devastadora. Su uso extremo del rubato —retrasar el tiempo, jugar con el fraseo— convertía cada canción en una confesión íntima.Omara se apropió de todo lo que cantó. No compuso casi nada, pero hacía suyas las canciones de los demás. «Veinte Años» de María Teresa Vera es su himno. «Dos Gardenias» de Isolina Carrillo también. «Lágrimas Negras». «La era está pariendo un corazón». Cada tema se volvía parte de su biografía.

Su legado es incalculable. Artistas como Ivette Cepeda, Gema Corredera, Daymé Arocena la reconocen como su maestra. Natalia Lafourcade ve en ella la esencia del folclore latinoamericano vivo. Nathy Peluso la venera. Y más allá de las influencias directas, Omara fue la embajadora cultural de Cuba, la cara amable que trascendió las diferencias políticas.Su retiro no es solo el fin de una carrera. Es el cierre de un ciclo histórico. Con ella se despide la última gran voz que resonó en los cabarets de La Habana de los 50, que cantó con Nat King Cole, que sobrevivió para contarle al mundo digital del siglo XXI cómo sonaba aquel universo perdido.

Su vida, marcada por el amor transgresor de sus padres, la disciplina de Aida Diestro y la casualidad afortunada de Ry Cooder, es un testimonio de resistencia. Demostró que el sentimiento no envejece, que la música es la única patria sin fronteras ni tiempo.

Ya no hay escenario. Pero queda la gardenia.

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