Hay palabras que envejecen peor que uno. Pensionado, por ejemplo.Uno la escucha y de inmediato aparece una imagen bastante injusta: señor con chaleco beige, periódico bajo el brazo, pantuflas, tiempo ilimitado y una relación peligrosamente cercana con las palomas del parque.
No importa si la persona corre cinco kilómetros, trabaja, emprende, viaja, se enamora, estudia mandarín o todavía tiene más proyectos que algunos de treinta. La sociedad escucha “pensionado” y mentalmente le entrega una mecedora.
Qué capacidad tan nuestra para jubilar a la gente antes que a sus obligaciones. Porque pensionarse debería ser exactamente lo contrario de desaparecer. Debería significar que, después de treinta o cuarenta años cumpliendo horarios, soportando jefes, reuniones que podían haber sido un correo y despertadores con vocación de verdugo, por fin uno recuperó algo que llevaba décadas hipotecando: el tiempo.Y resulta que cuando finalmente llega, nos da miedo. ¿Y ahora qué voy a hacer?
Esa pregunta dice muchísimo. Porque vivimos tantos años definiéndonos por lo que hacemos que el día que ya no tenemos que hacerlo obligatoriamente sentimos que nos quitaron la identidad. “Soy gerente.” “Soy profesor.” “Soy médico.” “Soy publicista.” Y un día alguien cambia todo eso por: “Soy pensionado.”Qué golpe para el ego. Como si la pensión no fuera una condición laboral sino una enfermedad degenerativa.
Además existe una ceremonia social bastante particular. Uno anuncia que se pensionó y la gente pone una expresión mezcla de felicitación y pésame. ¡Qué maravilla! Ahora sí a descansar. ¿Descansar de qué manera exactamente? Porque hay una diferencia enorme entre dejar de trabajar obligatoriamente y dejar de ser útil. Pero culturalmente mezclamos las dos cosas.
Durante décadas nos enseñaron que una persona valiosa es una persona ocupada. Cuantas más reuniones tenga, más importante parece. Si responde correos a las once de la noche, exitoso. Si no tiene tiempo para almorzar, imprescindible. Si se pensiona y el martes a las diez de la mañana está leyendo tranquilamente un libro, sospechoso. El capitalismo nos dejó una secuela curiosa: cuando por fin tenemos tiempo, sentimos culpa por usarlo.
Entonces aparece el pensionado reciente intentando demostrar que sigue vigente. Se levanta temprano aunque no tenga adónde ir. Se viste. Organiza papeles. Hace una diligencia. Va al banco. Regresa. Pregunta si alguien necesita algo.El hombre pasó cuarenta años soñando con no tener horario y ahora, cuando lo consigue, inventa uno. Eso sí es síndrome de Estocolmo laboral.
También está el terror de la pareja. Porque una cosa es amar a alguien durante treinta años y otra muy distinta tenerlo en la casa todo el día. Ahí la pensión deja de ser un asunto financiero y se vuelve un desafío matrimonial. ¿Qué haces? Nada. ¿Y por qué estás aquí? Porque vivo aquí. Nunca antes esa respuesta había sonado tan amenazante. La pareja llevaba décadas construyendo una convivencia basada en una maravillosa institución llamada “nos vemos en la noche”. De repente son las diez de la mañana y ahí está el pensionado, opinando sobre cómo se organiza la cocina. Eso sí puede acabar matrimonios.
Pero quizá el mayor problema sea que seguimos asociando pensión con vejez cuando hoy esa frontera es mucho más borrosa. Una persona puede llegar a los sesenta con energía, experiencia, contactos, conocimientos, curiosidad y, por primera vez en décadas, algo de tiempo para utilizarlos como le dé la gana. Eso no debería llamarse retiro. Debería llamarse segunda temporada.Y probablemente una bastante mejor producida, porque ya uno sabe qué personajes sacar del elenco.
Después de cierta edad hay cosas que uno pierde, claro. Algo de pelo. Algo de velocidad. Algo de paciencia. Pero también pierde algo maravilloso: las ganas de impresionar a todo el mundo. Y eso libera muchísimo tiempo. Quizá por eso la pensión puede ser una oportunidad extraordinaria para hacer todo aquello que uno aplazó mientras estaba ocupado siendo responsable. Montar el negocio. Escribir. Enseñar. Viajar. Crear. Hacer consultoría. Aprender algo. Trabajar menos y cobrar mejor. O incluso no hacer nada durante un tiempo, que después de cuarenta años madrugando debería estar reconocido como derecho fundamental.
El problema no es pensionarse. El problema es pensionarse de uno mismo. Aceptar el estereotipo. Empezar a hablar como si todo lo importante hubiera sucedido antes. Convertir cada conversación en “cuando yo trabajaba…”. Ahí sí estamos graves.Porque hay personas que se pensionan a los sesenta y siguen completamente vivas, y otras que se jubilaron mentalmente a los cuarenta pero todavía van a la oficina. La edad laboral y la edad vital no siempre coinciden.
Tal vez deberíamos dejar de preguntar: ¿Y qué vas a hacer ahora que te pensionaste? Como si hubiera ocurrido una desgracia que exige plan de contingencia. Y empezar a preguntar: ¿Qué quieres hacer ahora que puedes escoger? Porque ahí cambia todo.Pensionarse no debería ser la puerta de salida. Debería ser la primera vez en muchos años que uno puede elegir qué puerta abrir sin mirar el reloj.Así que no. Pensionado no significa viejo. No significa inútil. No significa acabado.Significa que por fin alguien consiguió ese privilegio extraño por el que pasó media vida trabajando: tener tiempo propio.
Y si después de cuarenta años de trabajo uno decide utilizar ese tiempo para viajar, emprender, escribir una novela, aprender guitarra o simplemente tomarse un café un martes a las diez de la mañana sin mirar el celular… que nadie lo juzgue. Se lo ganó.
Aunque, eso sí, si empieza a alimentar palomas en el parque con chaleco beige…ahí hablamos.



