Los que crecimos en los 80 tenemos una particularidad que quizá debería estudiarse científicamente: fuimos analógicos, nos volvimos digitales y ahora estamos tratando de no quedar archivados como formato incompatible.
No nacimos conectados. Nos conectaron después. Y eso cambia bastante las cosas. Nuestra infancia ocurrió en un mundo donde el teléfono tenía cable, el televisor tenía perillas, las fotografías se revelaban y uno podía perderse sin que una aplicación empezara a recalcular la ruta con tono pasivo, agresivo.
Para llamar a alguien había que saber el número. Si, de memoria. Ese concepto hoy parece magia negra. Uno sabía el teléfono de la casa, el de la novia, el de los amigos, el de la abuela y hasta el de la pizzería. Hoy me preguntan mi propio número y necesito revisar el celular. Eso sí es progreso cognitivo.
También crecimos entendiendo algo que las nuevas generaciones jamás conocerán: la paciencia tecnológica. Grabar una canción de la radio era una operación militar. Había que esperar. Escuchar. Tener el cassette listo. Apretar REC exactamente cuando empezaba la canción y rezar para que el locutor no hablara encima. Y siempre hablaba. Uno podía pasar tres horas intentando grabar una canción perfecta para que al final quedara: “…y ahora sí, queridos oyentes, este éxito de…” Pero esa canción se cuidaba. Porque costaba trabajo.Hoy cualquier persona tiene acceso instantáneo a toda la música producida en la historia de la humanidad y se aburre a los treinta segundos. Algo se perdió ahí.
Nosotros también vimos morir objetos enteros. El cassette. El VHS. El disquete. El fax. La agenda telefónica. La cámara fotográfica. El reloj despertador. La calculadora. Todos fueron absorbidos por un rectángulo negro que ahora cargamos en el bolsillo y al que consultamos hasta para saber si tenemos sueño.
El teléfono ganó. Se comió todo. Y nosotros ayudamos. Primero desconfiamos. Luego nos adaptamos. Después nos volvimos dependientes. Y ahora, si salimos de casa con 12% de batería, sentimos que estamos entrando a una zona de guerra. Eso fue rápido. Nuestra generación pasó por todas las etapas. Tuvimos teléfono de disco. Después de botones. Después inalámbrico. Después beeper. Después celular del tamaño de un ladrillo. Después uno pequeño. Después uno con tapa. Después uno con teclado. Y finalmente regresamos a uno grande. Décadas de innovación para terminar usando un teléfono casi del tamaño del primero. Maravilloso.
También aprendimos computación por trauma. El computador llegó a la casa como si fuera un electrodoméstico enviado por la NASA. Nadie entendía muy bien qué hacer con él.Había que introducir comandos. Guardar archivos. Ponerles nombres de máximo ocho caracteres. Y jamás apagarlo directamente porque algún adulto gritaba: ¡No lo apague así que lo daña! No sabíamos exactamente qué se dañaba. Pero uno obedecía.
Después apareció internet. Ese sonido del módem todavía vive en alguna zona traumática de nuestro cerebro. Uno se conectaba y quedaba bloqueado el teléfono de la casa. Internet o llamadas. Había que escoger. Y entonces gritaban desde la sala: ¡Desconéctese que estoy esperando una llamada! Hoy tenemos WiFi de alta velocidad, 5G, fibra óptica y aun así la página se demora dos segundos y uno empieza a tocar el celular con indignación. Qué rápido nos volvimos intolerantes.
Luego llegaron los correos. Los chats. Messenger. Facebook. Instagram. WhatsApp. TikTok. Y ahora la inteligencia artificial. Nuestra generación no tuvo una revolución tecnológica. Tuvo como doce. Y sobrevivimos. Con cicatrices, sí. Pero lo hicimos.
Eso debería darnos cierto orgullo. Somos la generación que aprendió a escribir cartas a mano y después terminó mandando audios de siete minutos porque le dio pereza escribir. La que revelaba rollos de 24 fotos y ahora toma 78 fotografías del mismo plato de comida. La que esperaba una semana para saber cómo había quedado una foto y ahora repite una selfie quince veces porque “esa no”. Nos adaptamos de maravilla. El problema es que la tecnología no piensa detenerse para felicitarnos. oUno termina de aprender una plataforma y ya la reemplazaron.
Finalmente entendemos Facebook y los jóvenes migran a Instagram. Aprende Instagram y aparecen TikTok. Entiende TikTok y ahora hay algo nuevo que supuestamente todos conocían menos uno. Es una persecución.
La tecnología nos trata como profesor impaciente: ¿Entendió? Más o menos. Perfecto. Tema nuevo. Y ahí vamos. Actualizando. Descargando. Aceptando términos y condiciones que jamás hemos leído y que probablemente ya entregaron legalmente nuestros órganos.
Porque esa es otra. Antes uno compraba algo y era suyo. Hoy todo necesita cuenta. El televisor pide contraseña. La nevera se conecta a internet. El carro se actualiza. La aspiradora tiene aplicación. Yo crecí viendo a mi mamá barrer perfectamente sin necesidad de conectar la escoba al Bluetooth.
Algo me dice que nos complicamos. Pero lo que verdaderamente confirma que nuestra generación está entrando en categoría de especie protegida es la relación con los jóvenes. Uno intenta explicar cómo era el mundo antes y ellos lo miran con esa cara con la que nosotros mirábamos a los abuelos cuando hablaban de la radio a válvulas. ¿Cómo así que no había internet? No. ¿Y cómo hablaban con sus amigos? Hablábamos. ¿Pero por dónde? Personalmente. Un minuto de silencio mientras su cerebro hace loading. Ahí ya parecemos cavernícolas.
Les cuentas que si alguien llegaba tarde uno simplemente esperaba porque no había manera de localizarlo. Eso les genera más angustia que una película de terror. ¿Y cómo sabían dónde estaba? No sabíamos. ¿Y qué hacían? Esperábamos.
La palabra “esperar” merece una explicación completa para ciertas generaciones. Y tampoco quiero convertirme en el señor que piensa que todo antes era mejor. No lo era. Internet es extraordinario. La medicina avanzó. La información se democratizó. Podemos hablar con alguien al otro lado del mundo gratis, trabajar desde cualquier parte y encontrar en cinco segundos una información que antes exigía biblioteca, enciclopedia y paciencia. Todo eso es fantástico. Lo que pasa es que nuestra generación tiene algo peculiar. Sabemos cómo era la vida antes y después. Conocimos el silencio antes de las notificaciones. La espera antes de Amazon. El aburrimiento antes del scroll infinito. La privacidad antes de las redes. Y esa perspectiva quizá sea nuestro pequeño superpoder. Pero también nuestra condena.
Porque podemos disfrutar la tecnología y al mismo tiempo sospechar de ella. Sabemos que no pasa nada si uno no contesta inmediatamente. Que una foto no necesita ser publicada para haber ocurrido. Que una conversación puede terminar sin enviar un emoji. Y que hubo un tiempo en que uno salía de la casa y simplemente estaba fuera de la casa. Eso sí era libertad. Hoy estamos permanentemente disponibles. Ubicables. Medibles. Conectados. Y si desaparecemos cuatro horas, alguien pregunta: ¿Todo bien? Sí. Estaba viviendo. Qué concepto raro.
Quizá por eso los de nuestra generación nos sentimos a veces como una especie en vía de extinción. No porque seamos incapaces de adaptarnos. Todo lo contrario. Nos adaptamos tanto que pasamos del cassette a ChatGPT sin derecho a descanso. Lo que pasa es que todavía conservamos algunos hábitos de una civilización anterior. Nos gusta llamar. Nos gusta hablar mirando a los ojos. Todavía imprimimos cosas que perfectamente podríamos leer en pantalla. Guardamos cables que no sirven para ningún aparato fabricado en los últimos quince años porque: “uno nunca sabe.” Y seguimos teniendo una caja llena de cargadores de teléfonos que ya no existen. Eso no es acumulación. Es patrimonio tecnológico.
Así que sí. Probablemente somos una especie en vía de extinción. Los últimos seres humanos que recuerdan un mundo completamente analógico y que, contra todo pronóstico, llegaron vivos al digital. No estuvo mal.Y aquí seguimos. Un poco cansados. Un poco confundidos. Pero operativos.Eso sí: como vuelvan a cambiar el cargador del celular… yo me bajo de esta evolución.



