Hay una frase que los jóvenes usan con una tranquilidad ofensiva cuando un hombre maduro intenta darles un consejo: “Es que usted es de otro tiempo.” Y lo dicen como si uno hubiera llegado en carreta.
No importa si el consejo tiene sentido. No importa si ya uno se equivocó exactamente de la manera que ellos están a punto de equivocarse. No importa si lo que uno está diciendo viene de treinta años de golpes, facturas, relaciones, trabajos, jefes, deudas y decisiones que parecían brillantes a los veinticinco y ridículas a los cuarenta.
Nada. “Es que ahora las cosas son diferentes.” Claro que son diferentes. También eran diferentes cuando pasamos del fax al correo, del teléfono fijo al celular, del VHS al streaming y de guardar plata debajo del colchón a perderla en una app con diseño minimalista. Pero hay cosas que cambian de forma y no de fondo.
El problema es que a cierta edad uno empieza a descubrir una verdad incómoda: la experiencia perdió prestigio. Antes uno buscaba a alguien mayor para preguntarle. Hoy muchas veces se busca en TikTok. Y ahí está uno, con décadas de experiencia, viendo cómo un muchacho de veintidós años escucha con atención a otro de veintitrés que acaba de grabar un video titulado: “Cinco claves para triunfar en la vida antes de los 25.” Maravilloso. Yo a los veinticinco apenas estaba aprendiendo a no llamar amor a cualquier desastre bien vestido.
Pero resulta que ahora la autoridad viene con aro de luz. Uno dice: No gastes todo lo que ganas. Y responden: Es que ahora hay que disfrutar. Uno dice: No renuncies sin tener algo listo. Es que nuestra generación prioriza la salud mental. Uno dice: No te metas en esa relación, hay señales. Es que tú no entiendes cómo son las relaciones hoy.Perfecto. Uno no entiende. El algoritmo sí.
Y ojo, tampoco quiero convertirme en ese señor insoportable que empieza todas las frases con: “En mis tiempos…” Porque esa frase es peligrosísima. “En mis tiempos la gente trabajaba.” “En mis tiempos sí había respeto.” “En mis tiempos la música era música.” Sí, también en nuestros tiempos fumaban dentro de los aviones, nadie usaba bloqueador y arreglábamos televisores dándoles un golpe por un costado.
No todo pasado merece museo. Los jóvenes tienen razón en algo: el mundo cambió. Cambió la manera de trabajar. Cambió la forma de amar. Cambió el dinero. Cambió la tecnología. Cambió la velocidad. Cambió hasta la forma de quedar en ridículo, que antes por lo menos tenía la decencia de no quedar grabada para siempre.
Pero que el mundo cambie no significa que la naturaleza humana haya recibido una actualización completa. La gente sigue enamorándose de quien no le conviene. Sigue gastando plata que no tiene. Sigue creyendo que puede improvisar eternamente. Sigue confundiendo confianza con arrogancia. Sigue pensando que los padres exageran hasta que un día tiene hijos y empieza a decir exactamente las mismas estupideces que juró que jamás diría.
Eso no lo arregló ninguna generación. Por eso a veces uno intenta advertir. No para impedirles vivir. Eso sería absurdo. Uno aprende viviendo. Lo que pasa es que da un poquito de ansiedad ver a alguien caminar con entusiasmo hacia una pared que uno ya conoce personalmente. Por ahí no. Déjame vivir mi proceso. Perfecto. Solo quería avisarte que el proceso termina contra la pared. Pero adelante. La pared también enseña.
Ese es quizá el gran problema del consejo: uno solo entiende ciertos consejos después de necesitarlos. Antes suenan a sermón. Después suenan a sabiduría. El padre dice: Cuida la plata. Fastidio. Veinte años después, uno mira la cuenta bancaria y piensa: “Viejo sabio.”
La mamá dice: No todo el mundo que sonríe es tu amigo. Exagerada. Años después uno descubre que algunos sonríen precisamente porque están esperando que uno se voltee.
Resulta que los viejos no eran profetas. Solo habían visto la película antes. Claro que también nosotros cometemos un error. A veces confundimos experiencia con infalibilidad. Y no. Cumplir años no convierte automáticamente a nadie en sabio. Hay gente que acumula experiencia y aprende. Y hay gente que simplemente repite el mismo error durante cuarenta años y le llama trayectoria.
Las canas certifican tiempo. No inteligencia. Eso también hay que aceptarlo. Pero existe una diferencia entre imponer y advertir. Uno ya no necesita que el joven haga exactamente lo que uno hizo. Todo lo contrario. Uno quisiera que se ahorrara algunas estupideces. No todas. Algunas son necesarias. Hay errores que construyen carácter. Y hay otros que solo construyen deuda. Sería bueno diferenciarlos.
Lo divertido es que el ciclo nunca termina. Hoy uno da un consejo y escucha: Es que usted es de otro tiempo. Y entonces recuerda que alguna vez dijo exactamente lo mismo. Tal vez no con esas palabras. Pero sí con esa mirada. Esa que decía: “Este viejo no entiende nada.” Hasta que pasan los años. Y un día aparece un muchacho explicándole a uno cómo funciona la vida con la seguridad maravillosa de quien todavía no ha tenido tiempo suficiente para equivocarse en serio. Y uno sonríe. Porque ya sabe cómo termina esa película. No le dice nada. Bueno, a veces sí. Pero si responde: Es que ahora las cosas son diferentes… Uno simplemente piensa: Sí, claro. Diferentes las aplicaciones. La estupidez sigue funcionando con el mismo sistema operativo.



