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Tú allá, yo acá

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Manolo Zota

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Manologos

Hay una edad en la que uno deja de soñar con “hacer todo juntos” y empieza a valorar profundamente una frase mucho más romántica: “Nos vemos mañana.” No porque falte amor. Al contrario. Porque después de cierta edad uno entiende que querer a alguien no necesariamente implica compartir baño, clóset, control remoto, temperatura del aire acondicionado y cada minuto libre hasta que la muerte o el cansancio decidan separarnos.

Existe otra posibilidad. Una bastante civilizada. Tú allá. Yo aquí. Y nos seguimos queriendo. Qué concepto tan moderno para gente que ya no está para tanta modernidad. Durante años nos vendieron una sola idea del amor serio: conocerse, enamorarse, mudarse juntos, mezclar muebles, discutir por quién dejó la luz prendida y finalmente convertir dos vidas completas en una sola operación logística.

Eso era “avanzar”.Si cada uno vivía en su casa, algo estaba mal. No había compromiso. No era serio. “No han dado el siguiente paso.” ¿Siguiente paso hacia dónde? ¿Hacia discutir por la esponja de lavar los platos? Porque convivir tiene cosas maravillosas, claro. La intimidad cotidiana, despertarse juntos, acompañarse, construir rutinas, cuidarse. Todo eso puede ser precioso.

Pero también tiene un pequeño detalle: la convivencia expone absolutamente todo. Y después de los cincuenta uno ya tiene demasiadas cosas que exponer. Mañas. Horarios. Silencios. Rituales. Maneras específicas de organizar la cocina. Una temperatura exacta para dormir. Una relación emocional con cierto lado de la cama. Y objetos que nadie más entiende por qué siguen ahí.

A los veinte uno se adapta. A los cincuenta uno negocia. Porque ya no llega a la relación como terreno baldío. Llega amoblado. Con cuadros colgados. Con armarios llenos. Con rutinas. Con cicatrices. Y con una firme convicción de que esa taza va exactamente en ese lugar.

Entonces aparece esta nueva forma de pareja que a muchos les parece extraña: cada uno en su casa. Qué escándalo. ¿Cómo así que son pareja y no viven juntos? Perfectamente. Nos queremos, nos vemos, compartimos, viajamos, dormimos juntos cuando queremos, discutimos lo necesario y después cada quien regresa a su territorio soberano.

Eso no es falta de compromiso. Eso es geopolítica afectiva. Dos países aliados. Tratado de libre comercio emocional. Fronteras abiertas. Pero cada uno con su constitución. Y funciona. Porque uno descubre que extrañar un poquito también ayuda. Que hay una diferencia enorme entre querer ver a alguien y verlo porque está sentado permanentemente a dos metros. La distancia corta recupera algo que la convivencia a veces asesina lentamente: las ganas.

Uno se prepara para verse. Se arregla. Tiene cosas que contar. Llega con una historia. Con una intención. No simplemente aparece en la cocina preguntando dónde está el cargador.

También hay una cosa maravillosa: uno puede tener un mal día sin convertirlo inmediatamente en un proyecto de pareja. Si está cansado: Hoy me quedo en casa. Listo. No hay que explicar por qué está callado, por qué mira televisión, por qué no quiere hablar ni resolver emocionalmente nada a las diez de la noche. Uno simplemente se queda solo. Un lujo. Porque la soledad después de cierta edad tampoco es enemiga. A veces es spa emocional. Silencio. Control remoto propio. Cama completa. Nadie preguntando: ¿Estás dormido? Sí. Hasta hace tres segundos.

También desaparecen guerras históricas. El control es mío. Ese asunto podría haber evitado miles de divorcios. Entonces cada cual duerme en su ecosistema y al día siguiente comentamos la serie que vimos sin resentimientos. Eso fortalece muchísimo cualquier relación.

También está el baño. Creo firmemente que muchas relaciones mejorarían si el amor no tuviera que convivir con ciertos procesos biológicos. Hay misterios que deberían seguir siendo misterios. La intimidad está sobrevalorada cuando incluye absolutamente todo. Uno puede querer profundamente a alguien sin necesidad de conocer la totalidad de su rutina gastrointestinal. Eso también es romanticismo.

Claro que este modelo tiene críticos. Siempre aparece alguien diciendo: Pero así nunca construyen nada. ¿Nada? Construimos una relación. Lo que no estamos construyendo es una pelea por quién dejó platos en el lavaplatos. No es lo mismo.

Otros dicen: Eso es porque tienen miedo al compromiso. Puede ser. O tal vez ya nos comprometimos suficientes veces con cosas que no necesitaban tanto compromiso. Después de cierta edad uno entiende que el amor no debería medirse por cantidad de metros cuadrados compartidos. Hay parejas que viven juntas y llevan años sin encontrarse. Y hay otras que duermen en casas distintas y están profundamente presentes. La dirección postal no garantiza intimidad.

También hay algo sano en conservar identidad. Tus amigos. Mis amigos. Tus planes. Mis planes. Nuestros planes. Tres categorías. Qué revolución. Porque algunas relaciones tienen la curiosa costumbre de convertir el “nosotros” en una aspiradora que se come los dos “yo”. Uno empieza enamorado y seis meses después ya no sabe cuándo fue la última vez que hizo algo solo sin tener que informar ubicación, hora estimada de regreso y motivo de la actividad.

“Tú allá, yo aquí” propone otra cosa. Estar juntos sin estar pegados. Elegirse sin vigilarse. Extrañarse sin abandonarse. Acompañarse sin invadirse. Y quizá eso solo se aprende después de haber vivido lo contrario.

Cuando uno es joven cree que amar es querer estar con alguien todo el tiempo. Después descubre que también es poder estar separado sin sentir que algo se está rompiendo. Eso requiere una seguridad que a veces llega tarde. Pero llega.

Tal vez el amor maduro no necesite fusionarse. Necesita espacio. No distancia emocional. Espacio. Un lugar propio desde donde uno pueda seguir siendo uno y no solamente la mitad administrativa de una pareja.

Por eso, si algún día alguien me pregunta cómo imagino una relación ideal a esta edad, probablemente no voy a decir: “Dos corazones que laten como uno.” Muy bonito. Muy canción. Yo diría algo más práctico: dos corazones, dos llaves. Eso sí me empieza

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