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El tiempo no perdona ni los rostros ni las voces, pero hay excepciones. Silvio Rodríguez Domínguez, nacido en San Antonio de los Baños hace 77 años, es una de esas raras criaturas que parecen haber firmado un pacto con la eternidad. Su voz, ligeramente quebrada por los años pero aún capaz de traspasar el alma, sigue siendo el vehículo de una poesía que no se rinde ante los embates del tiempo.

Era 1962 cuando un joven de apenas 16 años comenzó a trabajar como dibujante en el semanario Mella. Allí, entre trazos y palabras, Silvio no solo entabló amistad con figuras como Víctor Casaus y Luis Rogelio Nogueras, sino que compuso su primera canción: «El rock de los fantasmas». Fue también en esa época cuando conoció a Lázaro Fundora, quien le enseñó a tocar la guitarra, ese instrumento que se convertiría en su confesonario más íntimo.

Pero el joven Silvio no se conformaba con una sola disciplina artística. Estudiaba pintura en el Conservatorio San Alejandro y tomaba clases de piano, como si presintiera que necesitaría todas las herramientas posibles para construir el universo que llevaba dentro. Sus primeros poemas habían llegado a los siete años, cuando la mayoría de los niños apenas saben escribir sus nombres.

El movimiento Nueva Trova Cubana, surgido hacia fines del año 1967 y comienzos de 1968, fue uno de los más importantes dentro de la Nueva Canción Latinoamericana, y Silvio fue uno de sus arquitectos principales. Junto a Pablo Milanés, Noel Nicola y Vicente Feliú, transformó la canción en un arma de doble filo: capaz de acariciar y de herir, de consolar y de despertar conciencias.

No era música para bailar, sino para pensar. No eran canciones para el olvido, sino para la memoria. La Nueva Trova escapaba de las banalidades del amor romántico para concentrarse en el socialismo, la injusticia, el racismo y el colonialismo. Era, en esencia, una revolución estética que corrió paralela a la revolución política.

A sus 77 años, Silvio Rodríguez sigue siendo un hombre de preguntas. Su más reciente álbum, «Quería saber», publicado el 7 de junio del año 2024, es prueba de ello. Un conjunto de canciones que ha ido mostrando en los barrios más humildes de su país, como si hubiera encontrado en la pobreza el espejo más honesto para sus inquietudes.

Su nuevo disco incluye 11 canciones escritas entre 2019 y 2023, algunas de las cuales muestran su descontento por el rumbo que está tomando su país. Porque Silvio Rodríguez es esa rara especie de artista que puede ser, simultáneamente, un crítico y un acérrimo defensor del régimen cubano.

Su discografía es un mapa de la sensibilidad latinoamericana: desde «Días y flores» (1975) hasta «Quería saber» (2024), cada álbum ha sido un capítulo en la crónica de un continente que busca su identidad entre la esperanza y la desilusión. Canciones como «Ojalá», «La Maza», «Unicornio» y «Playa Girón» no son solo melodías, sino himnos de una generación que creyó en la posibilidad de cambiar el mundo.

Sus letras han sido traducidas a múltiples idiomas, pero algo se pierde siempre en la traducción. Porque Silvio Rodríguez no solo canta en español, sino en el dialecto secreto de los soñadores, en el idioma íntimo de quienes se niegan a aceptar que el mundo es inmutable.

En 2024, cuando las revoluciones parecen cosa del pasado y los utopistas son considerados anacronismos, Silvio Rodríguez sigue siendo una voz incómoda. Su pensamiento, plasmado en frases como «Solo el amor convierte en milagro el barro» o «Yo he preferido hablar de cosas imposibles porque de lo posible se sabe demasiado», representa una resistencia poética ante la pragmática del desencanto.

Su blog «Segunda Cita» y su web oficial «Zurrón del Aprendiz» son ventanas a un universo que se niega a claudicar. A los 77 años, Silvio sigue siendo el muchacho que dibujaba mientras soñaba, el joven que cambió el lápiz por la guitarra, el hombre que convirtió la canción en un instrumento de transformación social.

«Sólo espero que el futuro de Cuba no quede en el bolsillo del Gobierno norteamericano», declaró recientemente, recordándonos que su mirada siempre ha sido geopolítica, continental, universal. Porque Silvio Rodríguez nunca ha cantado solo para Cuba, sino para todos los países que alguna vez creyeron en la posibilidad de ser diferentes.

En un mundo que parece haber perdido la capacidad de sorprenderse, Silvio Rodríguez sigue siendo un cronista de los imposibles, un trovador que se niega a aceptar que la poesía no puede cambiar el mundo. Su voz, algo quebrada pero infinitamente vital, continúa preguntando lo que otros han dejado de preguntar, soñando lo que otros han dejado de soñar.

Porque al final, como él mismo escribió una vez, «si el saber no es un derecho, seguro será un izquierdo». Y en esa frase, como en toda su obra, está contenida la esencia de un hombre que ha hecho de la canción una forma de resistencia, de la poesía una manera de vivir, y de la esperanza una disciplina cotidiana.

En tiempos de respuestas fáciles, Silvio Rodríguez sigue siendo el hombre de las preguntas difíciles. Y quizás sea precisamente por eso que su música permanece, imperturbable, como un faro en medio de la tormenta

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