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Sororidad, un pacto entre mujeres

No fue hasta diciembre de 2018 que la Real Academia Española se dignó a reconocer una palabra que llevaba casi un siglo dando vueltas por ahí. «Sororidad» finalmente entró al diccionario oficial, pero su historia es mucho más rebelde de lo que sugiere ese sello institucional.

Todo empezó con Miguel de Unamuno, que en 1921 se puso filosófico en la revista argentina Caras y Caretas. El escritor vasco se dio cuenta de algo bastante obvio pero que nadie había verbalizado: si existe la fraternidad para los hombres, ¿por qué no hay una palabra equivalente para las mujeres? Así nació «sororidad», del latín “soror” (hermana), en un artículo que tituló con cierta ironía: «Sororidad. Ángeles y abejas».

Pero la cosa no se quedó en una curiosidad etimológica. Unamuno ya intuía algo que el feminismo después convertiría en bandera: «una hermana no es un hermano», escribió, igual que «matria no es patria». Era más que un juego de palabras; era reconocer que los vínculos entre mujeres tenían su propia naturaleza, distinta a la camaradería masculina.

El término se quedó dormido en los libros durante décadas, hasta que llegó Marcela Lagarde y le puso los dientes que le faltaban. La antropóloga mexicana no solo rescató la palabra del olvido académico, sino que la convirtió en algo mucho más peligroso: un «pacto político entre mujeres».

Para Lagarde, que había liderado batallas legislativas contra el feminicidio, la sororidad no era cosa de amigas tomándose selfies con frases motivacionales. Era supervivencia. Una «alianza ética y política» para desmantelar el patriarcado, donde «una mujer avanza, avanzamos todas». Ni más ni menos que la estrategia para romper esa vieja trampa que había enfrentado a las mujeres entre sí durante siglos.

Porque ahí está el quid del asunto. El patriarcado siempre tuvo claro que dividir era vencer, y qué mejor forma de mantener a las mujeres bajo control que haciéndolas competir por las migajas. El famoso «síndrome de la abeja reina», donde solo una podía llegar a la cima y las demás debían conformarse con ser sus enemigas naturales.La sororidad vino a joder esa lógica. Propuso algo revolucionario: ver en otra mujer no a una rival, sino a un «espejo» o una «compañera de lucha». Un cambio de chip que sonaba sencillo pero que implicaba reescribir los códigos emocionales más profundos.Hoy la sororidad se manifiesta en mil formas: desde la mentoría profesional hasta defender a una colega cuando la ningunean en una reunión, desde impulsar negocios liderados por mujeres hasta organizarse para que las madres trabajadoras no se mueran en el intento. Son gestos que parecen pequeños pero que, sumados, construyen una red de apoyo capaz de mover montañas.

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. Las críticas han llegado desde varios frentes. El riesgo, dicen, está en romantizar el concepto hasta convertirlo en una «hermandad» universal que ignore las diferencias de raza, clase social y otras formas de opresión. Una sororidad que solo beneficie a las mujeres privilegiadas termina siendo otro mecanismo de exclusión.Y tienen razón. La verdadera sororidad no puede ser un pacto de «no pasa nada, todas somos hermanas» que ignore cuando una mujer reproduce patrones patriarcales. Como bien señala la experta Margarita Mantilla, la sororidad también implica poner límites y confrontar con honestidad cuando es necesario.

El futuro del concepto depende de su capacidad para evolucionar sin perder el filo. Porque la sororidad que vale la pena no es la que pinta un mundo rosa donde todas las mujeres son buenas por naturaleza, sino la que reconoce que desmantelar el patriarcado es un trabajo sucio que requiere alianzas inteligentes, crítica constante y, sobre todo, la valentía de dejar de ser enemigas por decreto.

Al final, tal vez eso sea lo más subversivo de todo: convertir en aliadas a quienes el sistema diseñó como rivales. Un truco simple que ha tardado siglos en perfeccionarse y que todavía está en construcción.

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