Hay algo profundamente irónico en que un profesor de primaria de Wallsend terminara vendiendo su catálogo musical por trescientos millones de dólares. Pero así funciona la vida de Gordon Sumner, mejor conocido como Sting, un tipo que lleva más de cinco décadas demostrando que la sofisticación y el éxito comercial no tienen por qué pelearse en un callejón oscuro.
La historia empieza, como tantas buenas historias británicas, con un apodo ridículo. Resulta que Sumner tenía un suéter a rayas amarillas y negras que usaba religiosamente cuando tocaba con Phoenix Jazzmen, una banda de jazz local que probablemente nadie recuerda. Alguien pensó que parecía una avispa y le soltó «Sting». El aguijón. Y al muchacho le gustó tanto que decidió quedarse con eso para siempre, dejando su nombre de pila para los documentos oficiales y las maestras de primaria que lo conocieron cuando daba clases en Cramlington entre 1974 y 1976.
Porque sí, antes de convertirse en un ícono global, este señor enseñaba a niños de primaria. Había estudiado para profesor después de un brevísimo paso por la Universidad de Warwick, graduándose del Northern Counties Teachers Training College en 1974. Pero incluso mientras conjugaba verbos frente a pizarrones, Sting seguía tocando en clubes nocturnos, alimentando una obsesión musical que venía arrastrando desde la adolescencia.
Y esa obsesión tenía un sabor particular: el jazz. Mientras sus contemporáneos del punk escupían acordes de tres notas con furia adolescente, Sumner estaba estudiando a Thelonious Monk y John Coltrane, tratando de descifrar sus armonías imposibles y su libertad estructural. Esa dualidad —pop accesible por un lado, complejidad intelectual por el otro— terminaría siendo su superpoder.
The Police: cuando tres tipos decidieron reinventar el rock
En 1977, Sting se largó a Londres y formó The Police con el baterista Stewart Copeland y, eventualmente, el guitarrista Andy Summers. Lo que vino después fue una mezcla alucinante de new wave, reggae y punk que nadie había escuchado antes. El rol de Sting como bajista fue crucial: sus líneas melódicas, influenciadas por el reggae, le daban a la banda ese groove distintivo que los separaba de cualquier otra cosa que sonara en la radio.
El trío arrasó. Reggatta de Blanc en 1979 les dio su primer Grammy. Zenyatta Mondatta en 1980 consolidó su estatus. Y luego llegó Synchronicity en 1983, el disco que los catapultó a la estratósfera con «Every Breath You Take», una canción que todo el mundo malinterpretó como romántica cuando en realidad era un himno inquietante sobre la obsesión.
En los Grammy de 1984, The Police ganó dos premios, pero lo realmente importante fue que Sting se llevó el de Canción del Año por «Every Breath You Take». Ese detalle no es menor: significaba que él era el dueño de los derechos de autor, que los royalties irían directo a su bolsillo. Y vaya que fueron royalties. Esa canción se convirtió en una de las mayores máquinas de hacer dinero en la historia del rock, reproduciéndose hasta el cansancio en radio, cine, televisión, comerciales y bodas mal planeadas.
Y entonces, en plena cúspide del éxito, la banda se disolvió. En 1984. Justo cuando podían haber ordeñado la vaca hasta secarla. Pero esa decisión, vista con perspectiva, fue brillante. No diluyeron su legado con discos mediocres. No cayeron en la trampa de la autocaricatura. Se fueron en el momento perfecto, dejando un catálogo impoluto y eternamente rentable.
Después de The Police, Sting hizo lo que muchos rockeros temen hacer: abrazar públicamente sus verdaderas influencias. Su primer disco solista, The Dream of the Blue Turtles en 1985, estaba plagado de músicos de jazz de primer nivel. Fue su manera de decir: «Ya terminé de fingir que solo me gusta el rock».
Y funcionó. El disco fue nominado a Álbum del Año en los Grammy de 1986. Lo que siguió fue una carrera que desafió cualquier clasificación fácil. …Nothing Like the Sun en 1987. The Soul Cages en 1991, que ganó un Grammy por Mejor Canción de Rock. Ten Summoner’s Tales en 1993, que arrasó con múltiples premios, incluyendo Mejor Interpretación Pop Vocal Masculina por «If I Ever Lose My Faith in You».
Sting no se quedó en su zona de confort. Grabó un disco de música renacentista con laúd (Songs From The Labyrinth, 2006). Hizo un álbum navideño (If On A Winter’s Night…, 2009). Creó un musical sobre su ciudad natal (The Last Ship), que sigue presentándose en teatros de Europa. El tipo simplemente no puede quedarse quieto.
También actuó. Veinticinco créditos en cine y televisión. Desde Quadrophenia y Dune hasta apariciones en The Simpsons y Only Murders in the Building. Porque, ¿por qué no?
Aquí es donde la historia se pone jugosa. En febrero de 2022, Sting vendió todo su catálogo —derechos de autor, derechos de grabación, todo lo de The Police y todo lo suyo como solista— a Universal Music Publishing Group. El precio: entre 250 y 300 millones de dólares, dependiendo de qué fuente consultes.Tiene sentido. «Every Breath You Take» por sí sola es una mina de oro perpetua. Se sigue licenciando para todo. Y el resto del catálogo de Sting es tan diverso —pop, jazz, rock, bandas sonoras— que funciona en mil contextos diferentes. Es el sueño de cualquier compañía musical: un activo de bajo riesgo y alto rendimiento que genera ingresos mientras duermes.
Hablemos de números, porque son ridículos. Diecisiete Grammys. Treinta y ocho nominaciones. Cuatro nominaciones al Oscar por Mejor Canción Original (aunque nunca ganó). Un Globo de Oro por «Until» de Kate & Leopold en 2002.
Pero más allá de los premios de la industria, están los honores académicos. Doctorados honorarios en Música de la Universidad de Northumbria, Berklee College of Music, la Universidad de Newcastle y la Universidad de Brown. Esos títulos no se los dan a cualquiera. Son el reconocimiento de que su trabajo trasciende el entretenimiento y entra en el territorio del arte serio, digno de estudio académico.
El activista accidental que se tomó el trabajo en serio
Y luego está la Rainforest Foundation, que Sting y su esposa Trudie Styler fundaron en 1990. Más de treinta años después, sigue operando, protegiendo selvas tropicales y defendiendo los derechos de pueblos indígenas en la Amazonía, Centroamérica y México.
Este no fue un proyecto de relaciones públicas de seis meses. Fue un compromiso real, de décadas, que incluyó trabajar directamente con líderes como el Jefe Raoni Metuktire del pueblo Kayapo en Brasil. Ese nivel de constancia es raro en el mundo de las celebridades, donde el activismo suele ser más performativo que sustantivo.
Y ese compromiso ha tenido efectos secundarios inesperados. La marca Sting se asocia con integridad, responsabilidad social, calidad. Eso no solo atrae respeto; facilita negociaciones, acuerdos comerciales, contratos de sincronización. El valor intangible de ser percibido como genuino tiene efectos muy tangibles en los libros de contabilidad.
La carrera de Sting es una clase magistral sobre cómo construir un legado duradero. Primero, dominó su oficio, estudiando jazz cuando sus contemporáneos apenas sabían tocar power chords. Segundo, supo cuándo irse, disolviendo The Police en su apogeo en lugar de exprimir la franquicia hasta matarla. Tercero, siguió reinventándose sin perder su identidad esencial. Cuarto, mantuvo el control de sus derechos de autor, lo que le permitió monetizar su trabajo décadas después por una fortuna.
Y quinto, entendió que ser artista no significa ser pobre. Ser sofisticado no significa despreciar el éxito comercial. Puedes hacer música compleja, intelectualmente estimulante, y aún así llenar estadios y vender trescientos millones de dólares en derechos.
Al final, ese suéter a rayas amarillas y negras resultó ser profético. Sting realmente tiene aguijón. Y lo usó con precisión quirúrgica durante cincuenta años, construyendo un imperio musical que seguirá pagando dividendos mucho después de que todos nos hayamos ido.