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Tocado por la educación

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Gabriel Lievano

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Relatos de Koco

La vida se teje con una suma de grandes y pequeñas circunstancias que, casi sin darnos cuenta, van delineando nuestro destino. Sin embargo, son las pequeñas, aquellas que parecen insignificantes, las que terminan marcándonos con mayor profundidad, porque son las que nos forman en silencio, nos fortalecen el alma y dan sentido a nuestros pasos. Las grandes, en cambio, suelen ser apenas el reflejo maduro de esas primeras huellas que dejamos y compartimos a lo largo del camino.

Estudié Arquitectura, carrera que, con el tiempo, dio paso a la fotografía y a la publicidad, disciplinas que transformaron mi manera de observar el mundo y de comprender la belleza escondida en las cosas simples. No obstante, lo que verdaderamente partió mi existencia en dos, fue descubrir la docencia, allá por 1982, un encuentro inesperado que terminó convirtiéndose en el gran amor de mi vida profesional y humana, y que encontró su más emotivo cierre el año pasado.

Enseñar desde el afecto

En el siglo pasado, las aulas eran pequeños universos donde el docente reinaba como un faro de conocimiento. Con voz firme y tiránica transmitíamos saberes en un flujo unidireccional, en el que la memorización era la principal estrategia de aprendizaje. Dentro de aquellas cuatro paredes, el profesor era guía, pero también guardián de un modelo que, aunque sólido, rígido y disciplinado, dejaba poco espacio para la creatividad, la sensibilidad y el pensamiento crítico. Eran tiempos de aulas silenciosas, donde las mentes jóvenes absorbían información, pero pocas veces se atrevían a cuestionarla.

Hoy, en cambio, la educación respira de otra manera: más humana, más cercana y profundamente centrada en el estudiante. Las aulas dejaron de ser “jaulas” del conocimiento para convertirse en espacios de encuentro, diálogo y descubrimiento. Además, la revolución digital derribó fronteras, y el saber comenzó a viajar libremente en la palma de nuestras manos, accesible desde cualquier rincón del planeta. Internet no solo democratizó la información; también despertó una inmensa curiosidad colectiva y nos recordó que aprender puede ser una aventura maravillosa.

Como educador, aprendí a asumir un rol distinto y profundamente enriquecedor. Dejé de sentirme dueño del saber para convertirme en un compañero de viaje, alguien que acompaña, escucha y aprende junto a sus estudiantes. Así, intenté sembrar en ellos no solo conocimientos, sino también sensibilidad, pensamiento crítico, empatía, resiliencia, respeto y tolerancia; virtudes indispensables en un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa. Y, sinceramente, pocas alegrías se comparan con la de ver a un estudiante descubrir su voz, vencer sus miedos y comenzar a creer en sí mismo.

Asimismo, la tecnología, esa poderosa aliada, llenó nuestras aulas de nuevos colores y posibilidades. Las plataformas digitales, las herramientas interactivas y los recursos personalizados transformaron el aprendizaje en una experiencia más viva y dinámica. Sin embargo, quienes hemos amado profundamente la docencia sabemos que la tecnología es apenas el pincel; el verdadero arte siempre estará en la manera en que logramos tocar el corazón de nuestros estudiantes, inspirarlos y hacerles sentir que son capaces de transformar su propia historia.

Comparar ambos siglos es como contemplar un río que ha cambiado su cauce. El siglo XX nos dejó raíces firmes: el acceso al conocimiento, las estructuras educativas y los primeros pasos hacia una educación más universal. Sin embargo, su rigidez no siempre permitió que los estudiantes desplegaran plenamente sus alas. Este siglo, en cambio, se parece más a un cielo abierto: un modelo educativo que celebra la diversidad, escucha a cada estudiante y entiende que educar también significa aprender de ellos, dejarse transformar por sus preguntas, sus sueños y sus maneras de mirar el mundo.

Para mí, enseñar terminó convirtiéndose en un diálogo permanente con la vida, en una manera de crecer junto a otros y en una confirmación diaria de que educar es, en esencia, un acto de amor. Es el eco imborrable de las horas compartidas, de las risas en el aula, de las dificultades superadas juntos y de la emoción silenciosa que deja saber que, tal vez, uno pudo aportar una pequeña luz en el camino de alguien.

Finalmente, profesor Barreto —a quien tanto debo y tanto extraño desde mis épocas del Virrey Solís—, usted me repetía constantemente: “Liévano, la letra con sangre entra”. Hoy, después de toda una vida dedicada a enseñar, puedo contradecirlo con serenidad y con la experiencia que dan los años, para afirmar que la letra, cuando entra con afecto, comprensión y humanidad, permanece para siempre en el corazón.

Este relato está dedicado, ante todo, a la innumerable cantidad de estudiantes que, a lo largo de tantos años, me concedieron el privilegio de acompañarlos en su formación y que, muchas veces sin saberlo, también terminaron siendo mis más grandes maestros.A todos ellos, por siempre, gracias.

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