Dicen que los ricos también lloran, pero lo que pasa con los hinchas de Millonarios ya está pasando la raya. El equipo se volvió una máquina de hacer plata, pero de fútbol, nada de nada.
Hay algo profundamente simbólico en ese gesto de quitarse los zapatos y lanzarlos a la cancha. No es solo rabia, que también lo es. Es una forma de decir: «póngase en mis zapatos, literalmente, y sienta lo que yo siento». Los hinchas de Millonarios lo hicieron el 21 de agosto de 2025 tras la derrota con Unión Magdalena, y ese acto quedará como una de esas imágenes que dicen más que mil editoriales indignados. David González fue despedido esa misma noche.
Y es que Millonarios no es un equipo cualquiera. Es el equipo que en 1952 le ganó 4-2 al Real Madrid en su propia casa, cuando todavía se llamaba estadio Chamartín y no tenía el aura intocable que vendría después. Di Stéfano metió dos goles esa tarde, y Santiago Bernabéu quedó tan impresionado que no paró hasta ficharlo. Ese era Millonarios: el club que exportaba crack a Europa, no al revés.
La historia pesa. Y cuando uno tiene una historia así, el presente duele más. Alfonso Senior Quevedo fundó este proyecto en 1946 porque quería algo grande, algo que trascendiera. Y lo logró. Durante «El Dorado», entre 1949 y 1953, Millonarios fue literalmente el mejor equipo del mundo. No es hipérbole ni nostalgia: la prensa española los llamó el «Ballet Azul» porque jugaban con una elegancia que parecía coreografiada. Pedernera, Di Stéfano, Rossi… nombres que todavía resuenan.
Pero claro, toda luz proyecta sombras. Y las sombras de Millonarios han sido densas. En los ochenta, Gonzalo Rodríguez Gacha, «El Mexicano», se convirtió en el mecenas del club cuando este estaba en bancarrota. Con dinero del Cartel de Medellín, Millonarios recuperó el brillo y ganó el bicampeonato del 87 y 88. Arnoldo Iguarán era la estrella, pero el dinero venía de donde venía. Y eso es algo que el club nunca terminó de digerir. En 2012, el presidente Felipe Gaitán propuso devolver esos títulos como gesto de reconciliación. Los exjugadores y la hinchada lo rechazaron de plano.
Luego vino el calvario administrativo. Juan Carlos López dejó al club con una deuda de 37,000 millones de pesos en 2010. Millonarios tuvo que acogerse a la Ley 550 para no desaparecer. Hasta el autobús de los jugadores fue embargado. Imagínese: el club del «Ballet Azul» sin cómo llevar a sus futbolistas al estadio.
La salvación llegó en 2011, cuando más de 5,000 hinchas se inscribieron como accionistas y refundaron al equipo como sociedad anónima. Fue un acto de fe colectiva. Y funcionó, al menos en lo administrativo. Las cuentas se ordenaron. En 2012 llegó el título 14, rompiendo una sequía de 24 años. Luego vinieron el 15 en 2017 y el 16 en 2023. Alberto Gamero, que había sido campeón como jugador en el 88, cerró el círculo como técnico campeón.
Pero Gamero renunció el último día de 2024. Dijo que no merecía ser maltratado ni insultado. Y es cierto: el samario se fue hostigado por las redes, por los mensajes, por la presión insoportable de una hinchada que exige más. Porque para el hincha de Millonarios, tres títulos en cinco años no son suficientes cuando la historia te dice que sos el club de Di Stéfano, el que humilló al Madrid en Madrid.
Entonces llegó David González en 2025. Duró hasta agosto, cuando los zapatos cayeron sobre el césped de El Campín. Hernán Torres lo reemplazó con la promesa de enderezar el rumbo. Trajo refuerzos, armó un proyecto, habló de solidez defensiva. Pero el fútbol es terco: el 25 de enero de 2026, Junior le ganó 2-1 en El Campín, rompiendo una racha de nueve años sin perder en casa contra el cuadro barranquillero. Torres fue despedido.Apenas 18 partidos, un rendimiento del 45%, y afuera.
Tres técnicos en poco más de un año. Gamero, González, Torres. Todos con ideas distintas, todos con finales parecidos. Mientras tanto, la junta directiva de Gustavo Serpa y Enrique Camacho exhibe números: 17,000 millones de pesos en utilidades al cierre de 2024, abonos vendidos como pan caliente gracias al «efecto Falcao», cuentas sanas. Pero las cuentas sanas no ganan partidos.
Y acá está la tensión: ¿qué es más importante, los balances o los títulos? Para los accionistas, la respuesta es obvia. Para los hinchas, también, pero en sentido contrario. El modelo funcionó para sacar al club del abismo, pero ahora ese mismo modelo parece insuficiente para devolverlo a la cima.
Porque trajeron a Falcao, claro. Renovaron al Tigre para 2026, lo pusieron como el gran símbolo del regreso. Lo acompañaron con Darwin Quintero, 38 años, el cerebro ofensivo que debía hacer la diferencia. Rodrigo Ureña, Guillermo de Amores, Rodrigo Contreras. Una nómina de veteranos con trayectoria, con kilómetros en las piernas, con jerarquía sobre el papel. Pero el papel aguanta todo.
Ahora la junta evalúa nombres, perfiles, currículums. Otro técnico más para intentar armar lo que tres anteriores no pudieron. Y mientras tanto, la hinchada sigue pintando las paredes de Bogotá con «inviertan o vendan». Los cánticos de «que no quede uno solo» resuenan en El Campín cada vez con más fuerza.
Porque cuando uno es Millonarios, cuando carga con 16 estrellas de liga y con el recuerdo del «Ballet Azul», el simple hecho de existir no basta. Hay que ganar, hay que deslumbrar, hay que volver a ser ese equipo que exportaba leyendas a Europa. Y mientras eso no pase, los zapatos seguirán cayendo sobre el pasto.La historia pesa. Y ese peso, a veces, es insoportable.
