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El amor no acaba. Sólo cambia de lugar

La ciudad

La vida en movimiento: La polución, los niños que corren, los carros que pasan, la lluvia que moja, los miedos que atan, los ladrones que azotan, la luna que alumbra, el sol que quema, el olor a marihuana, las montañas que enmarcan, las esquinas que enfrentan, la hora pico que aturde. La ciudad mirándose al espejo. Y preguntándose, sin respuesta, quién es.

Hay días en que la ciudad parece un funcionario de provincia: cumple con su deber sin alegría ni tristeza, simplemente porque así debe ser. Los transeúntes pasan rozándose los hombros sin mirarse, como si cada uno cargara una pequeña desgracia privada que no merece ser compartida.

Ella

Apareció de la nada para convertirse en casi todo: La brisa que alivia, la risa que llena, la caricia que sana, la palabra que enseña, las piernas que ciegan, el sexo que excita, el silencio que truena, la generosidad que ofrece, la mano que da, el ejemplo que enseña, la ausencia que pesa. Y esa forma suya de quedarse, aunque se vaya.

Tenía esa cualidad extraña de las personas que uno conoce por azar: parecía haber estado siempre ahí, esperando en alguna esquina de la vida. Era especialmente hermosa y había en ella algo que hacía que los demás olvidaran sus propias preocupaciones cuando estaba presente. Tal vez era su risa, o tal vez simplemente el hecho de que escuchaba de verdad, algo tan raro en la ciudad.

El

Morir de vida: La imaginación que vuela, la ternura que calma, la mano que cura, el miedo que traba, Dios, la rabia que ofusca, la entrega sin miedo, la palabra que habita, la memoria que enlaza, el perdón que cura, la terquedad que insiste, el cuerpo cansado, la duda que empuja. Respirar. Equivocarse. Seguir.

Era de esos hombres comunes que pueblan los bares y  cafés, sin nada extraordinario salvo, quizás, cierta propensión a soñar despierto mientras los demás hablaban de cosas prácticas. Había aprendido a callarse sus pensamientos, porque en la ciudad nadie tiene tiempo para las divagaciones de un contador de historias que lee poesía mientras pasa Transmilenio.

El encuentro

Todo caos tiene un orden: La fricción, el choque, la chispa, la vida, la risa, el sexo, el orden, el pacto, la promesa, la duda, el titubeo, la entrega, la fe, los sueños, el dilema, el cambio, la alegría, el gozo, la dicha, la aceptación, la exploración, el tanteo. Y en medio, ellos, intentando vivir sin romperlo todo, de la risa a la ropa, de la ropa a la cama, de la cama a los sudores, de los sudores al gemido y de los gemidos al cansancio.

Se encontraron un martes, ese día sin importancia que la gente usa para recuperarse del lunes. Ninguno de los dos buscaba nada en particular, lo que tal vez explica por qué se encontraron. Hablaron de tonterías primero, luego de cosas importantes, y finalmente descubrieron que esa distinción carecía de sentido. Al principio, les parecía milagroso que dos personas pudieran entenderse tan bien. Después comprendieron que el verdadero milagro sería que eso durara.

El amor

No importa lo sobrios. No importa lo ebrios: La vida, la entrega, la paz, la guerra, los sueños, la escucha, la unión, el delirio, el pacto, la alianza, el deseo, la fuerza, lo frágil, la savia. El amor, esa forma seria de saltar al vacío. La oruga dando vida a una mariposa en tecnicolor.

Durante un tiempo, fueron felices de ese modo particular en que son felices quienes todavía no saben que la felicidad es una visitante, no una inquilina. Él dejó de leer en el sofá, para mirarla dormir en las mañanas. Ella dejó de preguntarse quién era, porque alguien finalmente parecía saberlo. Construyeron esa pequeña república privada que construyen todos los amantes, con sus leyes propias y su idioma secreto, sin sospechar que toda república termina o bien en rutina o bien en revolución

La ruptura

No era el silencio. Era el espacio. La risa evaporada, la palabra muda, la razón que no entiende, los egos, la rabia, el dolor y los resentimientos, la falta de ganas, la ausencia de abrigo, la queja por todo, el ramalazo y la molestia, la promesa de un adiós definitivo, el café frío en la mesa, el tormento de dormir separados en la misma cama.El mejor motivo para irse es no tener ninguna para quedarse. Ya no hay gritos, ni peleas, pero ahora todo está más triste, porque la soledad no solicitada siempre termina en lágrima.

Nadie podría decir exactamente cuándo comenzó. Tal vez fue un martes también, para completar el círculo. Las cosas que antes los unían ahora los separaban con la precisión de un cuchillo bien afilado. Se dijeron cosas terribles con la mayor cortesía, como si la educación pudiera disimular el naufragio. Y una noche, sin aspavientos ni drama, simplemente dejaron de intentarlo. Hay derrotas que se parecen al alivio, pero que duelen más que las victorias.

Epílogo

Las calles siguen ahí, indiferentes. Los semáforos cambian de color para ninguno. El asfalto guarda huellas de pasos que tal vez no volverán nunca a cruzarse. Uno se va. El otro se queda. Pero ambos se pierden. La ciudad no perdona. No consuela. Apenas testifica. A veces, en las tardes, cuando el sol cae sobre las montañas y la ciudad parece por un momento menos hostil, ambos piensan en lo mismo sin saberlo: que tal vez el amor no termina, sino que simplemente se cansa de buscarnos.

Y el ramito de nomeolvides creciendo en medio de un camino destapado y polvoriento…

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