Tarde me había dado cuenta que la felicidad extrema iba a ser el presagio de la desolación y las tormentas. Meses antes estaba muy feliz, tanto como nunca lo estuve en toda mi vida. Creí tenerlo todo. Un hogar, un trabajo, un proyecto. Y un día de pronto, todo empezó a caer en espiral. Hacia dos semanas que no me levantaba de un sillón café en la sala de mi casa. Comía poco y miraba al techo todo el día. Ni siquiera oraba. Una idea me daba vueltas en la cabeza. El mareo. Había resuelto morirme. La tristeza era mi única compañía. Lala, había decidido irse. Las personas con las que yo trabajaba, a las que había formado, me dieron un golpe que nunca vi venir. El proyecto de un libro que creí tener asegurado, se esfumó en un hechizo extraño. Fue golpe tras golpe en seguidilla. Solamente pensaba en mis hijas.
Ah, la sombra… Se había vuelto una compañera familiar, especialmente en los momentos en que el silencio se hacía más profundo y la idea de la nada parecía, paradójicamente, una invitación. Estaba danzado peligrosamente cerca del borde, mirando hacia ese abismo donde toda sombra tendía a disolverse.
¿Culpa de qué, exactamente? En un universo que a menudo se sentía indiferente, donde el sinsentido acechaba en cada esquina, ¿qué significaba realmente ser culpable? Quizás, la culpa residía en la conciencia de mi propia libertad. La libertad de elegir, incluso la de no seguir existiendo. Y si esa libertad me había llevado a contemplar el final, ¿era eso una falta? ¿Hacia quién? ¿Hacia mí mismo, por no encontrar la manera de seguir adelante? ¿Hacia otros, por el dolor que mi ausencia podría causar? Estaba en dos lugares al mismo tiempo: el de la tristeza digna, que se lloraba con silencio y el de la depresión cruda, que rumiaba sin palabras. Era Lala, era mi soledad, era mi vida, era la desilusión. Era yo. Era todo. Era nada. No había culpables. No había victimarios. Ni siquiera víctimas. Solamente yo que no tenía ganas, ni motivos, ni intenciones de vivir.
Ese día saqué fuerzas del algún lado y sin bañarme ni comer, tomé un Transmilenio rumbo al centro. Sabía qué comprar y qué decir. Fue fácil. Deambulé por las calles de San Victorino con una bolsa negra llenita de una sustancia peligrosa muy potente. Era como andar con una granada a la que se le ha quitado el estopín.
De vuelta, almorcé donde mi hermana Clara porque de alguna forma me quería despedir. A mis hijas les había escrito mil mensajes pero todos los borraba. Ninguno serviría de consuelo. A Lala igual. Había sido muy feliz a su lado. De regreso a casa, guardé el paquete en el fondo de un closet. Sabía que debía esperar hasta el sábado para hacerle un poco más fácil las cosas a Manuela, porque Clara, mi ex esposa, ese día regresaría de un viaje.
Esa madrugada no pude dormir. A las dos de la mañana y de la nada, sentí muchas ganas de llorar. Lloré y lloré tal vez dos horas. De alguna manera sentí la presencia de Dios, del Dios en el que creo y esa mañana muy temprano llamé a Eduardo, mi mejor amigo. Se asustó, pero tuvo el cariño suficiente para sostenerme. Y luego Manolo. Y luego Gabito. Y luego Juanchito y luego todos. Tomé un respiro, pero en el fondo sabía que algo no andaba bien. Dos días después estaba al frente de la Clínica la Inmaculada. Gente con batas blancas, preguntas que no sabía responder.” ¿Desde cuándo te sientes así?» No sé. «¿Qué lo desencadenó?» Todo y nada. ¿Cómo explicar que me estaba ahogando en mi propia cabeza, que cada pensamiento era una piedra que me hundía más? Tener la razón no lo cura. No locura. Depresión por tristeza profunda, me dijeron.
Ha pasado un año ya y solamente me han pasado cosas buenas. Soy un tipo con suerte. El pasado no puedo desdibujarlo, pero el presente es un lienzo en blanco donde puedo elegir mis pinceladas con más cuidado. Asumo la responsabilidad de mis errores, aprendo de ellos y me esfuerzo por actuar con mayor sabiduría en cada nuevo instante. El perdón, se ha revelado como un bálsamo necesario para aligerar esta carga. La gratitud por lo vivido. Quizás la clave ha estado en aceptar mi humanidad, con sus luces y sus sombras y en seguir adelante, buscando siempre la manera de dejar una huella más luminosa en el mundo. Nunca fue Lala, nunca fue el trabajo, nunca fue el mundo. Siempre fui yo.
Tal vez es más fácil agradecer que estar pidiendo, porque el que espera desespera. Y eso no tiene, pero. Las oportunidades pasan, pero el guevón es uno. Y yo, el primero. Por dormido, por ciego, por vacío, por soberbio. Se me acaba el tiempo y por eso me pasé de la esperanza a los milagros, pero para eso necesito estar despierto, lo que no significa no soñar, porque la emoción trae consigo la adrenalina de intentar hacer posible lo imposible, de meter cinco elefantes en un carro de dos puertas, de renacer de entre los muertos y buscar entre las piedras un ciempiés en bicicleta. La razón en cambio, es irnos a vivir en un iglú, olvidarnos que el corazón es el que manda y el que al final termina decidiendola felicidad o la tristeza. Sanar duele y da culillo porque la sabiduría es una tortuga. No renuncio, porque la resignación adormece y mata. Y lloro, porque llorar es la esperanza. En todas las casas de mi cuadra, hay luz. En la mía, una velita. Tal vez todo lo que ha pasado tiene un motivo, una razón de ser.
Debía pasar para poder sanar. Gracias, gracias, porque me he muerto tantas veces que tal vez perdí la cuenta y he renacido tantas otras, que tal vez no se me note.