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Hay periodistas que informan. Hay periodistas que opinan. Y luego está Yamid Amat, que hizo las dos cosas al mismo tiempo durante más de cuarenta años sin que nadie pudiera ignorarlo. Nacido en Tunja el 2 de diciembre de 1941, Amat no es una figura del periodismo colombiano: es una época entera condensada en una voz, una manera de preguntar y una capacidad poco común para estar en todas partes sin perder relevancia.

Lo primero que hizo fue un periódico mural a los diecisiete años. Lo llamó El Pollo. Nadie recuerda qué decía ese periódico, pero el gesto era claro: Amat no quería solo escribir, quería dirigir. Y desde entonces no paró.

Antes de la televisión, Amat se formó en los lugares donde la noticia no espera: fue jefe de redacción del vespertino El Espacio y de la agencia EFE, pasó por Caracol radio y por TV Sucesos. En esos años aprendió algo que luego trasladaría a todo lo que tocó: la velocidad no es un defecto, es una herramienta. Las noticias de agencia no admiten rodeos. La radio exige síntesis.

Yamid Amat fue el arquitecto de una transformación radical en la radio colombiana al crear e implementar el formato «»6AM 9AM». Esta innovación, que surgió de su creatividad periodística, rompió con los esquemas tradicionales de los noticieros al integrar en un solo espacio una variedad de contenidos: información, entrevistas, análisis político, opinión, humor y variedades. El propio Amat diseñó hasta el anuncio publicitario que se publicó en periódicos para presentar la primera emisión, demostrando su compromiso total con la construcción de esta nueva propuesta radial que revolucionaría el periodismo matutino del país.

Bajo su dirección, «6AM 9AM» se convirtió en un referente obligado del periodismo colombiano, especialmente durante la cobertura de eventos históricos que marcaron la década de los ochenta.El legado de Yamid Amat en «6AM 9AM» se extendió hasta 1991, cuando su salida abrupta en enero de ese año coincidió con la invasión estadounidense a Irak. Durante su liderazgo, Amat logró imponer un modelo radial que, según veteranos periodistas, transformó la forma de hacer radio en Colombia

Amat tomó esa urgencia, esa impaciencia profesional, y la llevó a la televisión en 1992, cuando fundó CM&.CM& no fue solo un noticiero. Fue una escuela. Todos aprendieron bajo la misma filosofía: la primicia es sagrada, la pregunta no se negocia, y el entrevistado no tiene derecho a divagar.Amat desarrolló un formato de entrevista que se volvió su sello: Pregunta Yamid. La premisa es simple y brutal: preguntas sin pedir explicaciones, respuestas sin dar explicaciones. Nada de contextos, nada de justificaciones. Solo posiciones claras, confesiones arrancadas a punta de concisión.

Pero si hay un momento que define la carrera de Amat, es su papel en el Proceso 8000. En 1994, Colombia se enteró de que la campaña de Ernesto Samper había recibido dinero del Cartel de Cali. Los narcocasetes circulaban, el país entero se preguntaba lo mismo: ¿sabía el presidente o no sabía?

Amat consiguió la entrevista. Y formuló la pregunta directa: «¿Sabía o no sabía el presidente Samper del ingreso de sumas muy importantes del cartel de Cali a su campaña?». La respuesta fue devastadora: «Tengo que responder que sí sabía. Es la verdad. Sí sabía. Y eso me parece que es un hecho central».

Esa declaración, transmitida por CM&, escaló la crisis a niveles insospechados. No fue solo una primicia periodística. Fue un acto de poder. Amat demostró que un noticiero podía hacer temblar al ejecutivo, que la pregunta correcta en el momento correcto valía más que cualquier editorial.

Lo que hace a Amat distinto no es solo su capacidad para obtener primicias. Es su habilidad para mantener relevancia sin depender de una sola plataforma. En 1998 dejó CM& para dirigir Caracol Noticias. En 2002 volvió a CM&, pero también empezó su columna en El Tiempo, que escribió hasta este año.

Amat nunca fue un outsider. Fue un crítico feroz, sí, pero desde dentro del establishment. Un periodista que confrontó al poder sin dejar de ser parte del sistema.Esa tensión lo define. No es un rebelde. Es un vigilante aceptado. Alguien que el poder tolera —y hasta celebra— porque entiende que su existencia es necesaria para la estabilidad democrática.

 

 

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