La primera vez que Ramón Salcedo vio el nombre de Liliana Cuervo en el grupo de WhatsApp del edificio, fue para leerle una advertencia. Eran las siete de la mañana de un martes sin méritos, y el mensaje decía, con una claridad que Ramón reconoció inmediatamente como la de alguien acostumbrado a no ser escuchado:





