Hay una escena que se repite en todas las sobremesas del mundo: alguien habla, el otro asiente, y sin embargo nadie se está escuchando. Los ojos miran, la cabeza se mueve en el ángulo correcto, pero detrás de esa fachada de atención hay una mente ocupadísima preparando su turno, afilando la réplica, esperando el hueco






