Hay algo profundamente injusto en que un hombre que amó los libros más que nadie haya terminado ciego. Borges lo sabía, claro. Y en lugar de quejarse, escribió un poema donde Dios aparece como un tipo con un humor bastante retorcido: te regalo una biblioteca nacional entera justo cuando ya no puedes leer ni el lomo de los tomos. “Magnífica ironía”, le llamó. Uno casi puede imaginarlo sonriendo mientras dictaba esos versos, porque si algo tenía Jorge Luis Borges era esa capacidad de convertir la tragedia en literatura y la literatura en algo parecido a la venganza.
Nació en Buenos Aires en 1899,pero él no salía mucho de su casa. Prefería quedarse encerrado leyendo Las mil y una noches en inglés antes que cualquier otra cosa, porque su abuela era inglesa y su padre un intelectual frustrado que le heredó dos cosas: una biblioteca descomunal y una ceguera progresiva. Borges siempre dijo que lo más importante de su vida fue esa biblioteca. Uno lee eso y piensa: qué tristeza. Pero después lee sus cuentos y entiende que no, que en realidad tuvo más suerte que la mayoría.
Su vida fue rara desde el principio. Se sentía culpable por no ser como sus antepasados maternos, esos militares argentinos que se jugaban el pellejo en batallas con nombres épicos. Él era miope, enfermizo, un ratón de biblioteca. Y eso lo atormentaba. Por eso escribió tantos cuentos sobre cuchilleros y compadritos: intentaba rescatar ese coraje que sentía que no tenía. En “El Sur”, su personaje más autobiográfico termina aceptando un duelo a cuchillo aunque sabe que va a morir. Es su manera de decir: bueno, al menos en la ficción puedo ser valiente.
Lo mandaron a Europa en 1914 por un problema en los ojos de su padre, y justo estalló la Primera Guerra Mundial. Se quedaron atrapados en Ginebra. Ahí aprendió alemán a lo bruto para poder leer a Schopenhauer, un filósofo pesimista que creía que la vida era básicamente sufrimiento y que el mundo era una alucinación. Eso le encantó. Borges se pasó el resto de su vida escribiendo cuentos donde la realidad es un sueño, el tiempo no existe y todos somos la misma persona disfrazada.
Después vivió en España y se metió en un movimiento poético llamado ultraísmo que básicamente consistía en escribir metáforas raras y eliminar todo lo demás. Años más tarde renegó de eso y hasta destruyó sus primeros libros, pero le sirvió para aprender a escribir con precisión quirúrgica. Cuando volvió a Buenos Aires en 1921, publicó Fervor de Buenos Aires, un libro de poemas sobre calles, patios y atardeceres que no describen la ciudad real sino una Buenos Aires inventada, casi mágica.
Pero los cuentos llegaron después de una tragedia. En 1938 su padre murió y él tuvo que trabajar en una biblioteca municipal de mierda para sobrevivir. Poco después se dio un golpe en la cabeza subiendo unas escaleras, se le infectó la herida y casi se muere de septicemia. Cuando se recuperó, tenía miedo de haber perdido la cabeza. Entonces escribió “Pierre Menard, autor del Quijote”, un cuento absurdo sobre un francés que intenta reescribir el Quijote palabra por palabra, no copiándolo sino llegando a él desde cero. Es genial porque plantea algo que ahora parece obvio pero en 1939 era revolucionario: que leer es crear tanto como escribir.
Después de eso no paró. Publicó Ficciones en 1944 y ahí está todo: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, donde un mundo imaginado por una sociedad secreta empieza a invadir la realidad; “La Biblioteca de Babel”, un universo-biblioteca infinito donde están todos los libros posibles pero casi todos son basura; “El jardín de senderos que se bifurcan”, donde el tiempo se ramifica en miles de futuros simultáneos y tu antepasado chino resulta que inventó la teoría del multiverso antes que los físicos cuánticos.
Borges no era filósofo, pero leía filosofía como si fuera ciencia ficción. En El Aleph, su otro libro fundamental, hay un punto en el sótano de una casa donde se puede ver todo el universo al mismo tiempo. El problema es que el lenguaje es consecutivo, una palabra detrás de otra, entonces es imposible describir algo simultáneo. Borges lo intenta con una lista interminable y poética: “vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América…”. También está “El inmortal”, donde un romano descubre que la vida eterna es una maldición porque sin muerte nada tiene valor, y “La escritura del Dios”, donde un sacerdote maya alcanza la iluminación total y decide no usar su poder porque ya no le importa.
Cuando la ceguera se volvió definitiva en los años cincuenta, lo nombraron director de la Biblioteca Nacional. Ahí está esa ironía de Dios otra vez. Dejó de escribir cuentos complejos porque no podía corregirlos visualmente. Todo lo dictaba. Volvió a la poesía clásica, a los sonetos con rima, porque las formas métricas le servían para memorizar. Escribió El hacedor, un libro donde habla de Homero, el otro poeta ciego, y donde se pregunta quién es realmente: si el Borges que escribe o el Borges que vive.
Su cara política fue un desastre. Odiaba a Perón con toda el alma, lo veía como un fascista de opereta. El gobierno peronista lo humilló nombrándolo “inspector de aves y conejos” en los mercados. Borges renunció y se convirtió en un símbolo antiperonista. Pero su odio al populismo y al comunismo lo llevó a apoyar dictaduras militares en Argentina y Chile. Elogió a Pinochet en público. Eso le costó el Nobel, que estuvo a punto de ganar varias veces pero los académicos suecos no le perdonaron su ceguera política. Después, cuando conoció la magnitud de las desapariciones, se retractó y recibió a las Madres de Plaza de Mayo. Pero el daño ya estaba hecho.
A pesar de eso, recibió todos los premios imaginables menos el Nobel. El Formentor en 1961 lo lanzó a la fama mundial, compartiéndolo con Samuel Beckett. La reina Isabel II lo nombró caballero. Francia le dio la Legión de Honor. Doctorados de Oxford, Harvard, la Sorbona. El Cervantes. Todo.
Su influencia es imposible de medir. García Márquez y Cortázar admitieron que Borges les enseñó que un latinoamericano podía escribir sobre cualquier cosa sin pedir permiso. Michel Foucault empezó Las palabras y las cosas citando una enciclopedia china inventada por Borges. Baudrillard usó su fábula del mapa del tamaño del imperio para hablar del simulacro. Los físicos citan “El jardín de senderos que se bifurcan” cuando explican la teoría de los universos paralelos. Los informáticos ven en “La biblioteca de Babel” una profecía de internet.
Se casó al final de su vida con María Kodama, una exalumna japonesa mucho más joven que él. Ella lo llevó a Japón, Egipto, Islandia. Cuando supo que se moría de cáncer, se fue a Ginebra para evitar el circo mediático de Buenos Aires. Murió ahí en 1986, en la ciudad donde había aprendido alemán setenta años antes. Su tumba tiene inscripciones en anglosajón antiguo.
Lo que Borges dejó no son solo cuentos perfectos. Es una manera de ver el mundo. Nos enseñó que la realidad es sospechosa, que el tiempo es una invención humana, que todos los libros hablan del mismo libro, que leer es tan importante como escribir. En un mundo de fake news, algoritmos e inteligencia artificial, vivimos en el universo que él imaginó desde una biblioteca municipal en los años cuarenta.
Como él dijo: que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído. Esa frase resume todo: Borges convirtió la lectura en la forma más alta de inteligencia. Y de valentía también, porque hace falta coraje para aceptar que el universo es un laberinto sin centro y que lo único que podemos hacer es seguir leyendo.



