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Así funcionan las bodegas

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Había una vez en que “bodega” significaba ese lugar donde guardabas cosas viejas. Hoy, en Colombia, la palabra da miedo. Las bodegas ya no almacenan objetos, sino que fabrican odio, mentiras y consensos artificiales. Y lo hacen tan bien que uno ya no sabe qué es real y qué es montaje en las redes sociales.

La cosa es así de brutal: según el Oxford Internet Institute, 81 países tienen operaciones organizadas para manipular las redes. No es que un tipo aburrido se ponga a tuitear desde su casa. Esto es industria. Gente que cobra por mentir, software que automatiza el veneno, y estructuras piramidales que harían sonrojar a cualquier multinivel.

En 1985, el senador estadounidense Lloyd Bentsen se dio cuenta de que algo olía mal. Le llegaban cartas y cartas de “ciudadanos preocupados” que, casualmente, repetían los mismos argumentos de las aseguradoras. Bentsen, que era tejano y sabía de pastos, lo dijo clarito: “Un tejano puede notar la diferencia entre el pasto de raíz y el Astroturf”.

Esa frase bautizó el fenómeno: astroturfing, la simulación de apoyo popular. Lo que antes requería cartas y llamadas, ahora se hace con bots, cuentas falsas y operadores pagados que manejan decenas de perfiles como si fueran marionetas.

Si hay que buscar culpables de haber perfeccionado esto hasta convertirlo en arte macabro, hay que mirar hacia San Petersburgo. Allá, la Agencia de Investigación de Internet —vinculada al oligarca Yevgeny Prigozhin— montó lo que los rusos llaman “la fábrica de troles”.

No era un grupito de hackers en un sótano. Era una corporación con recursos humanos, turnos de 24 horas y cuotas de productividad. Los empleados, con el eufemismo de “especialistas en redes”, manejaban cientos de cuentas falsas para polarizar a los rusos y, de paso, meter ruido en las elecciones gringas de 2016. El objetivo no era tanto apoyar a un candidato, sino reventar las divisiones que ya existían: raza, inmigración, armas. Echarle gasolina al fuego.

Pero en América Latina también tenemos nuestros pioneros. Y aquí es donde aparece Andrés Sepúlveda, el hacker colombiano que se convirtió en leyenda oscura de la manipulación digital. Sepúlveda no era un aficionado. El tipo montó lo que llamó la operación “Andrómeda”: interceptaba comunicaciones de los negociadores de paz en La Habana, compraba información a la inteligencia militar, instalaba malware y administraba miles de cuentas automatizadas. Su especialidad era crear narrativas de terror. Ese candidato va a convertir el país en Venezuela. Ese otro es amigo de las FARC.

Trabajó en campañas presidenciales en Colombia, México y otros países. Y lo hizo todo desde una oficina en Bogotá, con servidores y café. Cuando confesó ante la Fiscalía, el mundo descubrió que una elección podía desestabilizarse desde un escritorio. Sepúlveda fusionó el hacking técnico con el trolling psicológico, y esa mezcla explosiva se convirtió en el manual de las bodegas modernas.

Las bodegas no son improvisadas. Tienen una estructura militar que daría envidia a cualquier empresa bien organizada.En la cúspide, los estrategas. Esos no tuitean. Diseñan la narrativa, deciden quién es el enemigo del día y lanzan el hashtag que hay que posicionar.En el medio, los administradores. Son los que operan los grupos de WhatsApp o Telegram donde distribuyen el material: memes, videos, consignas. Su trabajo es coordinar para que todos publiquen al mismo tiempo y engañar al algoritmo de tendencias.Abajo, los bodegueros. Gente real que maneja varias cuentas. Pueden ser militantes fanáticos o contratistas que cobran por hacer esto. Su valor está en que pueden interactuar como humanos: responder insultos, hacer memes con contexto, mantener discusiones que un bot no podría sostener.Y en el sótano, los bots. Software puro que infla las métricas: retuits, likes, comentarios. Dan la ilusión de que todo el mundo está de acuerdo con algo.

Pero lo más perturbador son las granjas de clics. Imagínese un cuarto lleno de estantes con cientos de celulares reales, todos conectados a internet, todos dando likes y viendo videos al mismo tiempo.

¿Por qué usan teléfonos reales y no simplemente servidores? Porque las plataformas como Facebook o Twitter detectan cuando el tráfico viene de centros de datos. Pero si viene de tarjetas SIM reales, con conexiones 4G que rotan direcciones IP como si fueran personas moviéndose por la ciudad, es casi imposible de detectar.

Estas granjas se usan para inflar la popularidad de políticos, simular descargas de apps o cometer fraude publicitario. Y se venden en el mercado negro como si fueran papas.

La táctica más terrorífica es lo que llaman el “ataque de enjambre”. Funciona así: Un político con muchos seguidores cita el tuit de un periodista crítico y le pone un término estigmatizante. “Prensa vendida”. “Muñecas de la mafia”. “Prensa Mossad”.Esa es la señal. Los administradores de la bodega la captan y ordenan el ataque en sus grupos privados.En minutos, el periodista recibe miles de notificaciones. Insultos, memes crueles, amenazas. El objetivo es el colapso psicológico. Que la persona se calle. Que se autocensure.Y lo peor: el algoritmo detecta toda esa interacción y amplifica el contenido de odio. Se lo muestra a usuarios que no tienen nada que ver, y esos usuarios, al ver tanto ruido, piensan que hay un “consenso social” de que ese periodista es basura.

Así funciona. Así matan reputaciones.Este país es un caso de estudio porque el conflicto armado se trasladó intacto a Twitter. Las narrativas de guerra, los enemigos absolutos, la política como campo de batalla. Todo eso encontró en las redes un nuevo teatro de operaciones.Y hay una diferencia interesante entre las bodegas de derecha y de izquierda.

Las bodegas uribistas son verticales, disciplinadas, militares. El mensaje es homogéneo. Históricamente han usado más automatización y bots. Mucha plata invertida en simular volumen. Sus narrativas giran en torno al orden, la autoridad, la “seguridad democrática”. Y su táctica favorita es vincular al enemigo con el comunismo o el terrorismo.

Las bodegas petristas son más horizontales, fragmentadas. Hay múltiples nodos de poder. Se apoyan mucho en la militancia orgánica: gente real que tuitea por convicción, aunque también hay coordinación. Sus narrativas son de cambio, anti-establishment. Atacan denunciando corrupción y vínculos paramilitares. Y usan términos como “prensa vendida” o “mafias”.

Pero al final, ambos lados hacen lo mismo: estigmatizan, manipulan emociones, simplifican la realidad. Eliminan el centro político. Convierten todo en guerra.Esto mueve plata. Mucha plata, aunque sea opaca.Los estrategas de alto nivel facturan cientos de miles de dólares por “asesoría”. Pero el “proletariado digital” gana miserias. Muchos cobran por paquetes de tuits o tienen contratos estatales de bajo monto que se renuevan cada dos meses.

Gustavo Bolívar denunció públicamente que existe un mercado mercenario de influenciadores. Gente que un día apoya una causa y al siguiente la ataca porque otra facción les pagó más. Y como no hay regulación sobre publicidad política pagada en redes, nadie sabe quién cobra ni cuánto.

Globalmente, las noticias falsas le cuestan a la economía mundial 78 mil millones de dólares al año. Y las marcas legítimas, sin saberlo, financian a las bodegas: unos 2.600 millones de dólares anuales en publicidad programática terminan en sitios de desinformación.

Colombia no está sola en esto. En Nicaragua, Meta desmanteló una granja de troles operada directamente por el gobierno de Daniel Ortega desde las oficinas del ente regulador de telecomunicaciones. Ahí la bodega era literalmente una institución pública.

En El Salvador, Nayib Bukele perfeccionó el uso de ciber-tropas para mantener índices de popularidad récord. Combina propaganda visual de alta calidad con acoso implacable a periodistas.

En Brasil, bajo Bolsonaro, se institucionalizó el “Gabinete do Ódio”, una estructura paralela en el palacio presidencial dedicada a atacar instituciones y difundir desinformación sanitaria durante la pandemia.

Esto no es solo ruido político. Esto tiene consecuencias.En Colombia, las bodegas han atacado sistemáticamente a la Justicia Especial para la Paz, buscando reescribir la historia del conflicto armado y negar hechos probados como los falsos positivos. Eso impide la reconciliación. Perpetúa el odio.El acoso digital a periodistas es la antesala de la violencia física. Cuando se estigmatiza a alguien como “enemigo del pueblo”, se le deshumaniza. Y eso legitima las agresiones en la calle. El resultado final es el silencio. Las investigaciones sobre corrupción se mueren.

Y está el efecto en la salud mental. Al encerrar a la gente en cámaras de eco polarizadas, las bodegas fomentan la radicalización. Generan ansiedad, cinismo, desconfianza institucional.Judicializar a las bodegas es casi imposible. El anonimato técnico, las jurisdicciones extranjeras, la delgada línea entre libertad de expresión y delito de calumnia. Todo eso dificulta la acción.Andrés Sepúlveda fue condenado, sí. Pero la mayoría de los autores intelectuales, los “nodos” que diseñan las campañas, permanecen impunes. Protegidos por la complejidad de probar la cadena de mando en una estructura digital difusa.Las bodegas representan la industrialización de la mentira. Ya no son tácticas de guerrilla digital. Son componentes estructurales de la gobernanza contemporánea y la competencia electoral.Su existencia plantea una pregunta que da vértigo: si la opinión pública puede ser manufacturada industrialmente con dinero y algoritmos, ¿qué queda de la democracia? La premisa fundamental —el ciudadano libre e informado— corre el riesgo de extinguirse.

La respuesta no puede ser solo legal. Necesitamos una alfabetización digital ciudadana. Aprender a distinguir entre el pasto de raíz genuino y el pasto artificial tóxico de las bodegas.Porque al final, como dijo aquel senador tejano en 1985, la diferencia existe. Solo hay que aprender a verl

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