Observando la incierta y desilusionante realidad local y la desigual,cruel y fatal, del mundo exterior, la nostalgia y los mejores recuerdos llegan a mi memoria. Ver y no comprender cómo un pueblo maravilloso como lo es el pueblo Cubano, rico en cultura e historia, de gente maravillosa y cálida, cae lentamente.
Yo te quiero libre
libre y con amor,
libre de la sombra,
pero no del sol.”
Silvio Rodríguez
En el año 2014, el Instituto Internacional de Periodismo José Martí me abrió las puertas de La Habana para participar en el II Encuentro Internacional de Fotografía. Durante quince días, me perdí en el abrazo del Malecón, en el pulso de sus calles y, sobre todo, en la luz de su gente maravillosa. De ese caminar pausado y de una bitácora fotográfica tejida con esmero, brotó la semilla de un libro: un tributo compartido a la querida Habana y a la poética de Silvio Rodríguez.
Lo que sigue es el umbral de esa obra, un relato nacido para presentar aquel libro que vio la luz en 2020, titulado Ojalá. Diario fotográfico de Gabriel “Koco” Liévano:
Ver, ven muchos. Observar, no todos, porque la mirada es la conjunción perfecta del acto físico de percibir con los ojos y la sensación que ello produce. Por eso, educar la mirada es sentir con curiosidad las sensaciones producidas por el instante, por lo visto y lo sentido, por lo que nos asombra. Está en la capacidad de saber observar, el disfrute y el goce de lo fotografiado que no es más que otra forma de mirar.
En mi caso, fue un descubrimiento insospechado: corrían los días finales del año 1974. Un día, deambulaba por Bogotá, por el gran bulevar de la época que era la Carrera 15 entre la calle 72 y la calle 100, pateando piedras y buscando un poco mi destino. De repente sucedió, allí estaba, imposible de evadir. Se me acercó, me sedujo y fue el inicio de todo. Por ella, aprendí a observar. Igual la curiosidad se apoderó de mí. Conocí y reconocí mi querida Bogotá, sus femeninas calles, su gente y sus lugares comunes, su luz, su textura y su imaginería. El disfrute y el encanto de captar el instante decisivo se convirtieron en necesidad, en tributo. Y así ha sido desde entonces.
Cuarenta años después, corrían los días de fines del 2014, cuando el destino volvió a sonreírme con el viaje soñado: La Habana. Ya la conocía, tenía referencias de ella a través de la poesía hecha música de Silvio Rodríguez, ese juglar moderno que aún hoy me acompaña en los momentos de reflexión, de incertidumbre y soledad, inspirador de sueños de libertad, anhelos y alegrías. La Habana me saluda. Estoy allí. Recorro su cuerpo avejentado, encallecido y curtido. El aire revolucionario sale mucho más allá de sus ventanas. La piel expuesta de su arquitectura narra la historia de épocas de esplendor decadente y a su vez, la historia muda de sus habitantes.
¡Qué esplendor, qué nostalgia! admirable, de pie, firme y vigorosa. De sus entrañas surgen sus herederos: musicales, altivos, morenos, cultos, alegres. Una mujer con sombrero, vejigos traviesos de mirada inocente, cautivos en el tiempo, porque incluso los más experimentados suenan un son.
A lo lejos y muy cerca, un bello arcángel aletea en la magnificencia del recinto sagrado del descanso eterno. Son querubines, serafines, ángeles, tronos, dominaciones y potestades; todos al unísono celestial pregonan: “Para evitarles más dolores y cuentas del psicoanalista, seamos un tilín mejores y mucho menos egoístas…”.
Armando, mi guía y compañero, me anticipa que hemos llegado. Frente a mí, majestuoso e imponente, cual movimiento ondulante, el gran Malecón. «Yo te quiero libre, libre y con amor…», dice el juglar. Libres son tus curvas, tus olas rompiendo en la muralla, libre es tu música. Yo digo que las estrellas le dan gracias a la noche, al atardecer, a la luz y a las sombras.
Gracias, Habana querida, por ser y estar ahí.



