En la cotidianidad del aula, la mirada es un lenguaje silencioso, pero profundamente elocuente. Con los ojos también hablamos: hay miradas que juzgan, que interrogan, que acusan; pero también existen aquellas que acompañan, que explican y que comprenden. Mirar es, en el fondo, otra forma de decir. Y solo cuando nuestro mensaje es claro, la lectura que el estudiante hace de nuestros ojos se convierte en comprensión.Porque en el aula habitan muchas miradas: la que duda, la que espera, la que se inquieta. Esa mirada del estudiante, cargada de preguntas, nos examina en silencio y nos reclama presencia. Es una mirada sedienta de sentido.
Pero también está la otra: la mirada dura, la que impone, la que somete. Esa que no acoge, sino que excluye; que no construye, sino que hiere. Una mirada capaz de apagar el deseo de aprender.De ahí la necesidad de educar la mirada: de volverla puente y no barrera, gesto de encuentro y no de distancia. Comprender la mirada del otro es, quizá, empezar a comprender su mundo.
No hay peor sordo que quien no sabe escuchar.
Escuchar es un acto más profundo de lo que parece. No se trata solo de oír palabras, sino de acogerlas, de permitirles habitar en nosotros.Mientras lo escrito permanece y puede leerse, lo dicho se desvanece en el instante. Por eso, escuchar exige presencia y, sin embargo, ¡cuántas veces la comunicación se pierde! A veces por distracción, otras por la forma en que hablamos: una voz monótona, una palabra mal dicha, un ritmo sin vida. Porque no basta con decir; hay que saber decir. La voz del maestro también enseña: en su tono, en su cadencia, en su intención, puede nacer un aula viva, cercana, casi teatral, donde aprender sea una experiencia.
Pero escuchar no es solo tarea del estudiante. El maestro también debe aprender a escuchar: sin prejuicios, sin prisa, sin la necesidad de imponer. Escuchar es un acto de respeto, y en ese gesto sencillo puede estar la clave de todo encuentro.
Encuentros cercanos:el tacto, el olfato y el gusto.
Cada jornada comienza con un ritual casi imperceptible. Son las siete de la mañana. El aula es la misma de siempre, pero nunca es igual. Tiene un aroma propio: a cuadernos, a madera, a páginas que guardan historias. Es, en cierta forma, el olor del conocimiento. Ese primer contacto con los estudiantes es más que un saludo: es un reconocimiento. Allí empieza todo.
Luego viene la cercanía: el gesto, el recorrido, la mano que orienta, la presencia que acompaña. Acercarse es más que moverse en el espacio; es disponerse a comprender. Es en esa proximidad donde las barreras se rompen y la comunicación se vuelve posible. “Tocar” al estudiante no es solo un acto físico: es llegar a su interior, despertar su curiosidad, abrir la puerta del entendimiento, llegar a su corazón.
Y finalmente está el gusto. El gusto por enseñar, por preparar cada clase como quien elabora una receta con cuidado y dedicación. Porque enseñar también es un arte. Una clase puede ser un acto frío o una experiencia viva, casi un juego, casi una creación. Todo depende de la pasión con que se construya.
Quizá ha llegado el momento de devolverle a la educación lo que alguna vez le fue arrebatado: la sensibilidad. Hacer del aula un espacio donde no solo circule el conocimiento, sino también la emoción, la escucha, la cercanía, el afecto. Donde enseñar sea, ante todo, un acto humano.Porque al final, educar no es solo formar mentes, sino también tocar y transformar vidas.



