La educación ha sido mi pasión, mi alegría y el motor de gran parte de mi vida, aunque no siempre fue así. Aún recuerdo mis lágrimas cuando, a muy temprana edad, mis padres me dejaron por primera vez en el jardín infantil, a unos cuantos pasos de mi casa. A pesar de los esfuerzos cariñosos de la señorita Teresa, mi primera maestra, me resultaba imposible comprender cómo debía cambiar los mimos y el afecto de Uvita —mi nana— por la rutina diaria de aprender sobre la vida. Ese primer día quedó marcado en mi corazón, porque desprenderse de la infancia cómoda, alegre y fantasiosa nunca es fácil.
Después de unos años bajo el amparo de la señorita Teresa, a quien recuerdo vagamente, aunque recibí de ella una educación firme y rigurosa, llegué a un colegio mediano, de enfoque parroquial, dirigido por el maestro Silvino Cardona. Él creía profundamente en una formación cimentada en los valores humanos. Su propósito no era formar únicamente estudiantes brillantes en lo académico, sino también ciudadanos con sólidos principios cívicos y morales.
Más adelante, transité mi educación bajo la estricta mirada de los padres franciscanos del colegio Virrey Solís, en una época en la que la formación estaba gobernada por la autoridad, el mandato y la rigidez académica. “La letra con sangre entra” era la absurda y totalitaria premisa que dominaba aquellos años. Sin embargo, pese a todo, guardo recuerdos maravillosos, especialmente porque el recorrido diario de la casa al colegio se convertía en una verdadera aventura, siempre al lado y de la mano de mis dos maravillosos hermanos mayores.
Con frecuencia llegábamos tarde y éramos recibidos por el prefecto de disciplina, el profesor Arnoldo Valencia, quien no dudaba en entregarnos una boleta de citación para cumplir castigo los sábados en la mañana. El castigo consistía en “resolver” quince o veinte problemas del Álgebra de Baldor. Creo que hasta allí llegó mi gusto por las matemáticas; tanto así que, a mitad del bachillerato, terminé sucumbiendo ante ellas y perdí el año. Atrás quedaban las misas en latín, con el misal en las manos; en el aula, la obligación de permanecer inmóviles, con las manos sobre el pupitre; y el silencio sepulcral de las clases que, si se rompía, era “premiado” con la descarga de ira —y quizá también de odio— de una regla de madera sobre la palma de la mano.
Aun así, y ante la intención de mis padres de hacerme repetir el año allí mismo, no tuve otra alternativa que buscar un nuevo colegio. Fue entonces cuando llegué, en la calle 72 con carrera Séptima, justo donde terminaba la Avenida Chile y al lado del Tout Va Bien —la única bolera de Bogotá en ese entonces—, al Gimnasio Germán Peña para Varones, como rezaba su eslogan. Allí llegábamos, de alguna manera, todos los estudiantes incomprendidos por el sistema educativo. Una institución de pensamiento liberal, en donde el pensamiento crítico y la libertad de expresión eran el centro de las clases. Allí me encontré con los hermanos Torres, Gustavo y Carlos, compañeros de viaje de regreso a casa; un tal Jean Claude Bessudo que capaba clase por andar de turista; a varios del clan de los Castro Caycedo; Avellaneda, Gutiérrez y Malaver que terminaron estudiando Arquitectura conmigo. La cuota costeña en cabeza de un par de personajes algo macondianos que llenaban las mañanas y los previos a las clases, con historias fantásticas y a la vez poco creíbles de sus andanzas en Montería: Nader y Barguil. Imposible olvidar la promoción del 72 y menos a Triana que en plena clase de Historia Universal se acerca sigilosamente al doctor Diaz, honorable miembro de la academia, y con la punta del lápiz le apaga los audífonos … Fin de la clase y a recreo.



