Por allá, hacia el final de los años 50 e inicios de los 60, cuando pululaban las familias numerosas —dígase los Liévano-Quimbay, la mía, compuesta por 7 hijos; los Turriago-Posada por 11; los Currea-Chamás por 8 o los Moreno-Tribín por 8—, era muy usual que las relaciones fraternas estuviesen muy cargadas de aventuras, desavenencias, picardías y sentimientos encontrados; incluso por saber cuál era el “preferido” de los papás. En mi caso, una manera de complacer a todos y así no despertar sospecha de preferencia alguna era ser elegido por “papá Liévano” para acompañarlo al centro de la ciudad: el viaje soñado.
Cuando alguna de varias veces me tocó, siempre lo hice vestido con la mejor pinta: zapatos de charol negros, medias tobilleras, pantalón corto con sus respectivas calzonarias (dícese del atuendo que reemplazaba al cinturón) y que, de tan cortas, pudo uno haber terminado como Farinelli pero con pésima voz; abrigo de paño camel corte ¾ y una consabida gorra de paño. El ritual era sencillo: viaje en trolley o en un municipal, empanada con Kolcana (la Coca Cola nuestra) en Casa Liz (sitio que aún se preserva en la calle 17 con 7.ª), las diligencias de rigor (bancos y pago de servicios) y, obviamente, no podía faltar la tradicional foto callejera, tomada siempre con la clásica Olympus Trip 35 de medio formato. Eso sí, de la mano del viejo —imperdonable si no—; qué sensación tan indescriptible. Finalmente y de vez en cuando (casi siempre), una visita a donde uno de los grandes amigos y contertulios de mi padre: Walter Koegler, el fotógrafo, el artista, mi inspirador. Fue allí donde comenzó para mí la magia. Allí fue donde empecé a ver la vida de otra manera, donde entendí que la curiosidad y la observación cuidadosa harían parte de mi deambular diario, la mayoría de las veces con una cámara fotográfica al hombro.
Walter Koegler (Viena, Austria, 1913-1992) llega a Colombia corriendo, huyendo de la guerra. Una vez instalado en Bogotá, al cabo de algunos años, abre su estudio fotográfico en la carrera 7.ª con calle 28, en la emblemática esquina norte del Museo Nacional. La razón social, Estudios Fotográficos Valenzuela, había sido acreditada durante algunos años por un fotógrafo local quien, agobiado y perseguido por su condición homosexual, se ve en la necesidad de vender su famoso estudio (¿primer desplazado por la violencia de género?). Ya al frente de él, Walter lo convierte en uno de los estudios más reconocidos y prestigiosos en las décadas de 1950, 1960, 1970 y los años 80. Fueron muchas las familias prestantes de la élite cachaca-bogotana que posaron para el ojo de Koegler.
“—Gabo, en mi país yo estudié pintura y psicología del gesto, aparte de la fotografía”, me reiteraba cada vez que podía. De él aprendí a reconocer la importancia de observar, la sensibilidad frente al gesto y la expresión; que el retrato fotográfico busca ante todo captar la esencia de las personas o, como dirían nuestros indígenas, “robar su espíritu”. En su trabajo se aprecia el manejo impecable de la luz y, especialmente, la fotogenia en las personas. Entendida esta no como el hecho fútil de salir bien o bonito, sino de ser captado por el lente tal y como uno es.
Las manos del retratado siempre ocuparon un lugar privilegiado en su obra; supo darles una importancia inusitada. En muchas de sus fotografías, ellas eran las protagonistas. De alguna manera fue su sello profesional, al igual que el arte de “iluminar fotografías”, que no era otra cosa distinta a colorear las imágenes en blanco y negro sobre papel fotográfico, técnica que supo darle un sentido a veces surrealista a su trabajo.
Tristemente, en la década de los 90 y debido al inusitado auge de los “estudios fotográficos” que cayeron en manos de fotógrafos-vendedores-cajeros-administradores y en un área de trabajo reducida a un metro cuadrado, los grandes retratistas como Koegler, Bené, Preciado, Vilón y otros fueron sucumbiendo. De ellos solo queda el recuerdo y las grandes enseñanzas. Obviamente, y por la cercanía y amistad con mi padre, puedo confirmar con bastante orgullo que todos los Liévano-Quimbay fuimos capturados por Koegler, ya fuera por su Hasselblad, por su Rolleiflex o, en el mejor de los casos, por su Plaubel de placa.
Ahora lo comprendo con claridad: el paso de los años me ha enseñado que el retrato es, por naturaleza, la representación de la realidad. Es una certeza capturada en su instante preciso de expresión; una fotografía del mundo de lo visible.
Gracias, querido Walter.



