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Del portón al Bumble

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Manolo Zota

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Manologos

Hubo una época, y no, no estoy hablando del Paleolítico sino hace apenas unas cuantas décadas, en la que conquistar a alguien exigía tiempo, estrategia, dignidad y una resistencia física admirable. No era como ahora, que uno conoce a una persona en una aplicación y a los cinco minutos ya le están pidiendo una foto “más tú”, que casi nunca significa tu esencia sino otra cosa mucho menos espiritual.

Antes el amor arrancaba en la puerta. Y no cualquier puerta: la de la casa. La de verdad. La que implicaba timbre, suegro potencial, vecinos mirando por la ventana y una vulnerabilidad que hoy sería considerada deporte extremo. Uno iba a visitar. A visitar, palabra que ya de por sí suena a trámite largo, con pantalón bien puesto, aliento revisado y una mezcla entre ilusión y terror. No había algoritmo que ayudara. No había filtros. No había opción de deshacer. Si usted llegaba, llegaba con su cara, su voz y su destino.

Y ahí empezaba el ritual. Había que pararse en la puerta a hablar horas, como si la columna vertebral no existiera. Uno se enamoraba de pie, apoyado en una reja, haciendo equilibrio emocional entre la esperanza y el ridículo. Y lo más impresionante era que eso se consideraba perfectamente normal. Nadie preguntaba: “¿pero por qué no entra?” Porque entrar era otro nivel diplomático. La puerta era territorio neutral. Ahí se construían imperios sentimentales con silencios incómodos y una suegra carraspeando desde adentro.

Antes para conquistar había que conversar. No posar. No editar. No mandar señales confusas a través de historias temporales. Conversar. Eso implicaba tener tema, saber escuchar, encontrar la manera de ser interesante sin parecer payaso y sostener la atención de la otra persona sin ayuda de gifs, stickers, filtros de perro ni frases copiadas de internet. Era un esfuerzo humano completo. Artesanal. Rudimentario. Casi admirable.

Hoy no. Hoy uno abre Bumble, ve una foto bien iluminada, una biografía que dice “amo viajar, el vino y las buenas conversaciones”, y en menos de media hora ya está atrapado en una conversación que empezó con “hola” y degeneró con una velocidad escalofriante hacia la superficialidad más perezosa del siglo. Porque esa es otra tragedia moderna: la gente ya no quiere conocer. Quiere confirmar rápido si le interesa seguir perdiendo el tiempo. Antes uno descubría a la persona lentamente. La voz, los gestos, el humor, la manera de pensar, sus rarezas, sus inseguridades, sus silencios. Todo eso iba apareciendo como aparecen las cosas valiosas: despacio. Ahora no. Ahora la ansiedad manda. Todo tiene que resolverse en tiempo récord. Si no hubo química textual en siete mensajes, se archiva. Si no contestó rápido, se sospecha. Si la conversación no entretiene, se desecha. Y si hubo una mínima chispa, a los cinco minutos aparece el glorioso síntoma de nuestra decadencia afectiva: “mándame una foto”.

Qué caída civilizatoria. Venimos de generaciones que escribían cartas, esperaban llamadas, caminaban cuadras enteras solo para ver a alguien quince minutos desde una ventana, y terminamos en una época donde el romance puede ser interrumpido por una solicitud visual que ni siquiera viene disfrazada de poesía. Ya no se pide el corazón. Se pide evidencia.

Y ni siquiera buena evidencia. Porque esa es la otra humillación del presente: ya no basta con existir. Ahora además hay que ser fotogénico bajo presión. Antes uno tenía que caer bien. Ahora tiene que verse bien en ángulo tres cuartos, con luz suave y sin parecer demasiado interesado pero tampoco distante, o sea: básicamente hacer casting permanente para el papel de sí mismo.

Lo más triste no es que cambió la tecnología. Eso era inevitable. Lo triste es que también cambió el ritmo de la intención.

Antes, cuando alguien hacía una visita larga en la puerta, había algo casi heroico en el esfuerzo. Era una manera de decir: aquí estoy, me importa esto, vine a verte, vine a invertir tiempo, vine a aguantar calor, frío, sueño, vigilancia familiar y posible rechazo, todo por hablar contigo. Había torpeza, sí. Había cursilería. Había incomodidad. Pero también había una señal muy clara: la otra persona valía el tiempo.

Hoy, en cambio, la velocidad se volvió una forma de pereza emocional. Todo tiene que pasar rápido porque nadie quiere implicarse demasiado. Se quiere cercanía sin proceso, interés sin esfuerzo, intimidad sin contexto. Se quiere llegar al resumen sin haber leído el libro. Y luego nos preguntamos por qué tantas cosas empiezan vacías.

Claro que no todo tiempo pasado fue mejor. Tampoco exageremos. Antes también había enredos, mentiras, malas decisiones y señores insoportables con loción excesiva esperando en una sala. Pero había algo que sí funcionaba mejor: la paciencia. Esa vieja virtud que hoy parece un defecto de fábrica.

Porque para conquistar antes había que esperar. Esperar a que saliera. Esperar a que llamara. Esperar a que el papá no contestara el teléfono. Esperar a que la visita fuera bien. Esperar a que la relación caminara. Esperar era parte del juego. Ahora, en cambio, cualquier demora se interpreta como desinterés, estrategia o catástrofe. El amor moderno no tiene paciencia. Tiene batería baja.

Y sin embargo, uno sigue intentando.

Porque el ser humano es un animal extrañamente optimista. Se adapta a todo: al portón, al teléfono fijo, al messenger, al chat, a Bumble y a la insoportable necesidad contemporánea de venderse en miniatura. Uno cambia de escenario, pero sigue buscando lo mismo: conexión, complicidad, una risa genuina, alguien con quien el tiempo no pese tanto.Solo que ahora, en vez de gastarse la suela en una visita eterna, se gasta la dignidad escogiendo qué foto poner primero.

Así son las épocas. Antes uno conquistaba en la puerta de una casa, con sudor, conversación y un respeto casi militar por los tiempos del otro. Ahora uno hace match a las 8:12 y a las 8:17 ya extraña la civilización.Porque sí, el mundo cambió. La tecnología avanzó.Las formas evolucionaron, pero hay momentos en los que uno no puede evitar pensar que, en eso del amor, pasamos de la visita con tinto al interrogatorio con selfie demasiado rápido.Y no estoy seguro de que eso cuente como progreso.

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