Cuando uno es niño cree muchas cosas. Cree, por ejemplo, que los adultos están un poco dañados. Pero, sobre todo, cree que jamás se va a parecer a ellos.Qué ternura.
Si había algo que uno encontraba francamente insoportable eran esas pequeñas costumbres de los padres que, en ese momento, no parecían hábitos sino trastornos dignos de manicomio. Ir por la casa apagando las luces que toda la familia dejaba prendida. Guardar frascos vacíos como si fueran piezas de colección. Doblar bolsas o reutilizar el papel de regalo.
Uno veía todo eso y pensaba: yo no. Yo voy a crecer y voy a ser distinto. Más libre. Más moderno. Más relajado. Una persona emocionalmente estable, incapaz de lavar un frasco de mermelada para “guardar cositas”.Y aquí estamos. Adultos. Lavando frascos.
No solo eso: quitándole la etiqueta con paciencia de arqueólogo, dejándolo secar con dignidad y buscándole una nueva misión en la vida. Tornillos. Monedas. Botones. Cables. Cualquier objeto pequeño que no usamos nunca, pero que ahora sentimos la obligación moral de conservar porque, de pronto, “sirve”.
Lo mismo pasó con la luz. De niño, esa obsesión de apagar bombillos parecía una enfermedad familiar. Uno apenas daba dos pasos fuera del baño y ya se oía la voz desde el fondo de la casa: “¡Apague la luz!” Como si en vez de una familia fuéramos accionistas de la empresa de energía. Uno no entendía tanta angustia. Tanto control. Tanto drama por un bombillo prendido.
Y, sin embargo, hoy entra uno a un cuarto vacío, ve una luz encendida y siente indignación moral. La apaga con rabia. Con autoridad. Con esa mezcla extraña de fastidio y satisfacción que antes tanto criticábamos. A veces incluso aunque no haya nadie decimos en voz alta: “¿Quién dejó esta luz prendida?”. Y en ese instante exacto entendemos que ya no estamos recordando a nuestros padres. Los está interpretando. También están las bolsas. Ah, las bolsas. Esa costumbre de guardar bolsas dentro de otras bolsas, como si el futuro dependiera de tener un pequeño archivo plástico bajo el lavadero. Uno veía eso y pensaba que era el colmo del absurdo. Hoy no solo las guardamos: las clasificamos. La buena. La resistente. La que sirve para el baño. La que todavía está muy nueva para desperdiciarla.
Ese es el verdadero golpe de la adultez: no solo terminamos pareciéndonos a nuestros papás. Terminamos entendiéndolos.Y eso sí duele.
Porque una cosa es heredar la nariz del papá o el genio de la mamá. Pero otra mucho más humillante es descubrirse guardando una bolsa “porque está buena” o mirando el recibo de la luz con un nivel de seriedad que antes solo reservaba para las tragedias nacionales.
Lo peor es que, con el tiempo, uno entiende que ellos no estaban locos. Estaban pagando cuentas y ese pequeño detalle cambia la perspectiva. Lo que uno interpretó como exageración era presupuesto. Lo que sonaba a cantaleta era administración. Lo que parecía manía era, en realidad, una manera artesanal de evitar que la casa se desmoronara entre desperdicios, puertas abiertas y bombillos prendidos.
Qué golpe tan humillante descubrir que los padres no eran ridículos. Ridículo era uno, creyendo que crecer consistía en vivir sin esas mañas. Como si la adultez fuera una fiesta de libertad y no este modesto campeonato de supervivencia donde uno celebra encontrar un frasco con tapa buena y se molesta, de verdad, por una luz prendida sin necesidad.
La verdad es que uno no madura cuando cumple años. Madura cuando empieza a sufrir por el desperdicio. Cuando le da satisfacción dejar la cocina recogida antes de irse a dormir. Cuando ve una nevera mal cerrada y siente una punzada en el alma. Cuando guardar un frasco ya no se ve miserable, sino sensato.Ahí se terminó la juventud espiritual.Uno se pasa la niñez diciendo: “yo jamás voy a ser así”.
Y se pasa el resto de la vida convirtiéndose, con una eficiencia conmovedora, en exactamente eso. La adultez, en el fondo, no era encontrar la libertad. Era descubrir que los viejos tenían razón. Y que ahora, horror de horrores, los viejos somos nosotros.


