Existe una teoría popular, bastante ofensiva pero muy difundida, según la cual loro viejo no aprende a hablar. La frase, dicha así, tiene algo de sentencia de abuela, de refrán armado para que uno acepte su decadencia con humildad y una aromática en la mano. Como diciendo: mire, señor, ya fue. Hasta aquí llegó. Pues no. O por lo menos no del todo.
Yo, por ejemplo, ya había hecho suficiente esfuerzo con eso de adaptarme al mundo moderno. Me tocó aprender otro idioma a punta de estudio, televisión con subtítulos, canciones repetidas hasta el cansancio y esa digna humillación que consiste en pronunciar algo con toda la seguridad del mundo para que el otro le responda: “sorry?” Ya con eso uno sentía que había cumplido. Que bastante había hecho el cerebro. Que la cuota de actualización venía saldada.
Pero no. Resulta que cuando uno cree que por fin se puso al día, la vida sale con otro chiste. Porque mientras algunos apenas lográbamos entender el idioma formal, correcto, completo, con sujeto, verbo y predicado, apareció una nueva forma de comunicación diseñada claramente para excluirnos: el lenguaje de los chats. Y ahí sí se nos cayó el sistema.
Uno abre el teléfono y encuentra un mensaje que dice algo como: A3. LSHMBH. NMJC. G2G. LOL.
Y claro, uno no sabe si el muchacho está conversando, pidiendo auxilio o invocando un satélite ruso. Eso ya no parece un idioma. Parece la clave de una caja fuerte.
Lo admirable del asunto es que los jóvenes no solo lograron crear un nuevo lenguaje, sino que además lo hicieron con una eficiencia humillante. Mientras uno escribe: “Me tengo que ir, luego hablamos, me hizo mucha gracia lo que dijiste”, ellos resuelven todo eso en cuatro letras, dos números y una ofensa indirecta a la Real Academia. Lo que a uno le toma una frase completa, a ellos les cabe en una sigla que parece placa de carro.
Y no los culpo. Sería mezquino. Al fin y al cabo, cada generación encuentra su manera de sentirse superior a la anterior. Antes se hacía con el pelo largo, la música incomprensible y la ropa rota. Ahora se hace escribiendo mensajes que los adultos no entienden ni con diccionario, Google y buena voluntad.
Ahí fue cuando entendí una verdad dolorosa: uno no envejece cuando le duele la espalda o empieza a madrugar sin necesidad. Uno envejece el día que deja de entender cómo se comunica la gente joven. Ese día empieza oficialmente la jubilación cultural.
Porque una cosa es no manejar bien una red social. Eso todavía tiene arreglo. Pero otra muy distinta es leer un mensaje de un muchacho y sentir que le están escribiendo a uno en código morse con ansiedad. Ahí ya hay una fractura generacional seria.
Lo peor es que este idioma nuevo no se inventó solo para ahorrar tiempo. No. También sirve como elegante mecanismo de defensa contra los padres, los tíos, los profesores y cualquier adulto que todavía crea que puede enterarse de algo mirando por encima del hombro. Los jóvenes han perfeccionado un sistema de comunicación secreto sin necesidad de reunirse en sótanos, sin capuchas, sin sociedades clandestinas. Les bastó con quitar vocales, meter siglas y redactar como si cada letra costara.
Y mientras tanto uno ahí, tratando de mantenerse vigente. Preguntando con dignidad herida qué significa tal cosa, buscando traducciones como quien descifra jeroglíficos, fingiendo que entiende para no parecer una pieza de museo. Porque esa es otra humillación moderna: no basta con vivir; ahora también hay que actualizarse permanentemente para no quedar convertido en fósil digital.
Antes el problema era aprender un idioma nuevo. Ahora el idioma cambia cada seis meses y además viene con emojis, abreviaturas, códigos, ironías invisibles y un tono que depende de cuántos signos de admiración pusieron. El ser humano pasó siglos desarrollando la comunicación para terminar expresando estados emocionales complejos con una calavera, una carita llorando de risa y una berenjena. De verdad, la evolución a veces toma decisiones raras.
Pero debo admitir algo: detrás de toda esta ridiculez también hay una lección. Y es que adaptarse no siempre significa entenderlo todo a la perfección. A veces basta con no cerrarse. Con no ponerse en modo “en mis tiempos”. Con aceptar que el mundo cambia, que el lenguaje se mueve, que las generaciones nuevas inventan sus códigos y que uno puede aprender, aunque sea tarde, aunque sea lento, aunque pregunte más de una vez qué demonios quisieron decir.
Porque sí: cuesta. Claro que cuesta. A cierta edad uno ya quisiera que por lo menos el idioma se quedara quieto. Que no inventaran más nada. Que si ya logró aprender una versión del mundo, tuvieran la decencia de no sacar actualizaciones. Pero no. El mundo insiste en renovarse como aplicación de celular. Y toca seguirle el ritmo o resignarse a vivir confundido.
Así que no.Loro viejo no solo sí aprende a hablar. También puede aprender a escuchar, a traducir y hasta a reírse de lo que no entiende a la primera.Tal vez uno nunca escriba tan rápido ni tan en clave como los jóvenes. Tal vez siga necesitando traductor emocional para ciertos chats. Pero mientras haya ganas de entender al otro, todavía hay conexión.Y en estos tiempos, la verdad, eso ya es un triunfo


