En aquel tiempo, la frontera sur del Polo estaba marcada por dos sitios emblemáticos: el gran depósito de materiales de construcción Eternit e indiscutiblemente, uno de los lugares más icónicos del barrio: la tienda de doña Teresa. Yo no sabía con certeza de dónde había venido ella, pero todo parecía indicar que vivía en los terrenos del antiguo club de polo, en la hacienda Buenavista. De hecho, había quienes aseguraban que el terreno donde habitaba era de su propiedad y que, con los años, llegó a tener una gran valorización.
La casa de doña Teresa tenía las características típicas de una vivienda de campo. El acceso sobre la carrera 24 estaba enmarcado por eucaliptos y una puerta de metal. Además, todo el predio se encontraba rodeado por postes de madera y alambre de púas para mayor seguridad, mientras que un pequeño camino de tierra conducía a la entrada principal. A un costado, se veían algunos troncos cortados a manera de asientos que nos permitían, en las tardes soleadas o en las noches estrelladas, disfrutar con los amigos de unas buenas «amargas o agrias».
Ya en el interior, el vestíbulo estaba conformado por un mostrador de no más de tres o cuatro metros, totalmente hecho de madera rústica. Como apoyo, tenía un par de vitrinas del mismo material con vidrios que exhibían productos de uso diario. Detrás del mostrador, se levantaban sendas estanterías donde se exponían los comestibles, el tradicional salchichón cervecero colgado a un costado y acompañado de unas deliciosas génovas. Al frente, se ubicaban un par de mesas desvencijadas con butacas igualmente rústicas.
Detrás de ese mostrador, siempre con su pañolón o eventualmente con una ruana que seguramente traía de Nobsa, se encontraba doña Teresa. Ella era una mujer madura, de contextura gruesa y mediana estatura. Usaba unos anteojos de lentes verdes tan gruesos que parecían «culos de botella», los cuales dejaban al descubierto la naciente pérdida de visión que traen los años. Tenía una voz pausada y tranquila, aunque en ocasiones era fuerte y de mando. Siempre la recordaba inclinada sobre la madera, con su andar lento y balanceado. Ella era nuestra gran anfitriona.
¡Cuántas historias podría contar esa matrona! Al fin y al cabo, pasó gran parte de su vida escuchando y lidiando con varias generaciones de contertulios del barrio; es decir, con nosotros, sus vecinos. Como fui uno de ellos, me resultaba imposible olvidar las noches de amigos en las que nos reuníamos ocasionalmente con nuestros padres para escuchar sus historias y vivencias. Tampoco olvidaba las buenas discusiones sobre política, arte, cine, el futuro, las niñas, las novias y las próximas conquistas. Siempre estábamos expuestos al frío de la noche, pero nos calentábamos al calor de unas buenas «polas», en una feliz coincidencia semántica con el nombre de nuestro barrio.
Seguramente, la tienda de doña Teresa tuvo en su libro de visitantes ilustres a personajes como Chapete, «Mute» Cadena, un señor pequeño y gran vendedor de seguros, cuyo apodo se debía a que la naturaleza lo había castigado con una abundante y prominente ceja blanca. De igual manera, asistían los hermanos Luengas, grandes guitarristas que, acompañados ocasionalmente por el gordo Pino con su impecable voz y por el paisa Pérez, quien tocaba la flauta traversa como nadie, amenizaban la noche y de paso preparaban la serenata de turno. Asimismo, el paisa Uribe alegraba el momento con su contagiosa risa, mientras que papá Bernal completaba el cuadro junto a papá Liévano, papá Mechitas, Chapete y Mute. Al final de las veladas, nosotros terminábamos convirtiéndonos en sus bastones para ayudarlos en el regreso a casa.
En la tienda de doña Teresa iniciamos grandes amistades que tuvieron la característica particular de ser muy duraderas, casi eternas. Cómo no recordar haber conocido allí a los Jiménez (Memo y Pachulí), a Motta, un gran arquitecto, gran cachaco y muy buen tipo. También recordaba al clan de los Polanía (Rodrigo y Ricardo), quienes eran criadores de perros dóberman, a Manuel y Jorge Amarís, siempre dicharacheros y alegres, y a Saldarriaga, un paisa de raca mandaca que para ese entonces ya era canoso.
Finalmente, no podíamos olvidar que más allá de lo atractivo y pintoresco del lugar, de ser un punto de encuentro obligado donde convergíamos los amigos más queridos del Polo, y de ser un sitio cálido atendido amablemente por su propietaria, detrás de todo esto se escondía el mayor tesoro de doña Teresa: su hija. Teresita, a quien llamábamos así cariñosa y respetuosamente, era una espigada y muy atractiva mujer, con un porte y elegancia que deslumbraban cuando ocasionalmente la veíamos cruzar el porche y dirigirse al interior, pasando obligadamente por la tienda. En ese momento, todas las conversaciones, discusiones y controversias callaban. Los mejores chistes quedaban en suspenso y los ensayos de la serenata, con Pino y sus músicos, tomaban un rumbo más inspirador. Los más veteranos se animaban a decirle cualquier palabra de halago, inspirados o animados por unos cuantos anatoles.
Hoy, un edificio moderno ocupa el lugar de la vieja tienda, y de aquella época solo nos quedan la nostalgia y los amigos. Mientras la figura de doña Teresa se diluía en los años, el vacío de Teresita lo sintió más que nadie Jorge Delgado, ”Churchill”. Él era un personaje singular: “pelietas” pero buena gente, notablemente poco agraciado, pero con la audacia suficiente para convertirse en su único novio y pretendiente.
(Sigue)



