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¿Me fía una gaseosa?

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Gabriel Lievano

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Relatos de Koco

La tienda de la esquina y la cigarrería, al igual que los mismos barrios, fueron desapareciendo con el pasar de los años para dar paso a la modernidad y al desarrollo urbanístico de la ciudad. La aparición de la propiedad horizontal y, con ella, de los centros comerciales acabó con una de las tradiciones y fenómenos socioculturales más importantes de las décadas de los años 50, 60 y 70. La tienda de barrio se constituyó como un punto de encuentro social y económico; generalmente, estaban ubicadas de forma estratégica en la esquina de la cuadra y eran atendidas por sus dueños. De allí debió surgir el famoso dicho: “atendida por su propietario”.

En nuestro querido Polo Club hubo toda clase de negocios, incluidas las tiendas de esquina.. Siguiendo el recorrido por la carrera 24 al llegar a la calle 85, en la esquina noroccidental, se encontraba “La Marina”, que más bien tenía cara de cigarrería. En esa recordada esquina sucedieron muchas cosas más allá de entrar y realizar cualquier compra. Muy temprano en las mañanas se convertía en el punto de encuentro a donde llegaban los buses de transporte escolar y en donde los chinos intercambiaban sus alegrías y penurias. En vacaciones, y especialmente en las noches, se transformaba en un buen tertuliadero para los más adolescentes; era tal la dinámica de las charlas que se prolongaban hasta altas horas de la noche.

De todas las actividades, una que reunió a los del Polo en torno a La Marina fue la de cambiar “monas”. Es innegable que la moda de intercambiar y llenar álbumes de estampas marcó esa época. Recuerdo con nostalgia el álbum de las chocolatinas Jet, el de Auto-Jet, con todos los modelos de carros de la época, El Mundo de los Animales, con sus estampas caricaturizadas; y el de actores y actrices del cine y la televisión, entre otros.

Al tomar la calle 85 hacia el occidente y llegar a la carrera 27, en la esquina suroccidental, se encontraba la tienda de Campo Elías, un local con vivienda incluida que fue adaptado en la casa de los Ramírez. Campo Elías era un hombre de provincia que, con el tiempo, llegó a convertirse en un miembro importante de la comunidad. Esta tienda era la típica del cuaderno de contabilidad del tendero. Las mamás nos mandaban a comprar lo del diario: la leche en bolsa de plástico o en botella de vidrio, la margarina por libras, las barras de jabón Rey, el azúcar o lo que se necesitase para el día, y todo se anotaba en la cuenta del mes.  Era la época dorada del fiado. Esta tienda subsistió hasta entrado este siglo, cuando la casa de los Ramírez finalmente fue vendida.

 

Continuando el recorrido, al voltear hacia el norte por la calle 85 con carrera 30, encontrábamos el conjunto Colombia, unos edificios de cuatro pisos en cuyos locales comerciales se hallaba “La Danesa”. Este negocio era atendido por su propietario, un inmigrante de los países nórdicos que en muy poco tiempo posicionó su producto estrella: los conos de helado, con los cuales hizo muy famosa a su pastelería en el norte de Bogotá. Durante los fines de semana, la romería de clientes y las largas filas para lograr un cono eran interminables. Además, la exquisita pastelería que ofrecía era el deleite de las señoras a la hora de atender a sus invitados en casa.

Dos o tres locales más adelante se encontraba otro punto muy apetecido en el barrio e igualmente atendido por sus propietarios, la familia del “Pollo” Osorio: el Gelato Patty, donde preparaban, sin lugar a dudas, las mejores y más exquisitas arepas de queso de la época. Ya al final de los edificios nos topábamos con un negocio bastante particular y curioso: la única panadería con sala de belleza en la trastienda.O viceversa.Don Luis Cubillos y su hermano unieron esfuerzos y, cada uno en su especialidad, montó su propio negocio en el mismo lugar.

Subiendo luego por la calle 86, frente al costado sur de la capilla enclavada en una plazoleta, la primera casa del costado oriental convirtió su garaje prácticamente en un sitio de “peregrinación”. Al finalizar las misas domingueras, era frecuente ver largas filas de juiciosos y creyentes fieles dispuestos a degustar los mejores, más exquisitos y naturales helados de fruta, elaborados de forma artesanal.

Al regresar a la carrera 24, en el costado norte, se encontraba el Carulla del Polo, que fue el tercero en abrir sus puertas en Bogotá (después del de El Campín y el de La Soledad). Este supermercado llegó con una novedosa propuesta de autoservicio y con una gran variedad de productos, incluso importados. Al frente de Carulla estaba la tienda de doña Silvia, matrona del clan de “Los Potes”. Ella era una señora amable, de andar lento y balanceado, de caderas muy anchas y grandes ojos verdes. Solía consentir mucho a sus clientes más jóvenes haciéndonos la rebaja de rigor o dándonos la consabida “ñapa”. Tal vez fue en esta tienda donde mayoritariamente nos reunimos para el intercambio de monas, pues allí solían aparecer, en los sobres, las figuritas más difíciles de conseguir. Claro está que, muy seguramente, doña Silvia reservaba para sus propios hijos las más apetecidas de todo el barrio, permitiéndoles ser, con justa ventaja, los reyes absolutos del intercambio.

Hoy, al recordar aquellos locales, entendemos que el Polo Club no solo se construyó con ladrillos, sino con el aroma característico de una tienda, el  del jabón Rey; el sabor de los conos daneses y el crujir de aquellas arepas de queso inolvidables. Al final, el viejo refrán tenía toda la razón, aunque con una pequeña variante: el que tenía tienda en el Polo, no solo la atendía con amor, ¡sino que nos dejó los mejores recuerdos de nuestra vida anotados para siempre en la cuenta del mes!

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