

Todos los días, a la misma hora, cuando el sol entra en perfecta comunión con los últimos estertores del día, Aurora , se acercaba a la ventana. Como si fuera un ritual sagrado, esperaba impaciente a que llegara. Con frecuencia, sus padres y hermanos solían hablar del tema. Le decían que era muy pequeña para entenderlo, que aún no comprendía nada de la vida, y que, confiando en Dios y teniendo mucha fe, el momento llegaría.
José Jesús, el papá, Maria Inés, su mamá, Carlos Arturo su hermano mayor, Juan de Dios su segundo hermano y Luz Dary su hermana y parcera. Todos ellos llegaron a la ciudad como pudieron y no porque hubieran querido. Lo hicieron porque no había otro camino. Cargaban con la tristeza y la nostalgia del terruño, el dolor de ver sus recuerdos y su arraigo condenados al olvido, el miedo metido hasta los tuétanos y el futuro más incierto jamás imaginado.
Sin embargo, Aurora, la más optimista de la familia, sabía en lo más profundo de su pequeño corazón que ese día llegaría. Sentía que sería un nuevo comienzo, un despertar y una renovación. Por eso, sin perder la fe, cada tarde a la hora señalada arrastraba una silla para que su pequeño cuerpo lograra encaramarse al quicio de la ventana, donde esperaría con ansias. Ese día tampoco ocurrió. Fue un día más de espera, pero su constancia y su ilusión seguían intactas.
Pasaron los años y aquella ventana vio a Aurora convertirse en mujer. Una tarde, mientras el sol se ocultaba en el horizonte, comprendió que nadie cruzaría la esquina. Se dio cuenta de que la espera no había sido en vano. La esperanza que tanto buscaba afuera la había construido ella misma dentro de esas cuatro paredes, dándole a su familia la fuerza para sobrevivir. Aurora sonrió, cerró la ventana y, por primera vez, caminó hacia el futuro sin mirar atrás.




